Por Felipe Landaeta
Psicólogo Transpersonal

Manuel comenta que hace unos años decidió leer unos libros y tomar unos cursos para aprender técnicas sexuales. Dice que se siente más confiado sabiendo cómo entregar placer a una mujer. “Antes no me sentía con confianza, porque no sabía mucho de la psicología de la mujer, ni tampoco de cómo funciona el cuerpo de ella”.

Luego de un rato Manuel confiesa que si bien ahora se siente muy confiado al dar placer, por el contrario no se siente muy cómodo a la hora de recibir: “yo me siento más cómodo haciendo que recibiendo de forma pasiva. No sé que es, pero no es lo más cómodo, me cuesta”. Lo que él comenta es algo que a muchos hombres les pasa. En una cultura donde los hombres hemos aprendido que valemos por lo que hacemos, hemos desarrollado la creencia que esto también aplica a la dimensión de la sexualidad y del goce.

Alexander Lowen (en “Amor y Orgasmo”) comenta que la persona sexualmente sofisticada es aquella que aprende técnicas, que se siente preparada para la sexualidad, pero lamentablemente la ve como un área más de la vida donde debe “desempeñarse”. Lowen de esta forma apunta a que muchas personas (hombres y mujeres) ven en la sexualidad un escenario donde deben mostrarse competentes.

Lo que esto refleja es la falta de conexión de una persona con su vulnerabilidad básica. La intimidad, lo que pareciera que se busca con la sexualidad, se encuentra al otro lado del miedo a mostrar quien uno es. El estar desnudo no es algo meramente físico, tiene relación con estar en una intimidad con un otro donde me veo y me ven tal como soy en ese momento. Es esta de vulnerabilidad con otro la que nos lleva a la comunión, que pareciera ser una de las experiencias buscadas en la intimidad sexual. Manuel refleja esto en su capacidad para dar y su dificultad para recibir.

En esta lógica, la estrategia de “sofisticación sexual” pareciera ser una defensa frente a la vulnerabilidad y al encuentro auténtico. Esta estrategia parece carecer de lógica si se asume que cada persona es única y diferente, y que la expresión de la propia sexualidad posiblemente va a ir desarrollándose, creciendo, cambiando, adaptándose y mutando con cada pareja. Por otro lado, lo que aquí se menciona puede no tener ninguna lógica si no se tiene consciencia de la desconexión del propio sentir.

En este sentido, los hombres podemos aprender de las mujeres a disfrutar y gozar, a disfrutar el viaje sin preocuparnos tanto del resultado y sobre todo a sentir. Por otro lado se abre una puerta para dejar la sofisticación sexual, apuntando a crecer en intimidad y comunión. Esto implica salir de la postura de control, reconocer que estamos desconectados y que necesitamos ayuda para avanzar en el camino.

El mundo de la intimidad de la pareja puede ser un escenario para conversar, compartir los sentimientos y sobre todo para encontrarnos con nosotros mismos y con la persona con la que decidimos caminar este tramo de la vida. He conocido a muchos hombres (y algunas mujeres) que jamás reconocerían a sus parejas sus inseguridades, sus miedos, frustraciones, o lo que los aterra. Estas mismas personas querían mejorar sus relaciones de pareja, pero saltándose el encuentro íntimo. ¿Es posible crecer en intimidad y tener un encuentro de comunión sin conectarse consigo mismo y mostrarse tal como uno es?

www.holotropica.cl