Cuando observo a mis hijos jugar, pienso que los adultos tenemos mucho, muchísimo que aprender de ellos.

En su inocencia, los niños son capaces de ver el mundo con sus propios ojos y acomodarlo de tal forma que “todo cuadre”, y desde ahí inventan explicaciones maravillosas para cualquier cosa que se les cruce por delante. En cambio los adultos consultamos fuentes serias para dar una respuesta racional que se ajuste a un esquema ya creado y validado por el “sentido común”.

Los niños se entregan al juego con un sentido del aquí y del ahora que francamente envidio. En cambio nosotros solemos caer en la trampa de poner la mente en el futuro para angustiarnos, o en el pasado para deprimirnos. Pero del presente, poco.

Los niños a veces se pelean al jugar, pero como el juego es más importante que sus diferencias, a los 5 minutos se perdonan para reanudar el vínculo, dejando atrás todo asomo de conflicto. En cambio a los adultos ante el más mínimo agravio nos puede hervir la sangre durante horas, días e incluso años!!

Los niños incorporan nuevas amistades a sus vidas sin preguntar apellidos ni pasados, lo hacen por el sólo hecho de querer compartir. En cambio los adultos tendemos a cerrar nuestros círculos sociales, de modo que no aparezcan “individuos no conocidos” que rompan el equilibrio.

Los niños expresan sus emociones sin miedo ni vergüenza, en cambio los adultos nos llenamos de mentiras y argumentos absurdos para justificar arrebatos emocionales que amenazan con delatar nuestras flaquezas y heridas personales.

Los invito a volver a ser un poco niños:
 para a asombrarnos con la simpleza de lo cotidiano;
 Para disfrutar sin filtros de todo lo bueno que somos y tenemos;
 Para soltar más fácilmente las rabias y jugarretas tóxicas del ego;
 Para permitirnos llorar y reír más espontáneamente;
 Para abrir nuestros ojos y corazones a todo lo bello que nos rodea;
 Para proyectarnos sin límites en nuestros sueños más “irreales”.

Raimundo Silva