Por Raimundo Silva

En nuestra declaración habitual de deseos no satisfechos, solemos confundir la felicidad con la paz. Todos hemos dicho alguna vez: “seré feliz cuando tenga un mejor sueldo”, o bien “seré feliz cuando encuentre el amor”.

Pero lo que en realidad anhelamos – aunque no lo sabemos – es estar en paz, así de simple. Y estar en paz tiene muy poco que ver con el logro de nuestras metas ni con estados pasajeros de lo que llamamos felicidad.

Ser feliz no es un fin en si mismo, sino una consecuencia de nuestro estado de paz duradero, sin embargo los hemos distorsionado a tal nivel que ya no sabemos qué es qué, y para qué. A la felicidad le hemos puesta la vara tan alta, que se nos ha transformado en algo siempre inalcanzable, entonces nos exponemos innecesariamente a una frustración crónica, lo que obviamente nos aleja de la posibilidad de estar en paz. Además nos entrampamos solos al hacer que nuestra felicidad dependa de terceros, o de situaciones externas que no controlamos.

La paz la alcanzamos cuando aprendemos a soltar las expectativas, a no resistirnos a los que es, y a aceptar la naturaleza de las cosas tal cual son, en su carácter imperfecto y transitorio. En la medida que abandonamos la resistencia interna, el conflicto entre lo que queremos y lo que hay – sin colgar etiquetas a lo que sucede y sin enjuiciarlo – veremos que las circunstancias poco a poco cambian para mejor.

Según Eckhart Tolle, en lo superficial podemos ser felices un día soleado, o infelices un día nublado; felices con un millón de dólares o infelices en la escasez, sin embargo la felicidad y la infelicidad son sólo olas en la superficie de nuestro Ser. Ellas son efímeras y poco relevantes, porque lo que se mantiene inmutable en el fondo, es nuestra auténtica paz interior, y es ahí donde tenemos que poner el foco de nuestra energía.

Raimundo Silva