Por Felipe Landaeta
Psicólogo Transpersonal

“Yo me siento sexualmente gratificado si mi pareja tiene uno o varios orgasmos”. Con esta frase Enrique intenta ser elocuente para transmitir lo que para él es satisfacción sexual. Luego indica que necesita tener recompensas en la vida y en el trabajo. Esto que él comunica es lo que muchos hombres confiesan: que para sentirse plenos necesitan alcanzar un objetivo, un logro, una meta.

Sam Keen, en su libro “Fire in the belly: On being a man” (Fuego en el vientre: sobre el ser hombre) apunta junto a la desconexión emocional y sensorial de los hombres, hacia la comprensión que tenemos los hombres de que el goce es justificado como un premio por un logro alcanzado. Para Keen esto va más allá de la cultura actual y lo pone en una mirada histórica: los hombres hemos sido por siglos entrenados para ser guardianes o guerreros, y nos han enseñado a no sentir y a persistir en pos de logros.

En esta lógica de rendimiento hemos transformado la vida en una vara que nos mide y evalúa constantemente. Además, como indica Keen, percibimos que valemos por aquello que es cuantificable, por lo que tendemos a contar, por ejemplo, cuántos orgasmos generamos en nuestra pareja. Esta forma de vivir la sexualidad es compleja, pues ponemos a la pareja de turno como un o una jueza que tiene el poder de decir si estamos bien o estamos mal.

Esta forma de vivir las relaciones como bajo estándares de evaluación también la he visto en algunas mujeres con una mentalidad “masculina”, muchas veces asociada a una especial cercanía con su padre, o con una cultura familiar asociada al rendimiento y al cumplimiento de objetivos y normas. Está quizás de más decir que bajo esta lógica cualquier relación se comienza a transformar en una bomba de tiempo, pues empezamos a juntar resentimiento frente a un otro que sentimos que nos evalúa constantemente. A mi juicio esto requiere de un trabajo interno para darse cuenta que nos estamos ahogando en nosotros mismos.

Para Keen, son pocos los hombres realmente hedonistas, pues parecemos estar demasiado ocupados con cosas prácticas. Cuando esta lógica se lleva al plano de la intimidad podemos notar que los hombres hemos aprendido a medir nuestro goce: un goce descontrolado puede ser algo  amenazante para muchos de nosotros. Consideremos que la sexualidad de la mayoría de nosotros es falocéntrica y admitir sentir placer en otras zonas del cuerpo es amenazante para nosotros “hombres-machos-recios-guerreros-espartanos”.

Esto es algo que pareciera que muchas mujeres esperan que nosotros cambiemos y que veamos que la sexualidad es mucho más que el pene. Keen, en este sentido afirma que en su experiencia muchas mujeres afirman intentar “des-genitalizar” el foco de los hombres y transmitirles que para ellas hay solo dos zonas erógenas: el corazón y la piel.

Más allá, una concepción religiosa de la vida hace que cualquier cosa en exceso sea considerada pecado, lujuria o gula por ejemplo. Aunque estos no son temas muy hablados preguntémonos cuántos de nosotros reconocemos ante si y ante otros que nos gusta mucho el sexo o comer. Y además, ¿qué pensarías de alguien que haga una declaración de ese tipo?. Entonces tenemos trabajo que hacer, y lo primero es hacer espacio interior para ir dando lugar a aspectos de nosotros asociados al placer y al goce, uno que busca el disfrute en el momento, no por perseguir un objetivo, sino por rendirse en el presente.

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