Por Felipe Landaeta

“Considera el lavado de platos lo más importante en la vida. Lavar los platos es meditación.
Si no puedes lavar los platos en estado de atención consciente, tampoco podrás meditar mientras estás sentado en silencio”.
– Thich Nhat Hanh –

Hace un tiempo ya me di cuenta de algo importante a partir de los talleres que realizo. Un día estaba terminando un taller de día completo donde hubo algunas experiencias extraordinarias como cambios vitales importantes, darse cuenta profundos, y otro tipo de procesos de curación, además de otros procesos tal vez menos intensos que los anteriores pero aún así de cierto grado de importancia para los involucrados… Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que en el lugar donde ocurrió la actividad habían papeles en el suelo, vasos, tazas, más alguno que otro material usado en el taller por ahí. Allí me quedé observando un tiempo qué me pasaba y me di cuenta de algo fundamental que me hacía ruido: ¿de qué sirve darse un día, o dos, o tomar un retiro de carácter transformador y sin embargo irse del lugar dejando lo que usé sucio, materiales en el suelo, etc?

Recordé mis experiencias de retiro de meditación donde unos de los principios fundamentales es que eres parte de una comunidad y uno de los valores es cuidar las relaciones, el entorno, el espacio compartido. Me di cuenta que sin incorporar este elemento podríamos estar cayendo en vender un producto más de consumo que luego de tomarlo dejo las cosas y me voy a consumir otro producto. Me di cuenta que sin transmitir que nuestra ocupación por el entorno es fundamental una actividad de crecimiento personal es incompleta, pues ¿cómo puedo crecer yo sin ayudar a mi entorno inmediato?.

En 2016 publiqué una columna sobre el “ego espiritual” donde planteo la existencia de una espiritualidad vertical y otra horizontal (http://felipelandaeta.blogspot.cl/2016/06/el-ego-espiritual.html). La dimensión horizontal está directamente vinculada con lo aquí planteado: con nuestra posibilidad de ocuparnos por nuestro entorno, nuestras relaciones, con la simpleza de dejar limpio lo que he usado, con lo que en el mundo del trekking y la montaña se llama “huella cero”, donde me hago cargo de la basura que genero. Y no sólo eso, también se relaciona con la consciencia de interrelación, donde entiendo que después de mi vendrá otra persona y ocupará este mismo salón, o esta misma taza, esta silla, este mat de yoga, este cojín de meditación, etc.

Una ventaja importante que tiene esta dimensión horizontal de la espiritualidad es que además ayuda a hacer “cable a tierra” luego de experiencias que pueden ser muy removedoras del mundo interno. Las tareas concretas como limpiar, ordenar, dejar el lugar tal como lo recibí, ayudan a una persona o a un grupo a retornar a los límites de nuestras relaciones cotidianas, además de ayudar a transferir directamente y de forma rápida algunos de los aprendizajes que se pueden tener en esas experiencias profundas con potencial de transformación.

El cable a tierra es una buena y poderosa manera de reconectar con el aquí y ahora, de realizar una meditación simple y en movimiento, vinculada con la actividad cotidiana. Tal vez una forma más poderosa es hacer dicha actividad en silencio y siendo conscientes del respeto hacia ese espacio y esas relaciones. Puede que de esta manera estamos ayudando a ir más allá de la mentalidad de mercado antes mencionada donde tendemos a funcionar desde la lógica de “yo pagué por esto entonces alguien más debe hacerse cargo”.

Dudo bastante que un trabajo profundo y de carácter espiritual sea realmente efectivo sin considerar este tipo de elementos de espiritualidad horizontal. Si promovemos solamente una espiritualidad vertical corremos el riesgo de perpetuar modos de pensar verticales, tratos asimétricos, el no hacerse cargo y el narcisismo/egocentrismo. Tal vez este sea un pequeño paso desde el egocentrismo a la interrelación y a formas de espiritualidad dialogantes, inclusivas, y a modalidad de aprendizaje más participativas y en comunidad.

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