Por Raimundo Silva

Hace un tiempo mi hijo de 9 años me invito por enésima vez a ver Hulk en Netflix. Ese género de cine normalmente no es una opción para mi, pero accedí para darle en el gusto alguna vez.

Ver a mi hijo tan conectado con una trama básica y la extraordinaria musculatura de este Sr. Banner metamorfoseado por la ira, finalmente fue fantástico. Lo pasé muy bien escuchándolo explayarse con tanta soltura y propiedad sobre las características del protagonista y otros tantos súper héroes de la pantalla grande. Me reía sólo al observarlo tan compenetrado y locuaz, logrando contagiarme buena parte de su entusiasmo de niño curioso, y haciéndome recordar lo mucho que disfruté yo también con la versión para tv de fines de los 70, en una Motorola de 14 pulgadas en blanco y negro.

Para mi sorpresa también logré divertirme con la película, que después de todo no era tan aburrida, pero lo más importante fue la lección aprendida; más allá del panorama elegido, entregar sin condiciones nuestro tiempo y atención a los hijos puede ser el mejor regalo para ellos, pues con seguridad atesoran cada nueva experiencia con sus padres en un lugar muy profundo de sus corazones, haciéndoles sentir vistos, escuchados y sobre todo amados.

Además poner demasiada cabeza a las oportunidades que se nos van presentando puede ser una trampa del ego que nos impide ver la belleza de las cosas sencillas. A veces la mejor opción es simplemente dejarse llevar, entregarse a las experiencias sin expectativas y sin enjuiciarlas, de modo que la vida nos sorprenda con valiosos regalos que yacen ocultos tras una fachada poco seductora.