Por Patricia May

Una de las causas centrales del estrés es que solemos estar tan obsesionados con la cantidad de cosas que tenemos que hacer, que la vida se transforma en una actividad incesante de ir haciendo una tarea tras otra, donde la idea es terminar rápido con una para comenzar la otra.

Tendemos a poner atención al objetivo final de lo que hacemos, entregar un informe, hacer el almuerzo, reparar un desperfecto, en una orientación excesiva al logro sin darle importancia a la vivencia del proceso mismo. Sin embargo la vida ocurre en el proceso, si observamos en que disposición interior hacemos las cosas, nos daremos cuenta que muchas veces estamos en un estado de ansiedad, enojo, inquietud, o dándole vuelta a problemáticas que la mayoría de las veces creamos nosotros mismos en nuestros pensamientos, como temores al futuro, presunciones respecto de los otros, rabia porque las cosas no se dan como quisiéramos etc. Todo esto genera estrés, malas relaciones laborales y afectivas, incluso problemas de salud.

Quizás el primer paso para parar esta dinámica viciosa de la mente es darnos cuenta que nosotros no Somos eso, que es una creación distorsionada, que en el fondo de la mente, en su estado natural, cuando la vaciamos de contenidos alterados, hay un estado de serenidad, discernimiento y claridad que nos permite observar toda nuestra aflicción interior como una jugarreta en que hemos pasado la vida dándole vuelo a pensamientos y con ello a emociones que sólo nos traen tribulación y pesadumbre.

Darnos cuenta que la fuente de nuestro descontento vital está en nuestro interior y comenzar la práctica de transmutarlo.

Cómo? Una práctica central es disfrutar el proceso, centrarnos en lo que estamos en el momento, hacer la cama, conversar con alguien, ir a buscar a los niños al colegio, una reunión de trabajo, una lectura, como si eso fuera todo lo que existiera, centrarnos completamente, poner lo mejor en el hacer, en la acción misma, más que en el resultado de la acción, esto involucra vivir presentes en lo que la vida está siendo en este momento, abandonando toda anticipación, presunción, enojo, estar aquí, simplemente aquí.

El presente es todo lo que existe y al entrar profundamente en cada momento accedemos a un espacio-tiempo distinto, donde desaparece la ansiedad del reloj, del tiempo lineal y con ello la angustia que nos produce el estar siempre “contra el tiempo”. Entramos en un espacio calmo creado por nuestra propia mente donde no hay tiempo, sólo este hacer en la mejor disposición, en profunda entrega de mi, mis habilidades y talentos. Entrar ahí en entrar en un cielo sereno donde cada acto se vuelve tan sagrado que ya nos cuesta catalogar algunas cosa de más importantes que otras, todo es importante, todo es sagrado.

Evidentemente esto involucra una práctica, una atención dirigida, ir conduciendo los propios estados internos, y el campo donde se realiza esta práctica es simplemente nuestra vida corriente, no necesitamos ir a vivir a las montañas, o dejar nuestros compromisos, sino que por el contrario es en la realización de estos con amor y sentido que podemos realizar nuestro ser en la vida.

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