Por Felipe Landaeta Farizo
Psicólogo Transpersonal

Este documental nos invita a viajar por algunas facetas de la intimidad de los hombres en Estados Unidos. La máscara con que viven los hombres de allá, y podría suponer que no es mucha la diferencia acá en Chile, retrata la dificultad que los hombres tenemos para mostrar nuestra vulnerabilidad. Desde muy temprano los hombres sabemos que no debemos mostrar debilidad alguna. La frase “tienes que ser un hombre” ha sido y es usada como forma de “educación”, de amenaza y con diferentes otros fines.

El coach deportivo Joe Erhmann señala en el documental: “Pensé que si manifestaba una hiper-masculinidad de alguna manera eso validaría quién y qué era yo. Sin duda mi padre respetaría eso: ver cuán poderoso, cuán fuerte, cuán rudo era y me daría el amor y la atención que yo quería con desesperación. Le preguntaría a cada hombre, ¿qué edad tenía?, ¿cuál fue el contexto?, cuando alguien le dijo que fuera un hombre. Creo que esa es una de las frases más destructivas en esta cultura”.

Los hombres muy pronto en la vida aprendemos que mostrar debilidad “es de niñita”. En nuestra cultura pareciera que el paso del niño al adolescente, y de ahí al adulto, se relaciona de alguna manera con el aprender a controlar las emociones. El descontrol emocional, desde la perspectiva “masculina” patriarcal es para las niñas, las mujeres, o aquello que se relaciona con lo femenino; todo lo cuál “un verdadero hombre” debe rechazar (o al menos desmarcarse). En este sentido Juan Carlos me comenta que su padre se mostraba disponible para conversar de las cosas personales, sin embargo “cuando yo mostraba mis sentimientos de debilidad, de soledad, de vacío, la cara de mi padre se transformaba en un rotundo rechazo. Me hablaba de que era importante resistir, ser hombre, ser fuerte”.

Básicamente, concluimos con Juan Carlos, su padre, como el padre de muchos de nosotros, y como nosotros mismos, no tenemos las habilidades emocionales para lidiar con muchas situaciones. Nos suele faltar la empatía que naturalmente teníamos de niños, donde si veíamos a otro niño llorar intentábamos hacer algo para ayudarlo. Esa natural capacidad de resonar con otros la vamos adormeciendo. ¿No te llama la atención que andemos por la calle con una “poker face” de seriedad, y que cualquier contacto con un extraño genera suspicacia? ¿Por qué me mira? ¿Por qué se ríe al mirarme?

La cara de póker se ha transformado en nuestra máscara para aparentar que todo está bien. Sin embargo detrás de esa cara se esconden muchas cosas, incluidas las grandes alegrías y frustraciones. El documental es elocuente en mostrar cómo los roles se construyen en sociedad a través de la cultura. A los niños desde pequeños se les enseñan los colores que debe usar, sabemos qué deportes son más asociados a lo “masculino”, qué conductas son más aceptables, etc. Todos queremos sentirnos parte, y para lograrlo es muy probable que dejemos de lado aquello que entendemos generará un rechazo hacia nosotros.

El documental además muestra algo de nuestro lado B, y qué puede suceder cuando nos hemos dejado llevar por querer agradar a otros y a “lo que se espera que hagamos”. Por otro lado, también nos muestra parte de qué puede pasarle a un hombre cuando rompe con los patrones culturales o de sus grupos de referencia (amigos por ejemplo) para ser más auténticos.

Como indica la investigadora Brené Brown, la vulnerabilidad es la clave de todas las experiencias humanas trascendentales. Si los hombres la hemos dejado de lado para “ser hombres” y “masculinos” cabe preguntarse si la llamada “masculinidad” nos humaniza o nos transforma en algo más, por ejemplo en presa y actor de una cultura consumista, machista, dominante, etc. ¿robots o tal vez unos guerreros sin mucha épica luchando por… (¡Esparta no!)?

Sin contacto con nuestra vulnerabilidad poco podemos llegar a hacer respecto a nuestras necesidades más íntimas. Si no siento lo que me pasa, si no me doy cuenta, si ni siquiera tengo la disposición a saber qué ni quién habita en el interior de este cuerpo, es prácticamente imposible que pueda saber cómo estar satisfecho interiormente. Una vez un hombre me dijo que quería dejar de sentir. Recuerdo su mirada destrozada por un corazón roto. Años después sentí algo que tal vez se pareció a lo que ese hombre sentía, y pude entenderlo mejor.

Sentirse quebrado interiormente es tal vez una de las peores experiencias para un hombre, pues nos fuerza a reconocer una dimensión humana olvidada. Este tipo de experiencia puede ser insoportable y conducir a un sinnúmero de conductas destructivas. Lamentablemente cuando los hombres nos sentimos así muchas veces vamos al mundo externo y dañamos a otros, pues en general no sabemos cómo lidiar internamente con lo que nos pasa.

Por otro lado, cuando el dolor es bien llevado puede transformar a quien lo experimenta. Cuando nos quebramos por dentro nuestro ego se quiebra también. He conocido grandes hombres en mi vida, algunos que tomé como modelos de rol. Todos tenían en común una sola cosa: habían pasado por el infierno y habían vuelto transformados; no sólo una, sino varias veces, y eran conscientes de ello.

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