Por Felipe Landaeta
Psicólogo Transpersonal

La Psicología Positiva plantea que la felicidad se construye de un 50% de genética, un 10% de circunstancias y un 40% de voluntad. Para los estudiosos de la ciencia de la felicidad como Sonja Lyubomirski, Barbara Fredrickson, Martin Seligman, y otros en la voluntad está la clave de la felicidad. No es de mi interés discutir aquí si esta ecuación me parece correcta o no. Para los fines de esta breve reflexión lo que importa es la importancia que se le otorga a la voluntad.

La voluntad asoma como la clave para ser feliz y acceder a mayores grados de bienestar. La ciencia de la felicidad propone una serie de actividades que al realizarse de forma sistemática uno debiese alcanzar más bienestar. Recuerdo un retiro budista donde un maestro explicó que la mitad de la tarea de la meditación consistía en la voluntad de levantarse y dirigirse al cojín de meditación. No hay dudas que la voluntad, las ganas, la motivación son parte integral de cualquier proceso y cambio importante que queramos realizar. Esto aplica tanto a un cambio personal como a un cambio externo, por ejemplo en nuestro trabajo.

Si nos enfocamos en el mundo interno podemos hacer un “doble click” en qué implicancias tiene la voluntad:

Primero, la voluntad es la motivación para mirar, el involucrar tiempo y energía para observarme en profundidad.

Segundo implica la energía y voluntad para abordar aquello de lo cuál me de cuenta y detecte en mi diagnóstico interior. Aquí puede que hayan elementos que no me gustan de mi misma(o).

Tercero, y aquí me hago la pregunta fundamental de esta breve reflexión ¿Cómo dirijo la voluntad de querer cambiar?

Hasta el paso dos la voluntad tiene relación con enfrentar y hacerme cargo de lo que surja de la búsqueda interior. Desde el punto tres, cuando ya me di cuenta de lo que me sucede, la voluntad deja de tener el efecto necesariamente impulsor y puede generar el efecto contrario. Voy a explicar un poco esto con la siguiente breve historia: Un día me desperté y me di cuenta que me sentía triste, sin ganas de mucho. Me levanté y decidí comenzar a meditar. Al comenzar a meditar me di cuenta de una serie de condicionamientos que operan en mi mente de forma automática. Entonces decidí seguir meditando.

Hasta aquí se puede ver que hay una decidida motivación a hacer un cambio de vida. Luego desde esta motivación comienzo a pensar que hay algo malo en mi, que en el fondo hay cosas que quiero cambiar, quiero ser otra persona. Entonces me cambio el nombre, me corto el pelo, me pongo un aro, me hago tatuajes, hago una serie de cosas para dejar de ser quien soy y ser otra (o) yo. La voluntad aquí se ha convertido en “la voluntad de dejar de ser yo”. De esta manera la voluntad, el exceso de ella en realidad, se ha transformado en un enemigo en el camino.

Esto se observa también, por ejemplo, cuando vamos a la sala de meditación, a la clase de yoga, o cuando veo personas que vienen a una sesión individual o a una respiración holotrópica y con un objetivo muy claro de lo que pretenden obtener. En esos casos la voluntad esconde un deseo de controlar y de dirigir. La voluntad ya no es un ayudante, sino que es un obstáculo. Además de convertirse en una negación de algún aspecto o de la totalidad de si misma(o), puede revelar una intención de llevar el proceso en la dirección que se pretende. Esto básicamente esconde un miedo, a lo desconocido principalmente, porque en todo gran viaje sabemos dónde comenzamos y pocas veces donde terminaremos. Seguro que al terminar no seremos la misma persona que comenzó, sin embargo no podemos prever todas las transformaciones y cambios que tendremos que atravesar para llegar a destino. Pues en realidad ¿sabemos cuál es el destino?

Entonces todo gran viaje de transformación requiere de apertura, de dar el salto de fe de que cuando no sepamos las respuestas, las maneras, o el camino, habrá una sabiduría más grande y más profunda que nos guiará. Esto definitivamente marca un antes y un después en el camino espiritual, la confianza de que en esos momentos de no saber algo o alguien nos brindará la respuesta, o tal vez emergerá desde dentro de nosotros. Debemos permitirnos morir para volver a nacer tal como Jesús le dijo a Nicodemo: “quien no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios” (Juan, 3). La voluntad llega hasta donde comienza la fe, desde allí en adelante las reglas que rigen el camino de transformación personal cambian, y la voluntad allí debe enfocarse en sostener la conexión con aquello que necesita ser transformado.

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