Por Felipe Landaeta
Psicólogo Transpersonal

Esta es la historia de Iván, quien cuenta su experiencia de niño. Recuerda y relata pasajes de su infancia donde acostumbraba ver a los más grandes pegarle a los más chicos: “era normal que en el colegio los grandes le quitaban la pelota a los más chicos, les pegaban, se reían de ellos, o simplemente tiraban la pelota con la que jugaban lejos o fuera del colegio”. El tema aquí era que los más grandes le comunicaban a los más chicos quien manda. En el lenguaje masculino esto se puede reducir a “quien la tiene más grande” o “quién domina a quién”.

Iván comenta que frente a estas situaciones sentía miedo: “yo no me iba a enfrentar a los más grandes… evitaba que pensaran que yo estaba en su contra, como hombre no quieres ser humillado, menos frente a tus pares”. Agrega que no se considera alguien violento o agresivo, y que le incomoda este tipo de conductas en los demás. Confiesa que esto fue un tema durante su infancia y adolescencia: “era normal y natural que los niños se pegaran”, “era hasta bien visto”, confirmando que “lo raro era que no fueses agresivo o violento”.

Él se reconoce como deportista: solía participar en los equipos deportivos de su colegio, de preferencia el fútbol. Sin embargo era criticado por sus pares por no golpear a los rivales: “en los deportes competitivos se espera que un hombre intente sacar ventaja de sus rivales a través del físico, y sobretodo intentando afectar emocionalmente al rival”. Con esto Iván reconoce que parte de la competitividad, como es entendida en nuestro contexto, implica afectar la psicología del rival, afectando emocionalmente a la contraparte. Al afectar al adversario un hombre sabe que tiene parte de la competencia ganada, pues psicológicamente se sabe por encima, superior. Sabes que te has metido en la mente de tu adversario y que lo afectaste negativamente. Ya sacaste una ventaja y has ganado parte de la batalla. En otras palabras: “el dedo de Jara”, o la artimaña más baja como arma para someter al oponente.

A pesar de estar consciente de esto, a él nunca le gustó sacar ventaja con este tipo de estrategias, en parte porque no le parecía acorde al espíritu deportivo, y por otro lado por miedo a las represalias de los rivales. En el deporte y en el juego corres el riesgo que tu rival se enoje, y basta una “salida de madre” y te pueden golpear y lesionar. Aquí aparece un tema no menor en términos de la agresión y violencia entre hombres: ¿hay reglas para expresar la agresión y la violencia?.

Si consideramos la agresión y la violencia como parte integral del ser humano, por ejemplo en términos de defensa, como una energía de resolución en la lógica de Norberto Levy, para restablecer el orden y los límites personales, o tal vez para orientarnos a satisfacer nuestros deseos y motivaciones como plantea Alexander Lowen, cabe preguntarse cuáles son los límites para ello. Por un lado nos encontramos con los límites de la ley, lo que se puede y no, y por otro los límites de la ética y la moral, que se relacionan con lo que se considera bueno y permitido, y acorde a quien uno es. Entre estas fuerzas ¿Qué se permite y qué no?. El riesgo es que, por ejemplo, una patada que provoque una lesión en la calle es un delito, mientras que durante un partido de fútbol, o en otros deportes de contacto, provocar una lesión no necesariamente constituye un delito.

El tema de la violencia está cruzado en la historia de cualquier hombre con su historia personal, especialmente con el tipo de relación que tuvo con sus cuidadores y con sus pares. Es característico de muchos hombres violentos el repetir su propia historia. Muchos fueron niños violentados y abusados, que más tarde se transforman poco a poco en hombres violentos. Ellos han construido una coraza sobre esta herida, cubriendo su vulnerabilidad con una actitud que va al mundo a pasar por encima. Si bien esta es la historia de muchos hombres, el cubrir la vulnerabilidad con agresión es para la mayoría de los hombres que he conocido algo normal. En palabras de más de alguno: “es mejor dar miedo a ser visto como niñita”. La vulnerabilidad y debilidad son elementos a dejar de lado en el proceso de ser masculino.

Para otros hombres, también con historias de vulneración a partir de la violencia, la agresión puede provocar miedo: “tengo miedo a mi destructividad”, “tengo miedo a que si suelto el control no voy a parar”, “me tengo miedo a mi mismo”. Para ellos la agresión los marcó tanto, quizás en lo que vieron o escucharon en el contexto familiar, que la bloquearon y les cuesta lidiar con ella. Esta es una reacción más típicamente femenina, sin embargo muchos hombres también la presentan y la reconocen en el ámbito de conversación más íntima. Un hombre difícilmente comentaría esto en público, pues los dejaría muy vulnerables frente a otros hombres, e incluso podrían tener miedo de ser considerados como “afeminados” por mujeres con las que podrían tener un interés afectivo o sexual. He escuchado bastantes hombres decir que sus parejas y esposas los han tratado de “maricones” por mostrar vulnerabilidad frente a un tema. Entonces esto no sólo atañe a la identidad del hombre, sino a las relaciones de género.

Cabe exponer aquí que desde chicos a muchos hombres se nos enseñó que “los niños no lloran”, que “llorar es de niña”, y de pequeños aprendimos a limpiarnos las lágrimas y a no mostrar debilidad, recubriéndola con cualquier otra cosa que nos permitiera salir de la vulnerabilidad. Aquí la rabia y la agresión pueden haber sido grandes aliadas para pararnos en un mundo poco acogedor y que validara la natural necesidad de los niños de recibir apoyo y contención frente al dolor físico y emocional. El manejo de la propia agresión y la violencia son quizás un tema transversal a muchas experiencias específicas de vivir lo masculino en la sociedad actual, e iremos recorriendo el tema en otras columnas.

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