Una abuela chinanteca de las montañas de Veracruz habló una vez sobre las canas de su cabello refiriéndose a ellas como ‘la niebla del tiempo’. Ella decía que era incapaz de comprender por qué las mujeres modernas –jóvenes y maduras- hacían todo lo posible para cubrir la niebla en su cabeza; a final de cuentas cada hebra blanca y plateada no era más que el reflejo del amor que la luna sentía por nosotras.

Estas palabras pueden o no significar algo para nosotras, las mujeres modernas; pero no dejan de ser mágicas y nos dan la oportunidad de ver las cosas – nuestras canas- desde un enfoque diferente. Después de escucharla me quedé pensando hasta qué punto y por qué razones nos hemos teñido el cabello desde hace años. La primera vez que lo hice fue por falta de amor de propio; mi cabello era caoba y el de mi madre era rubio y yo quería parecerme a ella; ustedes saben que importante es para cualquier mujer la aceptación de los demás y en aquel entonces nadie creía que mi madre era mi madre pues no nos parecemos en nada. El resultado fue desastroso, me veía horrible y tuve que teñirlo nuevamente para no tener que ver nuevamente a esa mujer desconocida en el reflejo del espejo. Con el tiempo lo seguí tiñendo de distintos colores, siempre con la esperanza de evidenciar algún cambio interno – ustedes saben de qué hablo- Si terminaba una relación, si comenzaba otra, si me sentía feliz, triste o sola siempre era mi cabello el que tenía que pagar por ello. Toneladas de peróxido, químicos y tintes fueron colocados una y otra vez sobre mi cabeza. Miles de cortes mutilaron mi cabello pero no fue hasta pasados los veintitantos que las primeras canas comenzaron a aparecer.
Mi primera reacción fue el miedo. Miedo a envejecer y es que eso me habían enseñado durante toda mi vida. Los cuentos de hadas nunca mostraban una princesa canosa y en las películas y en la televisión las mujeres con cabello de niebla pertenecían a la tercera edad; pero momento, yo no tenía ni treinta años y ya estaba visualizándome como de setenta ¿Esto es normal? Claro que no, pero es parte de lo que nos enseñan y tenemos que desaprender.
Las canas no representan la edad de las personas, no son exclusivas de las jóvenes ni de las adultas, de las delgadas, ni de las llenitas; son como la celulitis, como los vellos que cubren nuestra piel, como las cejas o las pestañas sin embargo a ellas nos han enseñado a temerles y odiarlas. Cuando falleció mi hermano, mi cabello se cubrió de canas y yo estaba muy molesta por ello. Detestaba ver mi cabeza llena de hebras blancas, verlas crecer una y otra vez a pesar de que acababa de teñir mi cabello algunos días antes; me miraba al espejo y las arrancaba, incluso llegué a llorar al ver que la batalla que había iniciado contra mi propio cuerpo estaba perdida. Y ese es el punto al que quiero llegar, estamos peleando contra nosotras mismas a causa de la opinión de los demás, a causa de las imposiciones estéticas de personas que también se odian a sí mismas. Por eso la celulitis es inaceptable, por eso el depilarse las axilas y las piernas es casi obligatorio, por eso es mal visto que una mujer tenga vello facial o tenga los dientes manchados: Nos venden una forma de vida imposible y sin cuestionarlos se las compramos.
Cada una de nosotras es bella porque es única, nosotras representamos una de las miles de formas de la naturaleza y todo lo que de nosotros brote –sea del color que sea- es parte de nosotras mismas.
Hemos sido engañadas por el sistema de las apariencias; nos han usado como maniquíes, como correctores imperfectos del Photoshop y nunca seremos como ellos dictan que seamos, jamás alcanzaremos los estándares que exigen por mucho que sigamos renegando de nosotras mismas.
Quizá las canas sean una muestra de amor de la Luna, un saludo del tiempo que hemos caminado en esta tierra o productos de un mal momento en nuestras vidas; lo que es cierto es que son nuestras, es que ellas somos nosotras – tal como las venas debajo de nuestra piel o las uñas en nuestras manos y pies-. Y lo importante de esto no es si seguirás cubriéndolas o no, sino que ahora la decisión la tomarás después de cuestionarte a ti misma las razones para hacerlo.
Desde tiempos ancestrales las mujeres hemos prestado atención especial a nuestros cabellos; ha sido símbolo de magia y de fuerza, sobre él se han trazado las victorias y las derrotas de nuestro género. Hemos cubierto nuestras cabezas o las hemos llevado arriba con orgullo, pero últimamente hemos olvidado que es parte de nosotras ¿Pintarías tu sangre de morado porque el rojo represente vejez o descuido? No, y no lo harías porque consideras que tu sangre es más importante que tu cabello; y justo a esto me refería al hablar de la batalla que tenemos contra nosotras mismas.
Con esto no quiero decir que debes dejar de teñírtelo, en absoluto. La única finalidad de estas palabras es darte la oportunidad de ver la niebla de tu cabello desde otra perspectiva; una que no escucharás en televisión, una que no intenta venderte nada sino por el contrario, darte el valor de lo natural.
Tengo treinta y tres años, mi cabeza tiene mucha niebla últimamente y estoy segura de que seguirá brotando sin importar lo que haga; puedo aceptar mi naturaleza o seguir fingiendo que el tono negro azulado de mi cabello es real, lo que es cierto es que por primera vez en mi vida soy responsable de las decisiones que tomo sobre mi cuerpo sin dejar que nada ni nadie influya sobre mi templo personal.
Anónimo