Por Felipe Landaeta
Psicólogo Transpersonal

Osvaldo me cuenta pequeños trozos de su vida y del ser hombre: “desde muy chico tuve acceso a cierta información del mundo de las mujeres, escuché no sé si a mi mamá, abuela, tía, dar sermones respecto a los hombres. Escuché de muy chico que los hombres somos frescos, violadores, que nos aprovechamos de las mujeres. Y la frase del bronce era que si alguien ‘tiene pene, entonces hay que tener cuidado de él’”. Agrega que “esto de una u otra forma creó en mí una cierta inseguridad, sentía que algo en mí no estaba bien, como que estaba contaminado por dentro”.

Osvaldo se emociona al contarme sobre este tema, es evidente que para él es una fuente de conflicto y de frustración, y de que este tipo de discursos lo han marcado de alguna manera. “Hubo tiempos de mi vida en que me sentí aproblemado, no sabía si estaba bien o mal, y esto aumentó después en la adolescencia cuando me gustaba una chica y no sabía si estaba bien acercarme o si ella lo viviría como una invasión a su espacio… aunque ha disminuido siento que [este tema] nunca me abandonó del todo”.

La historia de Osvaldo la he escuchado de muchos hombres quienes han visto su identidad de alguna forma dañada y moldeada por el discurso de mujeres mayores que él. Muchas veces esta narrativa iba dirigida a la hermana mayor o menor, a las primas, o incluso en las discusiones entre sus padres. El asunto es que la auto-imagen del niño varón comienza a llenarse de ideas e imágenes respecto a lo masculino, especialmente imágenes negativas por experiencias del pasado vividas por otras personas.

Osvaldo además se permite contarme algunas infidencias sabiendo que son para colaborar con este proyecto. Me comenta también no sólo de los conflictos que esto le generó consigo mismo, sino también como esto se extendió a sus relaciones con las mujeres: “yo siempre he tenido miedo de encontrarme con mujeres que repliquen este mismo discurso. De hecho me pasó varias veces salir con una chica y darme cuenta que no quería salir más… las razones eran diferentes, caso a caso como se dice, y me ha tocado más de alguna vez recibir un sermón y discurso de parte de algunas mujeres, discursos cargados de rabia y dolor, algunas veces percibí incluso un aire de venganza que parecía ir dirigido hacia alguien más”.

Finaliza su historia contando una situación que dice no olvidar: “una vez me pasó que salí con una chica, y se dio un encuentro sexual rápido. Yo no soy de encuentros fugaces, del ‘touch & go’ como le llaman ahora, pero se dio así. Y me di cuenta que no quería salir más con ella. Iba preparado como tantas otras veces para un sermón, para sentirme culpable también. Y ella me dice algo que nunca olvidé: ‘no te sientas culpable, yo decidí meterme contigo, somos ambos adultos, y entiendo si no quieres que sigamos saliendo’. Eso para mi fue de alguna forma reparador. Por primera vez me di cuenta que yo cargaba con una culpa y que ella de forma madura y sana me hizo ver. Yo no tenía por qué sentirme culpable si ambos decidimos lanzarnos a la aventura de forma voluntaria”.

La historia de Osvaldo refleja un miedo de varios hombres, y es el recibir discursos, agresiones y venganzas de las mujeres a partir del dolor y la frustración del rechazo. El rechazo es una experiencia que tanto hombres como mujeres hemos vivido. Así como algunos hombres a veces temen esto, algunos también entendemos que muchas mujeres tienen miedo a ser vulneradas y agredidas por nosotros, es seguro que la mayoría de ellas hayan tenido alguna experiencia de vida para creer que es una posibilidad bastante real.

Esta historia tiene relación con los discursos maternos, el poder para influir y manipular la mente de los hijos, para incluso alcanzar el punto donde el hijo en su deseo de agradar y de ser querido puede incorporar o introyectar estos mensajes de tal forma de sentirse un agresor y tener miedo a dañar. El niño en su deseo de ser buen hijo y buen niño puede entrar en conflicto con su masculinidad y caer en la castración de si como un posible agresor: “como hay algo malo en mi mejor me reprimo”. En casos extremos esto puede llegar hasta la negación de su masculinidad y de la vida. Esto puede estar tan incrustado en la psique, pues son mensajes muy antiguos, que para el adolescente y adulto se viven de formas sutiles en la relación con el propio cuerpo, con los pares, y por supuesto con las mujeres. La relación con la líbido es la relación con la vida, la líbido es energía vital, y vivir conflictuado con ella es vivir en un constante conflicto o tironeo con el vivir, el disfrutar, el participar de la vida y sus circunstancias. Esta temática es en general poco reconocida por los hombres, ante si y menos ante los demás, ¿evidente las razones para ello o no?

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