El tipo de información que adquirimos del tacto es muy variada. En la vida del día a día, pocos suelen detenerse a pensar que todo lo que hacemos, sentimos, pensamos, o creemos depende del buen funcionamiento de nuestras neuronas. La percepción del mundo exterior está filtrada por la manera en que esas células responden ante los estímulos que dicho mundo nos envía. Este filtro depende en buena medida de la utilidad de la percepción de dichos estímulos, y no de otros, para nuestra supervivencia.

Por ejemplo, nuestro sistema visual no puede percibir los rayos ultravioleta, aunque el de algunos insectos, como las abejas, sí los percibe. La razón es que no resulta necesario percibirlos para desenvolvernos bien en nuestro entorno, en el que aún no tenemos que volar de flor en flor orientándonos por el Sol para conseguir alimento. Las neuronas encargadas de detectar los estímulos externos se denominan neuronas aferentes. La percepción del estímulo depende de la existencia de receptores específicos en su superficie. Similares mecanismos moleculares se encuentren funcionando también en el caso del tacto. Y es que el tipo de información que adquirimos del tacto es muy variada. Con sólo tocar un objeto podemos averiguar muchas cosas sobre él: si es áspero o liso, si está frío o caliente, si es de plástico, tela, cerámica, metal. Las neuronas aferentes de la piel poseen los llamados mecano-receptores. Un tipo de neuronas mecano-receptoras muy importante para los seres humanos es la que responde a las caricias.

No cabe duda de que el suave contacto con la piel entre personas es uno de los estímulos de socialización más importante, fundamental para el correcto desarrollo psicológico desde el nacimiento, y fundamental, claro está, en las relaciones familiares y de pareja. Hasta la fecha, poco era conocido sobre las propiedades de estas neuronas aferentes en los seres humanos, aunque en ratones sí se ha estudiado su función e incluso es posible estimularlas con fármacos, lo que genera en los animales un efecto anti-ansiolítico, similar al generado por los cuidados antiparasitarios de la piel y el pelo que los ratones se dan a sí mismos y también pueden darse unos a otros. Para avanzar en la comprensión de las propiedades de las neuronas que responden a las caricias y su mecanismo de activación, investigadores de la Universidad de Gothenburg en Suecia, y de la Universidad de Florida, USA , realizaron interesantes estudios que publicaron en la revista The Journal of Neuroscience. Los investigadores descubrieron que este tipo de neuronas sólo responden a movimientos lentos producidos a una temperatura cálida, similar a la de la piel de otra persona. Los contactos en estas condiciones aumentaron la frecuencia de emisión de señales de estas neuronas, lo que estuvo asociado al grado de placer experimentado por los sujetos. Contamos pues con un sistema especializado en la recepción y goce de caricias, para lo que sin duda existe una buena razón evolutiva, posiblemente, el establecimiento de lazos personales imprescindibles a la supervivencia de la especie. Es bueno saberlo, y es bueno también usar este agradable sistema, con el que la Naturaleza nos ha dotado, lo más frecuentemente posible.

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