Por Patricia May

La experiencia me dice que los trances duros de la vida se tornan en sufrimiento cuando nos oponemos a la vivencia, cuando no aceptamos lo que nos ocurre como “lo que me toca”, y nos disponemos a vivirlo, día a día, haciendo lo mejor que podemos, sin ansiedad, expectativa, dando a cada día su propio afán, permitiendo así que la experiencia nos de toda su riqueza de transformación y sabiduría.

No sabemos el efecto que tendrán en nosotros las vivencias límites de la vida, pero la idea es que nos abran, suelten, nos vuelvan mejores personas, con más disponibilidad de disfrutar, agradecer y compartir las cosas simples de cada día, y eso tiene que ver con la actitud con que las vivimos.

Tengo la interior certeza que venimos al mundo a evolucionar, y que la vida nos ofrecerá toda la gama de experiencias que necesitamos para abrirnos, tener un “buen corazón”, aprender a amar y ser más sabios.

Hay una distinción que hace el budismo entre dolor y sufrimiento.

El dolor es natural en la vida; dolor físico, emocional. Viene y se va.

El sufrimiento es producto de la mente que elucubra, se apega, se llena de diálogos negativos, de miedo y ansiedad que no hacen más que empeorar al sistema emocional y biológico y las relaciones afectivas.

Por ello cultivar una mente sana, abierta es vital y en ello, la meditación juega un papel fundamental, nos deja limpios, claros y nos va conectando con esa experiencia de paz, serenidad, sabiduría en nuestro interior.

Ese espacio interior es nuestra(o) mejor aliada(o), no nace ni muere, es el Sol Central que nos da vida, entusiasmo, alegría, paz y siempre, siempre está allí, intacta en su irradiación.

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