Por Agustina Tanoira

Por estudios que demuestran sus efectos terapéuticos y la publicación de libros sobre el tema, reconciliarse con los demás y con uno mismo cobra vigencia. Reflexión, fortaleza y humildad son claves para liberarnos de los sentimientos negativos que impiden una vida plena.

Roland Joffé, el cineasta francés director de la película La Misión, compartió una vez una conmovedora historia acerca del perdón. Era la de una mujer de Ruanda a quien le habían matado a sus cinco hijos en la guerra y que con el tiempo había logrado perdonar al asesino. “Mis hijos están muertos, y mi odio no va a resucitarlos”, explicaba. “Al contrario, el odio solo hará que estas cosas sigan ocurriendo. Por eso, lo mejor que puedo hacer por mis hijos es destruir eso que los llevó a la muerte. Y esto solo es posible a través del perdón”. También Kim Phuc, la niña vietnamita cuya foto corriendo desnuda y abrasada por el napalm fue la imagen de la guerra de Vietnam, es otro emblemático ejemplo del perdón. Luego de cuarenta años –a pesar de seguir padeciendo el dolor de las quemaduras en su cuerpo–, asegura: “El perdón es más poderoso que cualquier otra arma”.

Estas historias nos permiten pensar que perdonar, aunque no es fácil, es posible. Y su efecto es tan revolucionario que tal vez por eso el flamante papa Francisco eligió ese tema para su primer Angelus, ante una plaza San Pedro colmada de fieles. “La misericordia hace al mundo menos frío y más justo”, afirmó. Y fue ovacionado. Pero hay más, la psicología clínica destaca su importancia a la hora de tratar y prevenir enfermedades. Algunas historias y estudios lo confirman.

 

UNA LIBERACIÓN 

Perdonar no es olvidar, ni excusar, ni resignar, ni siquiera reconciliar. Perdonar es, más bien, reparar algo que está roto. “Es liberar un sentimiento negativo, su carga y las consecuencias que esta conlleva”, explica la licenciada Alicia López Blanco, psicóloga clínica y autora del libro Cada vez mejor (Ediciones B). Por eso, no es solo una acción que hacemos a otro, sino algo que nos damos a nosotros mismos. También Gabriela Farinola, psicóloga clínica (UBA) y espiritual, coincide en el efecto liberador del perdón. “Perdonar es retirar la carga de rencor acerca de un hecho”, explica. “El único que se perjudica cargando semejante energía tóxica y pesada es uno mismo”.

Perdonar es un acto de voluntad que pone en marcha un proceso en el que también juegan la inteligencia, el corazón, la sensibilidad y el juicio. La terapeuta mexicana Rosa Argentina Rivas Lacayo, que a partir de su experiencia con pacientes con cáncer fue descubriendo cómo el temor y el resentimiento pueden destruirnos hasta llegar, casi, a matarnos, hace treinta años comenzó la práctica de lo que hoy denomina “terapia del perdón”, en la que utiliza técnicas de meditación, reflexión y autoconocimiento para reconocer, cambiar y superar los dolores del pasado. “Cuando alguien nos ha lastimado, tendremos siempre que elegir entre uno de los dos caminos: el que nos lleva hacia el perdón o el que nos lleva a la amargura”, escribe en su último libro, Saber perdonar (Urano).

El primer camino nos dará libertad y capacidad de renovarnos; el segundo nos asegurará un corazón endurecido que puede quedar muerto de por vida”. Resentimiento, amargura, tristeza, infelicidad son el efecto negativo de no perdonar y, a la larga, la causa de graves enfermedades. Farinola lo ejemplifica claramente: “El concepto básico es el siguiente: pienso negativo, vibro negativo. Acumulo veneno y, en algún momento, este se materializa en enfermedades, pasando de mis cuerpos energéticos a mi cuerpo físico y mi mente”.

 

EL PERDÓN BAJO LA LUPA

Desde hace varios años la ciencia colocó al perdón en el microscopio. Así se pudo descubrir que existe una relación muy estrecha entre la condición de bienestar de una persona y su capacidad de perdonar. Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud es el resultado del equilibrio entre lo biológico, los psicológico y lo social. Esto significa que no es suficiente con que el organismo “funcione bien”, sino que es esencial que las emociones, pensamientos y relaciones con los demás estén en perfecta sintonía para no dar lugar a la enfermedad.

Entre los estudios que se hicieron sobre el perdón se destacan el de la Universidad de Wisconsin, que concluía que al disminuir el resentimiento y la rabia –tan asociados con la ansiedad y la depresión– debía considerarse al perdón como fundamental en el proceso de salud emocional y social; el de la Universidad de California en San Diego (UCSD), en el que se comprobó que quien deja pasar y no experimenta rabia tiene muchas menos probabilidades de sufrir picos de suba de presión arterial; y el de la Universidad del País Vasco y publicado en la Revista Latinoamericana de Psicología, que revelaba que las mujeres perdonan más que los hombres, ya que tienen más capacidad empática que los varones.

También, y con base científica, se ha podido demostrar que para realizar el proceso de perdonar –adecuadamente– es necesario cumplir con algunos requisitos que Rivas Lacayo describe en su libro. A saber: reflexionar sobre la ofensa que hemos recibido; reconocer nuestros sentimientos; ser conscientes de que para perdonar debemos considerar tanto elementos psicoemocionales como espirituales; y por último, conocer los verdaderos beneficios de perdonar, para tomar la decisión. Cuando todo esto sucede, se pone en marcha un proceso interno que concluye cada vez que se recuerde el daño y uno puede decir: “Yo decido perdonar”.

 

A QUIÉN PERDONAR 

Todos tenemos a alguien a quien perdonar. “Son muchas cosas, personas, situaciones. Pero, también, a nosotros mismos”, agrega Farinola. Perdonar es, ante todo, un acto privado, pero no por eso se trata de una actividad pasiva, sino que es un proceso lleno de momentos de lucha y ambivalencia. En su libro Las cartas del perdón (Urano), la escritora y conferencista Silvia Freire destaca la importancia de perdonar a los padres por las faltas que creemos que cometieron.

“Firmamos acuerdos con nuestros padres, en la infancia, y luego, basándonos en estos acuerdos, ¡construimos esta realidad de la que hoy nos sentimos víctimas”, escribe. Para superar este conflicto, ella propone trabajar con la idea del niño interior, que continúa viviendo dentro de cada uno de nosotros. Según la autora, esto resulta esencial para cambiar nuestra historia. “La realidad es absolutamente subjetiva –escribe–. No me afecta lo que sea que haya vivido, sino mi interpretación de aquello que viví”.

Y Rivas Lacayo coincide: “A pesar del dolor que nos pudieron provocar, no tienen por qué arruinar nuestro presente y mucho menos nuestro futuro”, afirma. Ante la pregunta de si es indispensable –en el proceso del perdón– que quien infringió la ofensa se arrepienta y disculpe, la licenciada López Blanco aclara: “En la mayoría de los casos esta instancia no tiene probabilidad de ser. Si somos conscientes de la necesidad de aliviar la carga de nuestra psiquis, tenemos que perdonar aun cuando quienes nos lastimaron no quieran o no puedan hacerse cargo”.

Ya con la decisión de perdonar se pone en marcha un proceso cognitivo para el que ayuda pensar que, quizá, las personas que nos lastimaron no tuvieron la capacidad, los conocimientos o los recursos personales para accionar de manera diferente. “Solo podemos llegar a perdonar cuando tenemos la voluntad de abandonar, dejar atrás el resentimiento y las respuestas vengativas, a las cuales podemos tener derecho”, escribe Rivas Lacayo. Hay personas que eligen aferrarse al dolor para demostrarle al mundo lo mal que han sido tratadas, pero la autocompasión termina por amargar la propia vida. El perdón, en cambio, nos reta a ser honestos, maduros y a fortalecer nuestro carácter, para poder vivir con plenitud.

 

PEDIR PERDÓN 

Para Joffé, el perdón tiene siempre dos caras y quien no aprendió a pedir perdón tampoco sabrá perdonar. Rivas Lacayo agrega que la causa de tanta violencia en las sociedades modernas es “nuestra incapacidad para perdonar”. Pero no hay que olvidar que uno lastimó también. “Es importante reflexionar acerca de que ningún ser humano es infalible –recomienda Farinola–. Todos nos equivocamos. La única manera de no repetir es aprender. Eso es lo que nos permite avanzar, reparar errores, corregir experiencias, purificar el alma, la mente y el corazón”. La humildad ayuda a ver todo con perspectiva, a comprender que perdonar no significa aceptar el daño que nos hicieron ni es lo mismo que reconciliarse. También, a entender que perdonar es la decisión más inteligente para mejorar nuestra calidad de vida. Significa elegir no sufrir.

 

ESPIRITUALIDAD Y PERDÓN 

“La psicología no ignora el poderoso impacto que los valores espirituales tienen sobre nuestro manejo de losproblemas psicoemocionales –explica Rivas Lacayo–. Por esa razón, en la medicina actual se considera a la espiritualidad como un recurso que toda persona debe tener para prevenir problemas”. La licenciada Farinola coincide en que perdonar de verdad es posible siempre que se encare desde la dimensión profunda: “El espíritu es lo que verdaderamente comanda toda nuestra vida, ya que si solo se trabaja en el estrato mental y emocional, el trabajo de perdonar se hace lento, tortuoso, y la mayoría de las veces fracasa”. ¿Por qué? “Porque no captamos nuestra responsabilidad en el proceso y lo más probable es que desde el lugar de víctima se pierda tiempo justificándose y buscando razones para hacer del otro un verdadero malvado –explica–. Así, solo se pierde tiempo, dinero, años en tratamientos y, especialmente, se desperdicia la propia vida.”

 

POR UN MUNDO MEJOR

A nivel internacional, existen varias entidades que promueven el perdón como condición para vivir mejor. En Colombia, el Plan Perdón (www.planperdon.org) es una organización sin fines de lucro que se dedica a difundir historias de perdón surgidas en el contexto de violencia o conflictos armados, con el fin de convertirlas en ejemplos que inspiren a otros a tomar la decisión de perdonar. El proyecto surgió a partir de la historia de Patrick Magee y Jo Berry, el primero, un ex terrorista del IRA, y ella, la hija de una de sus víctimas, que actualmente se dedican a dar charlas sobre la reconciliación en el norte de Irlanda. En el Reino Unido, The Forgiveness Project (www.theforgivenessproject.com) también aspira a explorar las posibilidades del perdón mediante historias reales. Además, proveen de herramientas para la resolución de conflictos y desarrollan proyectos que llevan a cabo en cárceles y escuelas.

 

DISCULPAS FAMOSAS:

El papa Juan Pablo II dijo alguna vez: “Debemos perdonar siempre, recordando que nosotros mismos hemos necesitado el perdón. Tenemos necesidad de ser perdonados mucho más a menudo que de perdonar”.

Él no dudó en hacerlo con Mehmet Ali Agca, el turco que le disparó tres balazos y lo dejó al borde de la muerte.

Juan Carlos, rey de España, también tuvo que pedir perdón públicamente por su viaje a Botsuana para cazar elefantes. “Lo siento mucho, no volverá a ocurrir”, dijo.

En 1965, John Lennontuvo que disculparse públicamente por haber afirmado que los Beatles eran más populares que Jesucristo.

El ciclista Lance Armstrong, siete veces ganador del Tour de France, admitió haberse dopado y no tuvo reparos en hacer un mea culpa frente al público, los medios y los miembros de la fundación que el mismo creó.

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