Felipe Landaeta
Psicólogo Transpersonal

Hoy el planeta está en crisis. Queramos reconocerlo o no, si nos detenemos a mirar nos daremos cuenta del grado de sufrimiento a nuestro alrededor. Es tal vez esta una de las razones del generalizado adormecimiento e individualismo: me adormezco para evitar sentir el dolor y sufrimiento que hay en mi entorno. En otras palabras: me desconecto para no sufrir. El resultado de esta estrategia por supuesto que es más dolor y más sufrimiento.

El marco cultural más o menos nos indica en qué dirección debemos ir, y algunos valientes se atreven a ir rompiendo con aquello. Cada uno en su individualidad es probable que haya roto alguna limitante familiar o de su círculo de origen, aunque la tendencia es a adaptarse para ser parte. Queremos sentirnos queridos e incluidos, por nada nos gustaría ser excluidos, de ahí que transemos en algunos asuntos, unos más trascendentes que otros. Esto es negado por varios de nosotros para reducir la disonancia de estar dejando de lado algo para pertenecer. Y podemos hablar desde una mirada distinta del mundo, la religión, la política, asuntos de identidad, hasta el hecho de preferir un tipo de alimentación distinta, o elegir una profesión que rompe con la tradición familiar.

En este contexto las crisis existenciales y de sentido parecen estar a la orden del día. Aunque a veces escondidas tras otros cuadros, muchas veces con un diagnóstico, encontraremos mediante un observación penetrante un nivel de crisis más profundo que se esconde y quiere aparecer. Y junto a esto en casi todos los casos encontraremos un estilo de vida que no es acorde a lo que la persona necesita. Dentro de este estilo de vida y sus prioridades suele estar fuera del mapa la evidente desconexión de nuestro entorno natural, de los ciclos de la naturaleza, así como de una vida espiritual pobre o inexistente.

Gran cantidad de individuos hoy se sienten deprimidos, agotados, básicamente en crisis. Aunque hagan muchos cambios, terapias o sanaciones siguen así. Los efectos de estas terapias parecen durar solo un tiempo. La sensación interna de vacío y de estar en crisis se intenta compensar con una tendencia al materialismo, consumo, trabajo, y cualquier otra distracción que nos saque de nosotros mismos. El resultado por supuesto es más desconexión y más dolor y sufrimiento. En el fondo sabemos que estamos evitando algo, aunque lo que estamos evitando puede llegar a ser tan desconocido que ya no sabemos a qué aferrarnos. Podemos llegar a ser unos perfectos desconocidos para nosotros mismos.

Es curioso que ningún manual de salud mental refiere a estos elementos, lo que revela una mirada etnocéntrica: lo saludable es lo que nuestra cultura dice que es sano, dejando de lado la mirada de otras culturas de nuestra historia humana. El retorno al mundo natural, el reconocernos como parte de una amplia red viviente, y el consiguiente entendimiento de una espiritualidad, no sólo vertical (con lo superior, “hacia arriba”), sino que horizontal son medidas urgentes. La espiritualidad horizontal honra a nuestros pares, no sólo humanos, sino que de otras especies, valora el entorno, espiritualiza la vida cotidiana, se focaliza en la calidad de nuestras relaciones, reconoce la interdependencia con el mundo natural, y reconoce el cuerpo como el hogar del espíritu. La salida a la crisis no se haya “más allá”, probablemente se encuentra más cerca de lo que se cree.

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