Por Natalia Bullon
Facilitadora en constelaciones familiares

Una de las cosas que más me ha costado en la mantención de mi casa ha sido mi jardín.
Desde mi mente poco informada sobre césped pensé que era simplemente arar la tierra, comprar el césped, sembrarlo y dejar que crezca para luego hacer el mantenimiento.

Me equivoqué.

El jardín que crece en el patio trasero de mi casa me enseña constantemente lo que no puedo ver en mi vida diaria, en tamaño gigante para que no deje de mirar. Para que no me olvide de mirar a través de él mis propias trampas.
Varias veces creí que las plantas estaban muertas, lo parecían. No lo estaban, estaban secas y lo que necesitaban era cambio de tierra, agua para limpiar las hojas y un nuevo macetero. Varias veces intenté botarlas pero cuando estaba a punto de hacerlo rompiendo el macetero y cerca al basurero me daba cuenta que las raíces estaban intactas. Lo que veía yo en la superficie era sólo eso, superficie. Adentro había un espacio fértil que cuidar para que florezca. Lo que yo veía eran las capas externas, no la profundidad que estaba viva y latiendo, sedienta de recibir agua.

Los pájaros aprovechaban que no estaba en casa para hacer de las suyas escarbando en la tierra y robando las semillas, pero sólo se llevaban aquellas que no estaban lo suficientemente enterradas bajo 8 centímetros de tierra. Las que no habían sido suficientemente cubiertas, cuidadas de quemarse por el sol y de las inclemencias eran presa fácil. De la misma forma pasa en nosotros cuando no cuidamos aquello que vamos gestando, despacio, delicadamente en nuestro corazón. Cuando no nos aseguramos de cuidar el fuego interno que se va alimentando experimentamos dolor y sufrimiento al permitir que esa llama se vaya apagando. Nosotros podemos hacer crecer esa semilla resguardándola amorosamente, siendo constantemente el caldo de cultivo de nuevas experiencias que aglomeren en vez que separen, donde nos miremos en vez que compitamos, lugar que enlace puentes infinitos entre unos y otros descendientes del mismo punto, del mismo padre o madre, del mismo Dios, divinidad, espíritu o Cosmos. Eso más grande que no tiene nombre específico porque es transversal.

Las semillas crecieron donde había tierra fértil, así como la vida misma burbujea y despliega magia cuando el alma ha tomado del elixir del contacto interior, cuando es campo fértil de amor para uno mismo y por ende, con los demás. Así como la parábola del sembrador; las semillas crecieron donde estaban las condiciones, así como cuando el camino aparece cuando el caminante está listo, así como cuando las palabras hacen efecto donde los oídos pueden escuchar, no sólo oír. Nos convertimos con el pasar de la vida en la tierra abonada donde pueden crecer la hermosa existencia que embellece y que inspira lo fecundo, la primavera, los aromas o podemos transformarnos en tierra que se seca, que no despliega el flujo de vida que estamos llamados a ser.

El agua que se entrega debe ser la necesaria, no más de lo que puede tomar la tierra, no menos de lo que necesitan las raíces. El jardinero necesita saber la necesidad de la tierra para poder entregar lo que necesita, ni más ni menos. Y la tierra, aceptará lo que puede tomar. Algo así como en los vínculos. No por dar más amor te querrán más, no por dar menos el otro estará más atento. El amor florece, así como las plantas, cuando sabemos detectar ese lugar nuestro que salva o que espera que lo salven y lo invitamos a la mesa. Quizá el dolor de no sabernos adecuados nos inunde, nos enfrente con la expectativa propia pero aquello es la puerta de entrada hacia el gran abrazo, donde no excluimos nuestras máscaras, donde todas son merecedoras de ser vistas y ser queridas. Derecho que tienen al solamente existir.

Crecieron infinidad de cosas aparte del césped que sembré; Hierba mala, hongos, flores que vienen desde otros lados por el viento. El espacio, al estar abierto está listo y disponible para recibir. Me tocaba cada mes limpiar el jardín cuidadosamente de mala hierba (desde la raíz para que no vuelva a crecer), sacar los hongos que crecieron por exceso de agua, cortar el césped a tiempo para que no se debiliten las raíces, echar fertilizantes, abono. Todo fue un descubrimiento sin espacio a repetir el molde mes a mes. Así como descubría mes a mes mis propios desafíos mi propia llama.

Varias veces me sentaba en la vereda del jardín a cantarle a mis plantas. Algún lugar dentro de mí no sabía relajarse para sólo observar; observar las abejas cuando llegan guiadas por el brillo de las flores, el movimiento mínimo vibrante del césped cuando el aire comienza a acariciar al ras. Este jardín que me costó meses de tiempo, riego, lectura me enseña que la prisa es la enemiga principal del disfrute. Que los ciclos, fluctuantes y melodiosos de la vida son indefectiblemente perecederos en este plano que llamamos vida humana.
Cada vez que me he detenido a mirar me sorprendo con la magia. Magia que traduzco en calma, serenidad. Como si en el reposo tranquilo supiera que todo es bienvenido. Que cada desafío, impedimento, pregunta y sin sentido forman parte del trazo punteado que nos dirige a desarrollar lo que es un deber. Amarnos en la totalidad.

Donde no hay espacio para lo que separa, para lo fragmentado, lo indebido, lo casi perfecto

Hay un lugar que se me aparece cuando miro mi jardín donde reposa la calma de mi búsqueda, donde no necesito seguir buscando, donde ya me siento en casa. Respiro y me nutro de eso que tanto nos falta sentir, que no sentía desde hace tiempo por estar nadando en las esferas del deber ser, del encajar.
No tenemos que dar la talla, que ser aquello u otro para ser suficiente.
Basta con tocar ese lugar de pleno entendimiento que nos trasciende y que nos une.
Lugar que está deseoso de vida, sediento de experimentar el amor. El amor que nos hace iguales a todos en el nivel sin pecado del “ser”, olvidándonos por un momento de la segunda parte llamada “humano”.
De una imperfección maravillosa o mejor dicho de una perfección verdadera que incluye todo
Lo que no nos gusta de nosotros mismos y lo que más amamos.
Todo es, todas las piezas del rompecabezas están invitadas a la última cena de Jesús. Sin distinción.
En ese lugar donde lo correcto e incorrecto se evapora.

Mi jardín me recuerda la impermanencia de lo vivo, lo cambiante e instantáneo del vivir, del existir. De lo grandioso de ser hormiga y de ser ave, de nuestra pertenencia en el amor del universo.

Con pena me despido de él, le guardo una especial nostalgia por las veces que sacudió mi frustración cuando todo iba muriendo después de meses de verdor. Con el tiempo aprendí que el regalo lo llevaba impregnado en mis ojos, en esas mañanas donde me sentaba a verlo crecer mientras tomaba el desayuno.

El regalo fue ese momento presente donde disfruté en la eternidad su presencia. Sin adorno.
En el abrazo profundo del encuentro de dos.

No crece lo que no cae en tierra fértil