Por Patricia May

El trabajo es percibido frecuentemente como el área desagradable de la vida, donde ponemos un esfuerzo de mala cara, arrastrándonos en la semana para llegar al anhelado descanso, como si eso que es nuestra labor diaria no fuera si no una especie de castigo que nos habla de la dureza de la vida, del sudor con que inevitablemente, conseguiremos el pan de cada día. La idea prevaleciente en relación al trabajo es que éste tiene un objetivo instrumental y muchas veces es vivido como un mal necesario, como algo que debemos soportar para conseguir los recursos que necesitamos para vivir.

Que descolorido panorama y, sin embargo, el trabajo remunerado constituye para muchos seres humanos la actividad prevaleciente de sus vidas, aquella a la que le dan más tiempo y energía y por tanto no deja de ser dramático que lo consideremos un mero trámite para conseguir el cheque de fin de mes.

Esto es el resultado de una manera de ver materialista donde lo que cuentan son los índices y cantidades resultantes, donde el ser humano con su profunda necesidad de sentido desaparece completamente, donde no importan los costos en calidad de vida, satisfacción interior y donde parece que a nadie le importara lo que ocurre en el interior de cada persona.

Desde otra mirada, el trabajo es uno de los medios a través del cual el alma se manifiesta en el mundo, por más sencillo que sea éste, allí está la impronta personal, el toque que cada uno le da. No es lo mismo algo realizado con enojo que lo hecho con buena voluntad, los objetos y actos van cargados de la impronta que ponemos en ellos. Ninguna actividad humana es inocua, aunque el aporte sea un detalle ínfimo, siempre el servicio o producto que se esté elaborando va a tener una repercusión en la vida de otros, va a afectar al mundo, va a facilitar o prestar algo. Es a través de nuestra actividad laboral que tenemos la oportunidad de servir, expresar, crear, aportar.Es cierto que el trabajo muchas veces requerirá de nuestro sacro-oficio y nos hará “sudar”, pero ello tiene un sentido mayor que enriquecernos o enriquecer a otros, tiene que ver con que es en el quehacer donde tenemos la posibilidad vital de ofrendar lo mejor de nosotros y qué es la vida sino eso?

El trabajo exige a menudo grandes esfuerzos y sacrificios, pero qué sentido tiene hacerlos si éste no está iluminado por una razón superior, por un móvil que implique a nuestra razón de ser en el mundo. No es posible alentar a una persona a dar lo mejor de sí, a entregarse si no hay un sentir que movilice el sentido de vivir y la razón por la cual se está en el mundo.

Desde este punto de vista es un error tratar de estimular el trabajo a través de la competencia interna porque sólo logran ambientes tensos, malas relaciones, gente estresada y que no encuentra sentido a su vida.También lo es estimularlo sólo con ganancias materiales, pues después de un momento de satisfacción, el dinero siempre se hará poco.Es preciso volver a encontrar en este y todos los temas el eje interno, espiritual que mueve a la conciencia humana y motivar el servicio, la colaboración, la buena voluntad como expresión del alma, lo demás se dará por añadidura.