Por Patricia May

Las parejas muchas veces anhelan esos tiempos primeros de arrobamiento y magia en que el otro era simplemente un ser único y especial. Sin embargo, sabemos que eso dura poco. El enamoramiento es un estado apasionante, pero también engañador en que el ser amado no es “ese”, sino la construcción y proyecciones que yo hago de él. La pareja que perdura necesita ser capaz de sobrevivir al cese de la ilusión y aprender a amar a otro ser humano real, tan real como yo misma y hacer del camino juntos un proceso de superación personal , de alegría y de un hacer conjunto en bien del medio en que nos desenvolvemos.

La pareja está compuesta de personas y, no cabe duda que si queremos ir a gestar parejas plenas, necesitamos personas que tengan un concepto vital de irse haciendo en el camino. Que estén dispuestas a mirarse, a trabajarse, a ponerse en duda, a cambiar. Es muy difícil perdurar unidos en felicidad, sino hay de parte de las personas involucradas una actitud de superarse, de escuchar y de aceptar a otro ser distinto, pero tan válido como yo. Sustentar el concepto que a través del tiempo será preciso limar asperezas, adaptarse, ceder en las formas, pero no en el fondo sustancial de lo que soy.

La pareja de los tiempos venideros no puede construirse en base a la renuncia de ninguna de las dos personas a los aspectos que dan sentido a su vida y por tanto será importante coordinarse para que ambos puedan realizar su impronta vital. Para ello se precisa de personas que no renuncien a su más íntimo sentido del vivir y que apoyen al otro en lo que es importante para él, aún cuando eso implique renuncias a valores secundarios como el dinero, el status, la imagen etc. Se requiere de la valentía de romper los esquemas de ser “como hay que ser”, para en conciencia ser lo que nosotros queremos ser. Una pareja que se apoya mutuamente, que estimula al otro a dar los pasos necesarios en su expresión personal, sin por ello abandonar la propia realización. Una pareja dispuesta a sacrificarse en pos de logros vitales, que no se acomoda, ni se queda en un estado por miedo, una pareja que hace de lo escencial, la expresión del Ser, lo importante y no los narcisismos y apariencias propias de nuestra cultura.

Personas que entienden al otro en su proceso y la médula de sus problemáticas personales y más que condenar sus errores se ayudan a ver con claridad los obstáculos de cada uno. Una convivencia en que los roces de la vida cotidiana son entendidos como oportunidades de verse mejor, superando condicionamientos y traumas, miedos y rencores, y trabajarlos en la comprensión que ambos necesitan estar en continua actitud de revisión y superación de los límites que nos esclavizan.

Es posible que esto suene a idealizaciones, sin embargo es el tipo de pareja que corresponde a tiempos nuevos, en que muchos seres humanos se abren a vivir la vida en la comprensión de que estamos aquí para evolucionar, para colaborar y poner nuestras capacidades creativas en pos de un mundo mejor.
Personas que viven la vida en un continuo y cíclico proceso de completarse, de integrarse y por tanto continúan la relación con el otro no porque lo necesiten para cubrir sus carencias, o para recibir los estímulos que por sí solos no pueden darse, o para repetir las historias traumáticas de su pasado. No cabe duda, esto es fruto de un trabajo personal conscientemente dirigido hacia la ampliación de la conciencia personal, a ser íntegro, a optar el modo de vivir, no como un esclavo de las propias carencias, sino en conciencia de lo que se anhela.

Aquellos que encuentran el eje de su vivir en su propio centro y que optan por compartir su vida con otro ser humano por la creatividad mutua y el amor compartido.