Por Alejandra Vallejo

Transitar la transformación es observar experiencias que hacen concluir que hay caminos indispensables de recorrer. Todo a fin de hacer la pausa que energiza los objetivos, y no dilatar más la recuperación de la valija espiritual que, en algún punto del viaje, extraviamos. Unidos en un anhelo común en esta travesía imperdible.

Les invito a revisar estas sugerencias, para encaminar lo trazado y reforzar lo prometido. Son reflexiones personales, nacidas de años de realización terapéutica, y que hoy con gratitud me permito exponer.

1.- Fe, la certeza en el amor
Revisar creencias es menester. Y un crecimiento sistemático, espiritual, humano, es requisito para ello. Fe es certidumbre de quien soy, mi valía. El anclaje a la verdad y el punto de inicio de la metamorfosis. Es certeza en la humanidad y la bondad que reside en su regazo.

Creo en la mano divina, cierro los ojos y avanzo en sostén incondicional. Profeso fe en lo superior y me entrego a sus designios.

Fe es avanzar sin importar las penumbras, sabiendo que al final la luz primigenia siempre despeja el camino. Es mirar a las alturas y saber que es hacia ese lugar adonde, en cada acto de bondad, retorno.

2.- Escucharse. El lenguaje entre mis yo
Escucharme debiera ser la comunicación más fluida; sin embargo, parece distante, casi ausente. Un lenguaje sutil que si no conozco, no reconozco. Tener la capacidad de escuchar al alma, y no a la personalidad, requiere esta fineza.

La llamada interna me muestra exactitud. Un contacto que hace aflorar toda mi creatividad, virtud superior en orden a reavivar el fuego espiritual.

Entonces, permanezco en inspiración y reafirmo convicciones. Relación que protege, pues advierte lo que debo omitir y dónde no permanecer. Una música constante, llena de simbologías, en que los intérpretes permanecen unidos y participando. Escucharme es hablar a la perfección el dialecto sublime entre yo y mi yo.

3.- Consciencia. El poder de manifestación
Es el arte de vivir en armonía con la vida, lúcido, garante de mis creaciones, considerando fehacientemente lo que me rodea. Esta capacidad es la que nos hace dignos de un destino superior. Vivirla es una transición llena de avatares, pero el único conducto a la verdad transformadora.

Es el espacio tiempo donde reclamo mi linaje superior, para interpretar sin vacilaciones mi verdadero rol. Usando los poderes de una mente lúcida y una percepción expandida. Disciplinado, coherente. Conocedor de las revelaciones esclarecedoras. Vibrando alto, sintonizando compasión. Libre y al fin anclado al corazón del corazón universal.

4.- Honra a tu cuerpo, el templo que habita Dios
El cuerpo es la unión permanente entre el cielo y la tierra, entidad sacra no reconocida como tal. Vivimos la ensoñación de una belleza efímera y poco sustanciosa si no es complementada con los colores de nuestro arcoíris interior. En ese anhelo desfallecemos, ansiando detener el aliento de quien nos mira y permanecer lozanos, sin fecha de vencimiento. Y perdemos lo esencial, si no lo cuidamos para sostener una instancia en metamorfosis permanente, alineada al infinito.

El cuerpo está diseñado para una experiencia física, a fin de contener una energía evolutiva, de diferentes frecuencias, en aprendizaje kármico. Es misión del templo albergar esta luz estelar para guiar ese micro universo a alcanzar la redención y el pasaporte que le permita graduarse de la experiencia concreta que es la vida planetaria. El deber es ofrendarle respeto e incondicionalidad. A él, que nos sostiene a cada paso que damos, ¡honrémosle!

5.- Respeta los ritmos, danza con la vida
Habitar el hoy, bailar la vida, escuchar su sinfonía es ser cual diapasón para hallar la afinación exacta que me sustenta. Inmerso en mis tiempos personales, que rara vez son los tiempos ajenos, desentono. La impaciencia me consume, el desasosiego y la insatisfacción se instalan. No sé rendirme al ritmo sutil perfecto y acumulo intolerancia.

La tarea es ahorrar energías e ir a lo que nos convoca, la realización del amor en todos los niveles. Sacudirse la arrogancia de querer manejar el compás esencial. Dejar que la danza universal nos enseñe los pasos y confiar en que de esta enseñanza se deprenderá una bitácora magnífica, para todos los invitados a este baile sin precedentes.

6.- Renuncia a tener la razón. Humildad
Hay una exhaustiva disputa por imponer mi forma de ver la existencia. Limitado, sin comprender que mi visión de la vida habla sólo de mí. El ego dice “Tú tienes la razón” y me lanzo a esa pelea fútil, agotadora. Todos queremos testimoniar, pero cada uno en su manera de relatar.

El respeto a esa diversidad es fundamental en el avance. Sostiene espacios de paz, impidiendo disforias y desgastes innecesarios. Es un acto de grandeza cultivar la humildad, que nos habla de nuestras certezas. Entregar esa rigidez nos conecta con algo más poderoso que la tolerancia: la aceptación. Mérito que nace del punto donde tú y yo somos más que hermanos, pues la aceptación reside en ese espacio que germina lleno de virtudes, que llamamos corazón.

7.- No busques aprobación. Auto-aceptación
“Amarse a uno mismo es el principio de una historia de amor eterna” dijo Oscar Wilde. Un amor conducente hacia el amor a otro. Amor que me hace caminar erguido, pero sereno. Auto-sostenido. Dar poder al externo por reconocimiento es una equivocada decisión que habla de carencias y de lo que me hiere desde lo profundo. No abrazo mi sanación, ni reivindico mi presencia en esta historia. No me veo, ni me regocijo con mi extraordinariedad.

Estamos en rueda kármica aquellos que, por omisiones y en necesidad de resarcir, debemos enmendar elecciones. Sintonizados en la categoría del que debe volver a sembrar. Todos en ese afán, nadie mejor que otro.

Renuevo sentires para ser correcto conmigo mismo, perdonarme sin castigarme. Disciplinado y desde el afecto, para continuar caminando libre de aprobaciones, dispuesto para mi ser, y enraizado a mi jardín interior, que es donde crecen los frutos más prósperos.

8.- No resistas, fluye ante los sucesos
Resistir produce dolores físicos y separación con la vida. Atraigo severidad y mezquino vivir la experiencia de los cambios.

Resisto cuando no creo en la perfección de las causalidades. Resisto si el ego quiere dominar la fuerza primordial, la única que propicia el eterno desfile de las oportunidades. Resisto cuando olvido lo planificado en instancias de acuerdos álmicos.

Soltar, dejar que suceda la existencia. Sin expectativas, compruebo que nada es casual, y que cuando digo “Así sea”, el resultado es siempre superior. Tomo mi lugar en la historia y concedo que se desarrolle, pues es ley que sea cual sea el rumbo que tome, es justo el rumbo que debía tomar a favor de mi renacer.

9.- Todos espejo de todos. Estamos conectados
Si algo nos disgusta, ¿no estamos continuamente topándonos con esas situaciones? Nos cuesta deducir lo que hay detrás de esas “coincidencias”. Es más fácil creer que las cosas suceden porque sí o peor, por mala suerte. Cada experiencia que nos gatilla desagrado es la maestra que nos liberará de lo que nos mantiene dormidos. Si hay resonancia con lo que nos afecta, hay algo de nosotros y, por ende, responsabilidad ineludible.

Si cada vez que enfrentamos lo molesto elegimos paz, los encuentros se harán cada vez más esporádicos, hasta desaparecer. Estamos todos enlazados; somos un espejo para el otro, y este nos refleja en todas nuestras dimensiones.

Crecer es saber que si mi biografía me es ajena, la reedito. Entonces, todo se transforma en los colores con que quiero teñir los paisajes de mis aconteceres.

10.- No emitir juicios. Tú eres otro yo
¿Ser jueces, sin ejemplo de coherencia? Nefasto hábito que nos tiene envueltos en la crítica y juegos de egos, instancias estériles, reñidas con la ley del amor. Me amo y acepto, te amo y acepto. Reiterar estas palabras hasta que nos golpeen el pecho, y ser capaces de sólo estar pendientes de nuestros actos, para alcanzar impecabilidad.

¡Qué gran distracción es estar presente en la vida de otro y ausente de la mía! Mi opinión parte con mi ejemplo; si no, le quito mérito y poder. Dejar de juzgar me libera de karmas futuros y me deja disponible para sólo trabajar en mi auto-maestría, primer deber para con la evolución.

Recordemos siempre esta simple expresión de la cultura maya, cuando la tentación de juzgar nos aceche: In’ lakesh – hala ken, Yo soy otro tú – tú eres otro yo.

11.- Liberar el miedo, rendirse a la vida
El miedo es una trampa y lo contrario al amor. Y no sólo es tener miedo, sino lo que genero en ese estado, desconexión total de mi luz interna, protectora y guía. Quedo entonces al acecho de todo tipo de energías bajas, sobre todo las que resuenan con esa emoción. Y si crece el miedo, entrego mi libertad y transo mi libre albedrío por pequeños instantes de una seguridad tan débil como mi olvidado coraje.

Cualquier protección externa es un préstamo y siempre implica renunciar a algo. Cuando actuamos con miedo, lo hacemos en base a una mente caótica en modo irracional, y el resultado indudablemente sólo puede ser irracional.

¿Cuándo miraremos hacia adentro, para hallar nuestro refugio? Recordemos, lo que viene de afuera no es nuestro, por ende no es ilimitado. Lo que viene de nosotros nace de nuestra fuente creadora, con inagotables posibilidades. No busquemos más, abracemos el amor rendidos ante su legitimidad.

12.- Abundancia, la herencia divina
Todo al alcance de mi mano. Incalculables posibilidades. Creer eso es tenerlo. Si aún no materializo, estoy probablemente atrayendo lo opuesto, escasez y carencia. Ser abundante implica, en primer lugar, ser agradecido. Expongo y proyecto cada cosa que necesito. Bajo la voluntad divina, y en armonía con el todo. Entrego el resultado a las instancias de manifestación, en convicción de mis plegarias concedidas.

No elucubro, lo doy por hecho, los tiempos serán los exactos para mí. En el intertanto, hay mucho por qué bregar. Y un día, de la manera más espontánea, la abundancia seré yo. Lo decreto: soy opulencia. Es mi herencia divina, como hijo que soy del dueño de este universo.

13.- Meditar: Escuchando a Dios
“Cuando oro hablo con Dios, cuando medito escucho sus respuestas”. Hermosa definición que habla de las propiedades transformadoras de la meditación. Meditar ordena la mente, la silencia de la bulla innecesaria. En esa quietud habla la intuición, cobijado bajo el mandato de una voz que me precede al mejor lugar posible. Obtengo respuestas claras y propuestas elevadas. Mi mente se va enfocando, y toda su potencia está al servicio del bienestar. La sanación se concreta, mis emociones florecen en su virtud, y mi cuerpo lo agradece.

En ese estado, mi espíritu y yo religamos acuerdos y trasciendo la experiencia material. Existo, y soy aporte en el retorno a la paz. Tomo mi sitio y me ocupo. Sonreír es mi sello, y mi hablar es lenguaje de unidad. Resonando al unísono con mi corazón, acato siempre el llamado superior.

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