Por Leonor Portugal

Las mamás son la conexión más directa con la historia personal  de sus  hijas y con el concepto de lo que significa ser mujer. Ellas representan un modelo que sirve de guía para su propia identificación y su equilibrio emocional. La relación madre e hija están nutridas de reflejos, que se traducirán en como pensamos, como sentimos y  finalmente en como actuamos.Cuando nuestras hijas tienen alrededor de  5  años, nosotras somos un modelo para ellas, se pintan los labios con nuestro labial, se colocan nuestros aros y zapatos de tacos, porque ellas quieren verse y ser igual a nosotras sus “mamás”.

Un vínculo afectivo sano con su hija garantizará relaciones futuras de confianza, trasmitirá a la hija mayor seguridad en sí misma y servirá de “salvavidas” cuando surjan los conflictos. Esto va a permitir que la hija desarrolle esquemas mentales en los que asocie a su madre con sentimientos de seguridad, afecto y tranquilidad. El hecho de abrazar es una conducta humana, natural e instintiva, y es siempre una agradable demostración de afecto. Cuando abrazamos a nuestras hijas, ellas se sienten seguras, contenidas y desarrollan esa capacidad de amarse y amar a sus semejantes.

Las investigaciones indican que un vínculo seguro entre la madre y su hija durante la infancia influye en su capacidad para establecer relaciones sanas a lo largo de su vida, cuando los primeros vínculos son fuertes y seguros la persona es capaz de establecer un buen ajuste social, por el contrario la separación emocional con la madre, la ausencia de afecto y cuidado puede provocar en la hija una personalidad poco afectiva o desinterés social.

La aprobación de la madre tiene el poder de elevarnos hasta el cielo, mientras que el rechazo materno puede provocar en casi todas un profundo malestar. Así mismo, las glorias y fracasos de las hijas son vividos por las madres como una evaluación constante de su papel como educadoras y como un signo inequívoco de la energía y los valores que lograron infundirles en la infancia.

Durante la infancia, las hijas suelen llevar una relación cercana y fluida con sus madres, les hablan largamente sobre lo que sucede en su día, los juegos, los amigos, el colegio, lo que les gusta y les disgusta. La madre es su única guía y modelo, pero también suele ser la persona en quien más confían, para muchas, lograr la aprobación de nuestras madres, es una de las cosas más importantes y significativas de la infancia. Entrando a la adolescencia de la hija, la relación va cambiando, si no existe un vínculo afectivo importante, se puede ir tornando en una mala relación, se comienza a perder la comunicación y por esto mismo la comprensión, y  lo que en un momento fue una excelente relación, llena  de afectividad y cercanía, se vuelve distante y fría.

El diálogo en la primera infancia entre una madre y su hija es muy importante, ser capaz de filtrar en lo posible los mensajes que pueden bloquear el auténtico desarrollo de la personalidad de una hija. Transmitirle amor, confianza, seguridad y momentos que queden plasmados en la cabeza y corazón de ambas es algo impagable, acciones y situaciones que le darán más firmeza a esta relación tan importante e irreemplazable.

Probablemente estamos sumidas en una rutina que el tiempo no nos alcanza como quisiéramos para compartir con nuestra hija, es por esta razón que hacer un pequeño cambio que nos saque de la rutina, para que queden plasmadosrecuerdos, palabras, besos y abrazos, dejará una huella imborrable en nuestros corazones.

leonor@almacta.cl