Por Sara Espejo

Debo confesar que me encontraba en el grupo de personas que rechazaba a la soledad, que me generaba mucha incomodidad pensar que podría llegar a mi vida e instalarse sin mucho protocolo. De hecho sentía que quienes estaban sometidos a ella, sin duda debían estar pasando difíciles momentos…

La soledad en ninguna de sus formas me gustaba, desde mi corta edad siempre preferí hacer todo en compañía, con los años, experimenté estar en compañía de una pareja, y manteniendo la honestidad, en cuanto mi relación acababa, no pasaba mucho tiempo para que me involucrara con alguien más.

Ahora tengo una nueva experiencia, porque tras una abrupta e inesperada ruptura, que no me dio chance de armar ningún plan de contingencia, mi temida y respetada soledad se apoderó de mí, no me dio opciones, casi que me sometió a la fuerza para que no saliera corriendo a buscar una nueva compañía.

Al principio sentí la incomodidad propia de estar en una situación en contra de tu voluntad, sentí que aquello que vivía, para nada correspondía con lo que deseaba, me sentía invadida de soledad y con mucha necesidad de compañía. Era como estar pagando una penitencia, como la declaración de que había sido tan mal pareja, que el estar en soledad sin opciones, era mi castigo.

Sin embargo, algo pasaba en mí, una parte quería marcar cualquier número de quienes sabía podrían ocupar ese espacio que sentía imprescindible, pero otra, casi a coro con la soledad me invitaba a relajarme, me decía que todo estaría bien, que eso que estaba viviendo era justo lo que necesitaba.

No fue sencillo, pero como en ocasiones anteriores, no es que hubiese tomado decisiones muy acertadas por el afán de no tratar con mi temida soledad, decidí finalmente conocer a quien me mantenía en cautiverio… Y hoy puedo jurar que cada minuto en soledad me permitió conocerme de manera tan profunda, que sentía como que si antes de aquella experiencia hubiese convivido con alguien totalmente extraño.

Antes de esa experiencia yo no me había tomado el tiempo para definir realmente lo que quería, ni siquiera tenía un propósito claro establecido, no entendía porque era afín a ciertas personas y rechazaba a otras, no sabía establecer límites. Mi vida se había desarrollado con la creencia de que necesitaba a alguien más para ser, para estar, para hacer, como si de alguna manera faltase algo en mí.

Pero asumiendo mi soledad entendí que todo lo que siempre había buscado afuera, lo que esperaba de otros, residía dentro de mí… A partir de allí mi visión cambió, comencé a proyectarme diferente, entendí que no necesito de nada, ni de nadie… Que el amor que puedo dar y el que recibiré, estará basado en la manera en la cual me ame. Mientras más me ame y me respete, más sanos serán mis vínculos, de mayor calidad será el afecto que me nutra y no actuaré desde el miedo de perder a alguien, sino con el respeto de no perderme a mí.

No, no preferí la soledad para siempre, pero a partir de la sanación de mi persona y de la relación conmigo, gracias a la soledad, llegaron a mí las personas que vibraban con ese bienestar, con ese amor limpio que ofrece crecimiento, que ofrece lealtad, que ofrece libertad,  sin miedos, sin dependencias, ni sacrificios. Y ahora cuando la soledad me visita, la recibo con las puertas abiertas y que se quede todo el tiempo que necesite, que a fin de cuentas coincide con el que yo la necesito.

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