Por Felipe Landaeta
(Psicólogo Transpersonal)

La humildad, culturalmente, se puede entender como alguien “de bajo perfil”, “que no hace mucho ruido”, o como alguna vez alguien me dijo “apocado”. En realidad esta es una visión cultural que en algo se acerca a la humildad.

Es interesante ver, quizás, la humildad en relación a la arrogancia y narcisismo. Estos últimos se pueden entender como una excesiva preocupación sobre sí mismo en desmedro de los demás. Desde la arrogancia nos ocupados de posicionarnos por sobre los demás, de destacar, dando más valor a nuestra persona, logros y posición por encima de los otros. Desde esta posición, “desde arriba”, solemos sobrevalorar nuestra importancia y justificamos nuestras posiciones y opiniones como más válidas que las otras.

Desde la arrogancia revelamos una forma de vincularnos que es jerárquica y vertical, donde alguien domina y otros son dominados. La emoción que suele estar presente en la arrogancia es la rabia, y los demás parecen no estar a la altura de opinión que yo tengo, o tal vez no tienen el desarrollo moral que desde la posición arrogante creemos tener. Desde esta posición yo estoy bien y tu estás mal. Esto puede partir en relación a la opinión sobre un tema particular, sin embargo la arrogancia es una posición en la vida, y tiene más que ver con el lugar en el cual me ubico en relación a las demás personas.

Finalmente la arrogancia y narcisismo revela la herida fundamental, y que tiene relación con recrear un modo de relación de dominación. Quien funciona desde la arrogancia revela una historia de sumisión frente al poder, relación que después se replica: le hago a los demás lo que yo hago. Entonces desde la arrogancia estamos compensando lo poco valorados que nos sentimos en algún momento de nuestras vidas, y le hacemos a los demás lo que en el fondo sentimos, transmitiendo el mensaje de “valgo más que tu” y “tu vales menos que yo”. De esta forma desplazamos el sentimiento interior de vulnerabilidad y lo colocamos sobre otros.

Por otro lado, la humildad revela una claridad del propio lugar en la vida y una correcta relación con los demás. Habla de una tranquilidad de estar posicionado en la vida con una sólida raíz, con una seguridad respecto a las competencias personales. Desde este lugar de tranquilidad interior no es necesario salir a demostrar al mundo que somos valiosos, porque ese sentimiento ya está dentro de nosotros. No necesitamos aplastar a otros para sentirnos bien con nosotros mismos. La arrogancia, por el contrario, revela una inseguridad del lugar que uno ocupa y acerca de las habilidades que uno posee.

La humildad es el logro existencial de estar bien parado en la vida, lo que permite que nos relacionemos adecuadamente con los otros, y especialmente con la existencia y la vida. Humilde es quien respeta las diferencias, y puede convivir con ellas, aceptando la incertidumbre y la ambigüedad de muchas situaciones cotidianas, dejando de lado el deseo de controlar y cambiar a los demás. Finalmente humilde es quien conoce y acepta los límites personales e interpersonales, haciéndose cargo de si mismo, y evitando intervenir en la vida de los demás, pues acepta que cada quién es el más sabio para enfrentar su propio destino y hacerse cargo de su vida, pues su postura en la vida es “yo estoy bien, y tu también lo estás”.

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