Por Sergio De Dios González

Educar no es una tarea sencilla. De hecho es un camino seguro de continuos retos y descubrimientos. Quizás no seas madre o padre, pero seguro que has tenido la oportunidad de pasar un rato con un niño. ¡Qué listos son! ¡Cómo saben buscarte las vueltas! No han ido a la Universidad ni tienen años de experiencia en grandes empresas, pero a menudo tienen claro lo que quieren y son capaces de aglutinar toda su energía para conseguir ese propósito. Sencillo pero efectivo.

El suyo es un camino de aprendizaje vertiginoso en el que no paran de experimentar. Se caen y se levantan. Prueban de una manera y si no, de otra. En estas pruebas muchas veces realizan comportamientos que tenemos que corregir y es aquí donde la educación requiere de inteligencia y sutileza. Después de una jornada laboral intensa y de atender a otras obligaciones, desde luego a energía no les vamos a ganar. Así, no nos queda otra que ser listos.

 

EDUCAR CON CASTIGOS

Los castigos forman parte de la educación tradicional y podemos hablar de ellos en sus diferentes variantes. Los más inmediatos y socialmente aceptados hasta hace unos años eran los coscorrones, las collejas, las zapatillas o los azotes. Así los padres intentaban que sus hijos guardaran en su memoria la conducta que habían realizado junto al dolor que había llevado asociada.

Otra forma de castigo es la que se produce cuando después de una mala conducta, le retiramos al niño un determinado privilegio. Algo que les guste, ya sea ver la tele, salir al parque, su comida favorita o uno de los juguetes a los que le tenga estima.

Aunque existen más, la última forma de castigo que vamos a señalar es la que obliga al niño a realizar una actividad que no le gusta demasiado. Puede ser ordenar una habitación, aumentar le tiempo de estudio o el número de horas dedicadas a una determinada actividad extraescolar que de ser por ellos borrarían inmediatamente de su rutina.

Empezamos el artículo diciendo que educar no es una tarea sencilla. Pues bien, castigar de la manera correcta y en el tiempo correcto requiere de más inteligencia que la colleja instantánea. Un castigo es bueno cuando es una consecuencia anunciada de una acción, cuando es proporcional a dicha falta, cuando no se tarda en aplicar, cuando es consistentemente aplicado por las personas responsables del niño y sirve como reparación efectiva del posible daño que ha causado.

Aún así los castigos presentan dos grandes problemas. El primero tiene que ver con que habitualmente la autoridad tiene que mandar ese castigo y vigilar que se cumpla. Es decir, corremos el riesgo de que el niño haga una determinada acción que entendemos como “castigable” y no nos enteremos. Entonces no aplicaremos el castigo y el niño entenderá que lo que tiene que hacer es proceder a escondidas, no abandonar la conducta.

El segundo problema tienen que ver con que los castigos no enseñan demasiado. Señalan aquello que está mal, pero no dicen cuál es la conducta que debería sustituir a la que queremos corregir. Por lo tanto, puede ser sustituida por una conducta aún más desadaptativa. Imaginemos que castigamos a un niño por insultar para hacerse notar. Si le castigamos, puede sustituir esta conducta por pegar y no habremos ganado nada.

 

EDUCAR CON RECONOCIMIENTO

¿Qué traen los premios y el reconocimiento? ¡Alegría! Qué bonita emoción verdad. Aunque solo fuese por eso deberíamos educar con premios y reconocimiento. Hace poco leí un artículo que hablaba del boli verde y de su poder. Denunciaba algo que hacen los maestros por sistema, pero que se puede trasladar a los padres aunque no corrijan exámenes. Se trata de abusar del boli rojo (correcciones) y escatimar en el uso del boli verde (señalar elementos positivos).

Utilizar el boli verde significa señalar lo que está bien. Significa reconocer, animar y motivar al niño para que repita esa conducta o para que siga en esa dirección. !Cuánto nos cuesta corregir con el boli verde!

El boli verde es mágico por el poder que tiene sobre el estado de ánimo de la persona a la que educan con su tinta. El mundo está lleno de padres que se fijan en los suspensos, y dejan a un lado los aprobados porque consideran que es lo normal. No se dan cuenta de que, cuando a los aprobados los hacen extraordinarios, los refuerzan.

De hecho muchas veces entramos a corregir a nuestros pequeños porque nos molestan. No hagas ruido, no sorbas, no saltes en la cama, no te manches porque luego lo tengo que lavar. Da igual, en el fondo habita un mensaje claro: niño, no me molestes. Incluso en nuestro empecinamiento por la calma podemos llegar a castigar la alegría desbordante.

Sin embargo cuando el niño está leyendo, cuando está jugando tranquilamente con la plastilina o mira atento el programa de televisión que nos gusta no le decimos nada. Nuestra forma de decirles que su conducta nos gusta es la ausencia de corrección. ¡Qué triste! ¿Verdad?

No hablamos de comprarle un juguete o de dejar que se quede en el parque cinco minutos más, hablamos del mejor premio del mundo para un niño. El que sus padres le digan que lo hace muy bien, que se acerquen por detrás y le den un abrazo o que se unan a su lectura o a su juego. ¿Hay mejor premio para un niño que ese?

Los mejores premios para un niño son el reconocimiento y el cariño