Por Natalia Bullon
Facilitadora en constelaciones familiares

Hace poco me preguntaron cuál era el próximo paso en mi viaje. Le comenté a este amigo que no sabía muy bien lo que venía pero si sabía que en Febrero quería ir a Australia a llevar un curso, y que por eso estaba trabajando 40 horas a la semana. Esta persona me respondió:
“Qué bueno, cuando tienes un objetivo todo es más fácil. Te centras en el objetivo y haces todo lo que puedes para alcanzarlo”

Me quedé pensado.

“Te centras en el objetivo”…me sonaba a que mi atención debería estar en el objetivo más que en otra cosa…
“Haces todo lo que puedes para alcanzarlo”…¿Será que en hacer todo lo que “puedo” me pierdo de mirar lo que estoy haciendo o siendo?

Encontré mucha razón en lo que me dijo.

Parece ser que cuando tenemos algo definido en el futuro nos es más fácil transitar la situación que estamos pasando, aquí especialmente me refiero a si lo que estás haciendo no te gusta. Si lo estás pasando bien probablemente ni te hagas estas preguntas, pero si lo que estás haciendo no es de tu agrado entonces te toca “aguantar” “resistir” o “soportar”, “no ver la hora de que eso acabe”.

Para ponerlo en ejemplos:
Supongamos que en tu trabajo de oficina te gusta todo menos escanear, te parece aburrido y tedioso estar escaneando y nombrando documentos para luego almacenarlos en la nube de datos del servidor. No te gusta, pero lo tienes que hacer porque es parte de las tareas. Puede ser que lo hagas a regañadientes, que lo hagas y simplemente ya veas la hora de terminarlo, o que lo hagas dándole un valor (y puedes estar pensando qué valor le voy a dar a escanear unos simples papeles?). En un rato te cuento qué valor.

Otro ejemplo; supongamos que estás en Nueva Zelanda y que te toca trabajar de lo que hay porque tienes que vivir, entonces consigues un trabajo de housekeeping (limpieza). Puede ser que te enfoques en que es temporal, que son solo 8 horas por día y que vas a ver los resultados cuando veas tu cuenta bancaria, que hagas rápido el trabajo con música para que el día sea “más llevadero” (ojo: no tengo nada en contra de que uses música), o puede ser que te preguntes si podrías usar ese tiempo de otra manera ya que limpiar ocupa la mayor parte de tu día. Así muchos ejemplos; Ir al banco y esperar 1 hora en la cola, ir en el metro y que pasen 3 o más trenes sin poder subirte, estar atorado en el tráfico 1 hora e imaginar todo el tiempo que pierdes en el coche cuando podrías estar en casa viendo televisión, esperar a alguien que te dijo que llegaba media hora antes y no llega (no estoy justificando tampoco las tardanzas). Todos los trabajos tienen algo que no te gusta, todas las actividades no son “placenteras” intrínsecamente, el mundo en general está lleno de actividades “que nos gustan” y “que no nos gustan”. Querer un mundo que sólo tenga “lo que nos gusta, como nos gusta” es de alguna manera creer en un cuento de hadas.

¿Entonces? ¿Se trata de soportar y aguantar las cosas que no me gustan para luego divertirme en las que me gustan?
¿Acaso se trata de tratar de evadir (ojalá eliminar) las cosas que no me gustan con la esperanza de que las que me gustan lleguen?

Todo este discurso tiene unos límites muy finos. No se trata de que me pasen a llevar o que no haga nada al respecto de una situación. Cabe hacerse la pregunta:
¿Desde qué lugar en mí estoy actuando cuando las cosas no me gustan?
¿Existe la posibilidad de que este escapando a mi realidad que no me gusta o será que la estoy viviendo con el corazón abierto como cuando la realidad me gusta?

Esa es la diferencia.
El lugar desde donde surge la vivencia.

¿Qué tanto nos centramos en el objetivo (tener dinero por el trabajo realizado, tener el cuerpo fitness, conocer los lugares que marqué en mi lista, tener un hijo, tener un matrimonio, juntar el ahorro para ESE viaje, etc) y pasamos a llevar la experiencia cruda que estoy viviendo paso a paso en el camino?

Es fácil mirar el fruto en nuestras manos, lo difícil es tener en cuenta que ese fruto fue semilla, germinado, planta, árbol y luego fruto.
Nos encantaría sembrar y que al día siguiente el fruto esté listo, en el acto; sin embargo, la vida tiene sus tiempos a las que estamos sujetos.

¿Será que por tener un objetivo por ejemplo de juntar dinero para un curso, estoy perdiendo la oportunidad de estar atenta a mi momento presente? ¿De presenciar mi mente con sus pensamientos mientras se mueven mis manos, mientras lavo los platos, mientras ordeno?

Cuando algo no te gusta, hay una gran probabilidad que te escapes. Mentalmente o físicamente. Lo digo por experiencia. Te vas mentalmente cuando estás haciendo eso que no te gusta pensando en otra cosa, cuando piensas en qué momento se va a terminar para irte a casa. Cuando piensas que ya quieres llegar a ese objetivo y que no ves la hora en que se acabe.

La posibilidad de quedarnos, de sostener el momento presente no es fácil. Más aún cuando ese momento presente no nos gusta como por ejemplo una emoción que detestamos (sentirnos tristes, rabiosos, celosos, envidiosos, vengativos, egoístas, etc), o cuando no se están dando las cosas como hubiésemos querido. Sostener, estar, quedarse, hacer cuerpo en el presente requiere una alta dosis de atención. Atención a que dentro de mí hay una parte que quiere escapar.

Siento que muchas cosas en la vida nos son dadas para practicar los músculos del aquí y el ahora, especialmente los eventos que constriñen y no nos gustan, los NO de la vida (si es que se pueden llamar así). Una posibilidad para nosotros es abrirnos a esa realidad y aceptar que no nos gusta y con ello aceptar también que quisiéramos cambiarlo, que quisiéramos sentirnos diferentes. Nos queda abrir los ojos y el corazón para aceptar que existe la semilla en mí que quiere correr de esa incomodidad, pero que hay otra semilla en mí que quiere quedarse y sostener.

No se trata de no tener objetivos, no se trata de no desear, de no tener metas. De acuerdo al budismo, si no deseáramos nada entonces no seríamos seres humanos, porque el ser humano en su genuino deseo quiere vivir, quiere liberarse del sufrimiento. Se trata de poder tomar las metas que quiero, pero con el mismo aire que las construí, poder soltarlas con cada exhalación de mi existencia. Se trata de mirar lo que quiero para mí, para mi vida, pero de la misma forma soltarlo para poder mantener la atención en el lugar donde se construyen las cosas: Ahora.

El objetivo de cualquier viaje, interno o externo, es más que el objetivo a donde nos dirigimos, es el de transitar mirando momento a momento la experiencia que recorre este preciso instante, incluyendo si es doloroso o feliz, si es agradable o desagradable, si es placentero o incómodo.

Quizá la clave del buen vivir es danzar con lo que está ocurriendo y por supuesto no dejar de ver la luz del faro a donde me dirijo, faro de la noche que de vez en cuando alumbra la playa anochecida.
Quizá recorrer la vida es emprender el viaje con las antorchas llenas de combustible de amor. Amor para amarnos por todas las veces que nos perdimos de nosotros mismos buscando empecinados llegar al punto final. Buscando ser mejor, estar mejor, hacerlo mejor.
Quizá es llevar un recordatorio en los bolsillos que diga “está bien también perderse”, y que nos recuerde que aquí y ahora podemos empezar de nuevo. Por nosotros, por los anteriores, por los que vienen.

O quizá es llevar un espejo portátil que podamos abrir cuantas veces necesitemos para mirarnos con amor, por todas las veces anteriores por las que no lo hemos hecho.

EL OBJETIVO DE CUALQUIER VIAJE, ES EL VIAJE