Es bastante exacta la idea moderna de que a la mujer le interesa el sexo tanto como al hombre. Sólo que no es una idea 100% exacta. La verdad es que a la mujer el sexo le interesa todavía más que al hombre, a pesar de que él quiera convencerse de lo contrario —porque cree que su masculinidad está en ser superior a ella en vez de en ser complementario con ella. No es difícil notar que la feminidad es el centro de lo erótico de todos los tiempos, incluso dentro de las manifestaciones más burdas del erotismo en la vida contemporánea.

La sexualidad femenina real es tan intensa y profunda, que en el verdadero acto sexual —mucho más allá del escuálido coito actual— el hombre deberá aprender a economizar su energía sexual —tanto la energía física como la energía seminal— para poder estar con gusto a la altura de lo que la mujer anhela del sexo. Y no se trata de «anhelos» en sentido de deseos femeninos vanos y veleidosos —que surgen precisamente en ausencia del verdadero gozo sexual. Se trata de necesidades femeninas reales.

APRENDER A SER UNA MUJER VERDADERA. La energía sexual de la mujer es casi ilimitada y sumamente refinada. Para ella el sexo es idéntico al amor. No es que el sexo sea soso y aburrido como el amor vacío, ni que el amor se vuelva bajo como la tonta bizarría charlatana de una actriz porno fingiendo ser una heroína sexual que bufa de placer mientras finge orgasmos.

Aclaramos esto porque, últimamente, da la impresión de que los medios —e incluso ciertas tendencias del feminismo— han terminado por convencer a muchísimas mujeres de que su «emancipación sexual» está en comportarse como libertinas actrices del porno que ponen en práctica escenas nacidas de mentes retorcidas. Con el tiempo ya hemos conocido a muchas mujeres así, y lo único que logran es añadir confusión y vacío a sus vidas, más allá de estar realizando meros mitos patriarcales de bravuconería sexual.

La mujer no tiene que aparentar ser un animal sudado eyaculando entre aspavientos pero en versión femenina y sin disparar semen —o disparándolo al hacer un show de «eyaculación femenina», a imagen y semejanza de todo lo burdo que hace el hombre. Esas son sólo fábulas sexuales falocéntricas creadas por la mente egoica del hombre, que la mujer imita con toda ingenuidad sólo para ganar dinero.

La mujer verdadera se encuentra mucho más hondo que toda esa superficialidad mediática del sujeto occidental femenino o masculino. Simplemente se trata de que, en el anhelo sexual de la mujer, el orgasmo es un paroxismo de amor, y el amor es divinamente terrenal. En el caso real, si hay aspavientos orgásmicos, serán siempre aspavientos reales, como las aspas de un gozoso molino girando sus aspas en el viento del amor.

No en balde en la simbología oriental —desde el Próximo hasta el Lejano Oriente— con toda frecuencia a la mujer se la concibe como un ser de erotismo intenso y sofisticado pero latente debido a que el hombre necesita transformarse en muchas cosas para poder ir con ella lejos y alto en el acto sexual. No es que ella no tenga cosas que cambiar para que el sexo funcione, pero en su caso no se trata tanto de adquirir capacidades como sí de dejar atrás los residuos que el pasado desamor del hombre ha dejado en ella. Esto se dice más fácil de lo que se logra.

APRENDER A SER UN HOMBRE VERDADERO. Una de las esencias de la masculinidad es ser buen amante en todo el sentido de la palabra —es decir, no sólo en el sexo sino también en la vida cotidiana. La mujer ya es amor y está esperando ser amada cuando el hombre aprenda a ser amante en el sexo y en la vida —mucho más allá de sólo aparentar serlo, como él hoy hace.

Uno de los primeros pasos en la forja de esta masculinidad real es aprender a ser capaz de superar la animalidad sexual y ganar en control de sus propias funciones sexuales, sacándolas de lo meramente instintivo, de ese programa mental que consiste en excitación, descontrol y eyaculación en unos 5 ó 10 minutos. Esto es empezar a estar a la altura del erotismo real de la mujer y empezar a despertar en ella el amor del viejo sueño en que ha estado.

Si hoy si la mujer evita el sexo —por motivos inventados tales como «dolor de cabeza», «trabajo», «cansancio», «menstruación», «los hijos», «el problema tal», etcétera— ello se debe a que el sexo no se hace bien y no cumple con el gozoso romance que ella ha anhelado desde que era virgen: algo intenso pero dulce, terrenal pero mágico, físico pero espiritual. En la mujer —lo sepa ella o no— se esconden todos los secretos de la realización, incluso si aparentan haberse agotado.

La develación de esos secretos femeninos es misión del hombre, y éste es un proceso cuyo primer paso se da reparando unas cuantas cosas en el acto sexual. La renuncia del hombre a hacerse responsable de develar esos secretos femeninos crea la crisis entre el hombre y la mujer.

Y una precisión más. Tenemos fe en que se entienda que no estamos hablando de que «el verdadero sexo» sea algo como lo de hoy pero más extenso, o siguiendo un manual erótico, o apoyándose en un libro de autoayuda sexual. El verdadero sexo debe ser idéntico al amor, lo cual es todo un camino. Y esto tampoco significa que sea un acto aburrido y formal como una postal.

EL GOZO SEXUAL ES UN DERECHO ESENCIAL. La mujer necesita del gozo sexual profundo para vivir en plenitud. Es uno de los derechos naturales que hasta ahora le han sido negados —mucho más esenciales que los derechos económicos, sociales o políticos que también se le han negado. El gozo sexual es todo un camino lleno de bienes y de retos para la mujer y para el hombre, y esos logros íntimos fecundan las demás áreas de la vida.

La sexualidad de pancarta es sólo un hijo ilegítimo de la sociedad patriarcal. Es difícil creer eso que algunos dicen de que la actual sexualización de los medios es un logro que resulta de una supuesta emancipación femenina. Si la mujer hoy sale «fuera» a hacerse sexualmente obvia —cosa que por naturaleza no necesita ni le hace bien— es porque nadie logra «entrar» a tomar su amor a fondo, y ya ella se ha cansado de esperar «dentro», en la tibieza acogedora de su intimidad. La bravuconería sexual no es síntoma de que se está alcanzando algo en el sexo, sino de todo lo contrario.

La sexualidad femenina —como la vulva— es menos evidente que la del hombre, pero no menos intensa. El misterio del amor femenino —misterio del cual ella no tiene por qué salir a hacerse evidente— vela todo lo sagrado de la existencia, y lo mantiene velado especialmente en tiempos en que, por ignorancia o confusión, se es torpe con lo sagrado y con el amor. Debajo de toda la bizarrería sexual que a la mujer le han hecho creer que es emancipación, el amor femenino se mantiene intocado, esperando tiempos mejores —lleguen o no lleguen. Ojalá comiencen a llegar ya.