Por Raimundo Silva Guzmán

Llama la atención que en nuestra cultura – y probablemente en muchas otras también – pongamos tanto empeño y energía en la educación de áreas tan específicas para la formación de cada individuo; áreas importantes sin duda, pero sometidas a la dictadura patriarcal de lo racional, lo práctico y lo útil por sobre todo lo demás.

He sabido de jardines infantiles donde a los niños les enseñan el sistema solar y otras hierbas académicas, con la intención de “prepararlos” tempranamente para la competencia despiadada que se da para el ingreso a los llamados “colegios tradicionales”.

En el fondo se trata de mejorar las oportunidades de los niños a través del acceso a la educación más exitosa según los criterios del modelo, y a través del acceso a una red de contactos futura, que les permitirán navegar con fluidez y pertenencia en el entramado social que conecta los con todo.

Dadas las reglas del juego, se entiende que los padres se estresen tanto en esta lucha por la supervivencia moderna. Pero los temas relacionados con nuestra educación emocional, al ser menos medibles y poco prácticos para tales fines, van quedando de lado, trasladando todo el peso de la responsabilidad al hogar, cuyos padres – muchas veces ausentes por el trabajo excesivo – están justamente alimentando un sistema miope que sabe mucho de exigencias y muy poco del corazón; un sistema basado en el miedo a la escasez,  y que casi no contempla al amor ni la solidaridad como parte del sistema, porque para que unos ganen, otros tienen que perder.

¿Qué pasa con la educación para el amor, la felicidad, la espiritualidad, el autoconocimiento, la autoestima, el perdón y la reconciliación, el manejo de las emociones, la valoración del tiempo presente y la búsqueda de un estado de paz profundo como fin último de todo?

Se lamenta especialmente que pongamos tan poca energía en la educación de nuestras emociones, que a la postre debería ser el soporte maestro de todo lo demás, el sistema operativo de un estilo de vida mucho más armonioso, humano, en sintonía y conexión con el resto de la gente, nuestro entorno y nuestras necesidades reales; que por cierto distan mucho de las distracciones que nos ofrece el mercado.

Además la alfabetización emocional sería sin duda la inversión más rentable a largo plazo, y no sólo por el inmenso ahorro en abogados de familia, psicólogos, ritalín y antidepresivos, sino sobre todo por la incalculable mejoría que podría tener nuestra calidad de vida, en tanto seamos educados para mirar las cosas con una perspectiva más amplia de nuestra naturaleza humana multidimensional, y potencialmente más conectada con el amor, con los demás y con nuestro yo interior.

Analfabetismo emocional ¿Dónde queda el amor y la felicidad?