Por Raimundo Silva Guzmán

Hace algunos años, un fin de semana largo de invierno, estábamos mi madre, una tía y un hermano en la cabaña familiar en la playa de Concón. Era tarde, mi Mamá estaba en la cocina, mi tía veía las noticias y con mi hermano leíamos el diario como era habitual. De pronto y sin aviso alguno, se cortó la luz del sector y de paso los celulares perdieron señal, así que cualquier actividad programada se esfumó sin contemplación alguna.

Para hacer frente al inconveniente encendimos unas velas de emergencia en el living e hicimos lo único que se podía en esas circunstancias: conversar. Aquí es donde empieza la magia, lo que en un primer instante se sintió como un percance, una molestia, en pocos minutos se transformó en un encuentro totalmente inesperado; un entorno sencillo, sin música, internet ni distracciones visuales – sólo el sonido del mar como telón de fondo – para dar paso a un espacio familiar riquísimo en armonía, paz y conocimiento mutuo. La conversación se tornó tan entretenida y profunda, que nos hizo olvidar que estábamos en medio de un “problema” por no tener luz eléctrica. Así pasaron un par de horas de charla en las que pude conocer facetas de mi Mamá y mi tía que ignoraba completamente, realmente fue un regalo. Me di cuenta de lo lindo que puede llegar a ser algo tan simple como una tertulia familiar al cobijo del fuego.

De pronto llegó la luz como un desafortunado soplo de modernidad que hizo desaparecer toda la calidez de la que habíamos disfrutado durante tanto rato. Nadie lo dijo, pero fue obvio que todos hubiéramos querido seguir a oscuras. Fue sentir que despertábamos de un sueño hermoso, de esos en los que uno sonríe dormido, para toparnos de golpe con una realidad funcional que nos forzaba a volver a “la normalidad”. Y así fue.

Esta pequeña anécdota me hizo reflexionar acerca de lo fácil que nos dejamos llevar por la tendencia de los múltiples avances tecnológicos que se supone han sido creados para facilitar nuestras vidas. Bueno, parece que a veces no es tan así; ahora pienso que también es importante aprender a dosificar nuestra dependencia de ellos y reeducar nuestros hábitos a ratos compulsivos, de modo que este exceso de conectividad y luz exterior no nos impida conectarnos con nuestros seres más cercanos y sobre todo con nuestra propia luz interior.

raisilva@yahoo.com