Por Felipe Landaeta
Psicólogo Transpersonal

El camino espiritual si algo tiene es que es único para cada persona. Lo que para una persona está súper indicado, para otra puede ser contraindicado. Mientras unos necesitan desarrollar más conexión con la tierra, compromiso, aprender a priorizar y comprometerse con sus metas, otros pueden necesitar abrir el corazón, aprender a confiar en lo invisible, practicar la devoción o su conexión con lo transpersonal.

Mientras unos requieren fortalecer el yo, otros necesitan abrirse a lo que está más allá si mismos. Incluso, el mismo individuo puede necesitar ambos en diferentes momentos de su vida. No hay una receta que sirva para todos.Un tipo de meditación puede ser excelente en un momento, mientras que en otro puede llevar a la desintegración del yo. Todo depende del momento y lugar.

A veces la búsqueda nos lleva a transitar caminos oscuros. Recuerdo en Estados Unidos la historia de una persona que necesitó entrar en una gran crisis en su vida, donde gastó mucho dinero en cosas innecesarias, sufrió grandes pérdidas emocionales e incluso una adicción. Esto evidentemente no sería para recomendar. Sin embargo esta persona declaraba que era algo que necesitaba experimentar para tocar fondo y así aprender a valorar muchas cosas de la vida que daba por hechas y por obvias.

Esto va revelando que en el camino de desarrollo personal y en la búsqueda de una espiritualidad más profunda el discernimiento se va haciendo necesario. Esta capacidad permite ir decidiendo de forma coherente con quienes somos, para ir tomando aquello que necesitamos para avanzar.

El discernir nos permite separar aquello que nos sirve, de aquello que no nos sirve. Nos permite avanzar hacia aquellas experiencias de vida que nos hacen crecer, así como alejarnos de aquello que nos hace caer en patrones patológicos y repetitivos. El discernimiento nos lleva a expandirnos, muchas veces a través de la confrontación de aquello que nos aqueja y limita.

El discernimiento también nos permite separar “esto” de “aquello”, lo que es “mío”, de lo que es “tuyo”. El discernimiento nos permite fortalecer el yo al crear límites entre “yo” y “el mundo”, entre “adentro” y “afuera”.

Algunas veces en el intento de discernir caemos en una separación y distinción más extrema. Especialmente cuando caemos en las trampas de la victimización, donde creemos que el mundo nos está haciendo algo malo, o cuando nos damos por santos a quienes las cosas nos pasan. Sin embargo aquí el discernimiento puede ayudar a mirar aquello que hacemos que colabora a que repitamos nuestros patrones neuróticos, limitantes, y que sólo perpetúan maneras poco colaborativas con la vida.

La victimización es tramposa, pues nos da justificación para agredir a la contraparte. Como me explico que “me han hecho algo” entonces justifico mis ataques contra aquellos que considero como malos. Me pongo como víctima y coloco a la contraparte como victimario. Y en ese ataque al victimario yo me transformo en el victimario. Me convierto en aquello que estoy mirando afuera… aunque no quiera reconocerlo.

Sin embargo, el discernimiento nos puede ayudar a mirar con consciencia los juicios en los cuales caemos, las intenciones con las que emitimos dichos juicios, y el lugar emocional desde el cual estamos separando la realidad. Esta separación puede ser muy necesaria para protegernos del dolor, aunque sólo durante un tiempo. Con el avanzar en el camino es posible (y muy probable) que queramos ir más allá de la limitada y dual forma de ver la vida, y necesitemos ir más allá de un yo fortalecido a partir de creencias y juicios sobre los buenos y los malos.

En algún punto del camino, probablemente cuando la llamada interior de más integración se hace urgente, se hace necesario mirar con amor todo lo que vivimos, las luces y las sombras, la expansión y la contracción, las alegrías y los dolores, como momentos que son parte de una historia más grande. Y allí requerimos mirar con amor nuestros juicios y aquello que hemos separado y puesto afuera.

En este punto puede ya no necesitemos vernos como buenos o malos, como víctimas o victimarios, sino como parte de una historia más grande en la cuál podemos comenzar a tomar un rol más central y menos dividido. El discernimiento entonces nos va llevando hacia un camino cada vez más integrador, guiado desde adentro, desde una coherencia y ética personal.

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