Por Felipe Landaeta
Sicólogo

El trauma es parte de nuestra vida. Podemos tener un accidente, parecer una enfermedad o sufrir a partir de las consecuencias de actos humanos. De hecho después del 9/11 un estudio indicó que se estima que al menos la mitad de la población norteamericana sufrirá un trauma importante durante su vida. El trauma también se puede sufrir de forma vicaria, es decir sufrir a partir de lo que a otro le está pasando. Esto último es algo de lo que los terapeutas y personas que trabajan en relaciones de ayuda deben cuidar para no padecer enfermedades como estrés, depresión y burnout.

El trauma consiste en una situación en que la víctima no puede resolverla, se encuentra en una situación de desamparo, y se ve invadida por poderosas y desbordantes emociones negativas durante el episodio, lo que se suma a los efectos fisiológicos ales como la descarga de adrenalina, la activación del sistema nervioso simpático, y respuestas que pueden pasar por el ataque, la huida, hasta el pánico, shock o inmovilización. Entonces el trauma puede tener grados de efecto.

El trauma también puede venir desde la vida intrauterina y relacionarse con experiencias de sufrimiento fetal, intentos de aborto no logrados, enfermedades y experiencias de la madre que hacen que el feto se siento no bienvenido como accidentes, consumo de drogas y alcohol u otras sustancias químicas. El momento y circunstancias del nacimiento también es un momento clave que puede ser la base para futuras experiencias traumáticas. En este último caso por ejemplo se ha visto desde el trabajo del Dr. Stanislav Grof que los trastornos sexuales tienen un vínculo con el proceso de nacer y el momento del nacimiento, y que estos se pueden trabajar y sanar a través de los estados ampliados de consciencia y las sesiones de respiración holotrópica en que se toca este nivel de la psiquis.

Más allá de los efectos nocivos y dañinos del trauma cabría preguntarse si éstos tienen alguna razón de ser. En este sentido el terapeuta corporal David Berceli plantea que estamos diseñados para experimentar y sanarnos del trauma. Tomando los estudios del experto en trauma Peter Levine y otros autores Berceli plantea que el cuerpo tiene los mecanismos necesarios para experimentar y liberar al cuerpo del estrés y las tensiones que han quedado grabadas en el cuerpo como efecto secundario del trauma. Para él el temblor del cuerpo es una forma de liberación y sanación.

Esta lógica de que el cuerpo posee sus propios mecanismos de curación es una comprensión a la base de muchos trabajos terapéuticos, incluso aquellos métodos de sanación antiquísimos que incluían las experiencias de danza, trance, éxtasis y de inducción de temblor y catarsis. Al parecer nuestros tabúes sociales respecto al control de la mente, del cuerpo y las emociones hoy atentan contra la necesidad imperiosa de muchas personas que están buscando experiencias sanadoras y liberadoras que les permitan atravesar las barreras que sienten interiormente. De hecho el terapeuta norteamericano Bradford Keeney, quien viene a Chile en unos meses más, plantea que el mayor tabú cultural occidental es la liberación completa del cuerpo en una experiencia extática. En una línea similar Felicitas Goodman, antropóloga desarrolladora de lo que hoy se conoce como “trances extáticos”, plantea que los occidentales de la actualidad estamos deprivados de la experiencia de éxtasis, y que el cuerpo necesita experimentar esa energía para mantener el balance y la salud. Desde el cuerpo necesitamos sanar el trauma, pues no es algo que reside en la mente, sino que también tiene sus efectos corporales.

Más allá de la dimensión corporal está la dimensión existencial y trascendente del trauma: ¿tiene algún sentido lo que se ha vivido

David Berceli define la espiritualidad como el proceso de ampliación de la consciencia de tal forma que las experiencias traumáticas quedan integradas en un sentido de coherencia, de tal forma que éstas no quedan aisladas como entidades separadas. Justamente esta escisión entre el YO y la experiencia traumática es parte del sufrimiento del individuo. Franz Ruppert, experto en constelaciones familiares y trauma, explica que a partir de un trauma la personalidad se separa en 3: la parte traumatizada, la parte sobreviviente (que es la que suele desarrollarse para compensar a la otra), y la parte saludable que no ha sido tocada por la experiencia. Entonces el trabajo de Ruppert a través de la constelación de la intención es volver a conectar estas partes que viven y funcionan de forma aislada como sub-personalidades independientes.

Parece ser que el trauma puede tener un efecto transformador. Existen varios estudios que indican que el trauma afecta la religiosidad y la espiritualidad de forma positiva, mientras que algunos indican que el trauma puede disminuir la religiosidad cuando esta no se acompaña de una espiritualidad profunda o religiosidad interior más allá de la forma externa. Por otro lado se ha visto que el problema central de algunos traumas asociados al estrés post-traumático, como el que sufren los veteranos de guerra, está asociado a la carga moral o ética de cuestionarse la forma de actuar y la culpa relacionada a los propios actos. Estos mismos autores plantean que la espiritualidad y los asuntos espirituales son cruciales y deben ser incluidos en la terapia de este tipo de dificultades.

Por su parte Peter Levine desde la terapia corporal señala que en su proceso de acompañar la sanación del trauma ha visto en muchas ocasiones que a través de él vienen experiencias profundas de trascendencia y de transformación personal.

Entonces el trauma parece tener un potencial transformador. Es así como Larry Decker, experto en tratamiento de trauma con veteranos de guerra, plantea que el trauma actúa como un promotor del desarrollo espiritual si es que ese desarrollo involucra un incremento en la búsqueda por el propósito y el sentido de la vida. Esto nos plantea entonces nuevas posibilidades y alcances respecto al tratamiento y sanación del trauma.

Hilevii Ruumet, académica del ámbito transpersonal, plantea que los traumas tempranos vienen a ser despertadores de consciencia. En su mirada, los traumas que afectan a los chakras inferiores hacen que nos hagamos preguntas acerca de cómo funciona el mundo, mientras que quienes no han sufrido estas experiencias se toman la realidad tal como es. Desde esta visión quienes han sufrido traumas que atentan contra las bases de la vida son los reformadores y transformadores de la sociedad, pues no se sienten adaptados y adecuados en el mundo actual tal como nos es presentado. Entonces el trauma parece ser una invitación a mirar y a crecer.

Esto pasa por reconocer lo que nos ocurre como algo importante y también entender las razones del por qué nos pasa. Aunque en realidad lo fundamental y transformador sería reconocer el nivel trascendente de lo que nos ha ocurrido y nos está ocurriendo: ¿Para qué me ha pasado esto?, ¿Cuál es la razón de ser, el sentido de…?, ¿Hacia dónde me moviliza el alma cuando me pasa…?, ¿Cuál es la trama detrás del sufrimiento?, ¿Cuál es el mensaje detrás de…?, ¿Qué me quiere mostrar o enseñar el espíritu a través de…?.

Con todo lo anterior la pregunta que más me hace sentido con mi propio camino hoy y lo que he visto en el acompañamiento de procesos de transformación es: ¿al servicio de qué está pasando esto?

Y esa pregunta la he tomado de las tantas constelaciones en las que he participado, y tiene el objetivo de poner lo individual en un contexto de interrelaciones, tensiones, lealtades y afectos más allá del individuo, reconociendo que cada uno es parte de una psiquis amplia y abierta, que además de la historia personal incluye otras capas de existencia como el sistema familiar, los antepasados, llegando hasta experiencias de vidas pasadas o fenómenos más grandes de la realidad. Desde esta mirada lo personal hace eco con lo transpersonal, y el drama mío resuena con el drama colectivo, y es desde ahí donde puedo reconocer que mi dolor honra otros aspectos mayores, y a veces anteriores en tiempo y espacio, y ahí puedo comenzar a mirar que el trauma que a mi me pasó y me afecta tiene un sentido que va más allá de mi. Entonces la experiencia de descontrol originaria del trauma se transforma en una experiencia de soltar el control sobre ese dolor para entregarlo a algo superior: el descontrol sobre eso pasa a ser una liberación para dejarlo volar libre y que genere nuevos inicios.

Entonces la sanación pasa por vincularnos con eso de otra manera, más amable y dejando de controlarlo, para que pueda desarrollarse y transformarse en algo nuevo de lo cual brote algo más. Y así recuperaremos la confianza en lo superior, en la vida y en nosotros.

Felipe Landaeta

felipe.landaeta@uai.cl