Por Patricia May

La encuesta Casen ha vuelto a poner sobre la mesa las grandes diferencias socioeconómicas y la pobreza como desafíos centrales para el país.

La discusión se centra en las políticas públicas, en la acción de las empresas, en el crecimiento económico. En el discurso público nadie parece discutir que el tema del “crecimiento”, siempre ligado a lo económico es el factor central en este gran desafío país.

Sin embargo, estamos viendo los efectos que produce el centrarse unilateralmente en éste, sin atender a otros aspectos que tienen que ver con el desarrollo cultural-ético-valórico- espiritual de un pueblo.

Aquí tenemos los resultados: una cultura fuertemente aspiracional en el que el propósito central es el consumo, la imagen y la posición social a cualquier costo. Seres humanos ansiosos por aumentar su status, por devorar y devorar bienes, ahí tenemos la cultura del carrete hasta reventarse en los jóvenes, el creciente consumo de drogas, ahí tenemos la cloaca de la cual surgieron los saqueos después del terremoto, ahí pudimos ver de frente la avidez por las posesiones que hemos ido amasando en los últimos años, ahí tenemos al enorme porcentaje de personas que no se hacen el menor problema al evadir el Transantiago o los impuestos, ahí tenemos la corrupción en los funcionarios públicos, el stress y la falta de un Sentido de vida que encienda, entusiasme que haga meritorio el vivir.

El punto central que deberíamos plantearnos es que el desarrollo de la capacidad económica, tiene que ir aparejada con una educación ética en que los antiguos y “pasados de moda” (para la cultura actual) valores, como la dignidad, el esfuerzo, la superación personal, el servicio, la colaboración en propósitos altruistas estuviera en el centro de la formación. Y esto debería tomarse tan en serio que pasara a ser una política pública. Así podríamos entender que el tener una mejor situación económica está al servicio de hacernos mejores personas, donde podemos desarrollarnos no sólo en la capacidad de tener y consumir, sino en aprender, en compartir, en dar, en nutrirnos como seres humanos corporales, afectivos, estéticos, imaginativos, creativos, intelectuales y espirituales.

La cultura del abuso, de la ansiedad por poseer, de la falta de aprecio a la naturaleza, de la falta de respeto ciudadano, nos habla de un desequilibrio, de una falta de nutrición y educación integral que recalque fuertemente los valores humanos y ciudadanos, el sentido de vida centrado en la autorrealización y la colaboración, sin esto, no es posible salir de la pobreza, pues su causa no es sólo económica, sino centralmente cultural, en tanto tiene que ver con la falta de esfuerzo, dignidad, generosidad, con egoísmo social, con clasismo, con avidez consumista.

Sin valores altruistas entregados desde la más tierna infancia, nos encontramos con una juventud sin sentido de vivir, sin una razón de nobleza para madurar y hacerse adulto para colaborar en la gestación de un mundo mejor.

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