Por Alexander Neaman

Leemos regularmente que la felicidad es un sentimiento que, al igual que otros, se contagia por imitación. Si mis padres son personas felices, lo más probable es que yo también lo sea. Y he podido comprobar esta hipótesis en mi caminar por la vida.
Recientes estudios de sicólogos, siquiatras y otros especialistas del comportamiento humano nos muestran que la felicidad está relacionada con conexiones neuronales. Específicamente, la transmisión de impulsos nerviosos, que van desde el corazón hasta el cerebro, gatilla en éste la sensación de felicidad. A través de procesos químicos y hormonales, el cerebro hace que cambies tu percepción de la realidad y, a pesar de lo que veas, puedas mantener una actitud positiva ante la vida.

Los ingredientes de la receta para vivir en un permanente estado de felicidad son como sigue: desarrollar apertura y conexión hacia el prójimo, escuchar, tener paciencia, cooperar, aceptar las diferencias, cultivar el silencio, contactarnos con la naturaleza, cuidar el entorno y trabajar en grupo. También es bueno examinar tus pensamientos y emociones, y escoger aquellos que te hacen sentir bien, es decir, transformarte en un observador de ti mismo.

Y si, como postulan algunos, es el corazón y no el cerebro quien guía nuestros pasos por este mundo. Entonces, todos debemos aprender a confiar un poco más en la intuición —eso que llamamos corazonadas— y reconocer que el verdadero origen de nuestras reacciones emocionales no está en lo que ocurre en el exterior, sino en nuestro ser interno.

La felicidad es, en esencia, el estado natural de la persona. Es el apego a las cosas que creemos que nos proporcionan felicidad lo que nos hace sufrir. Pero nada podrá sacarnos de nuestra verdadera naturaleza si basamos la felicidad en nuestro estado interno y en entregar nuestro tiempo y energía a los demás. ¡Dar nos hace siempre más felices que recibir!

Alexander Neaman
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