Por Patricia May

La pareja como la hemos concebido hasta el momento ya no nos sirve. Lo demuestran los índices de separaciones. Pero sobretodo la insatisfacción, la falta de encanto y la resignación en que viven muchas parejas estables, cual si llevaran un peso que no les queda otra opción que soportar.

¿Qué nos está ocurriendo? ¿qué estamos necesitando ? ¿existe aún espacio para ese encuentro, para esa compañía, para ese otro solidario con quien iremos, no ahogando, sino reencantando el vivir? ¿Por qué el vivir en pareja o familia tendría que necesariamente ser rutinario si estamos vivos, despiertos al movimiento interno y externo, compartiendo la vida como un proceso de crecimiento y realización personal y familiar? ¿Porqué todos los días tienen que ser iguales, si cada día somos distintos? ¿Existe aún esperanza para una vida en pareja estable que sea nutricia y, simplemente, feliz?

La crisis de la pareja tiene que ver con la búsqueda en la que se encuentra el ser humano contemporáneo. Tiene que ver con ese desasosiego que nos está llevando a buscar razones o inspiraciones más profundas para vivir que una condición económica estable, o que casarse y tener hijos; es decir lo que llamaríamos una vida centrada en formas consensuales. 

Para el observador comprehensivo no cabe duda que en las últimas décadas ha venido surgiendo, junto con la cultura alienante en que vivimos, un ser humano más despierto, más autoconsciente, necesitado de un vivir pulsante que lo involucre en un proceso de evolución y crecimiento personal, de un sentido de vida de aporte al medio. A esa persona inquieta, en búsqueda, en evolución, ya no le sirve ese otro que lo manipula, que lo utiliza para cubrir sus carencias, que lo obstaculiza, con el cual no hay una comunicación que involucre a la médula de sus procesos y aspiraciones. Ya no puede considerar realmente como pareja a alguien que vive como autómata repitiendo los días y dando su salud e integridad por valores que le harán parecer bien ante los demás. Son personas que anhelan hacer de su vida una actualización de los mensajes de su internidad, aún cuando eso les signifique vivir contra la corriente.

Esa persona busca a una pareja que pueda realmente erguirse en un cómplice, en un compañero. Busca a otro que esté involucrado en una vida de expresión del Ser y no del parecer; busca a otro cuya inspiración de vida sea más importante que el “deber ser” de status y éxitos de nuestra cultura. 

La pareja emergente está unida por un núcleo sólido que tiene que ver con el sentido del vivir, con el aporte o la entrega que cada uno y ambos unidos, hacen al mundo. En esta pareja las problemáticas vitales, los desencuentros, los roces de carácter, las crisis y conflictos de cada uno se ordenan bajo una cúpula mayor que lleva a resolver las cosas, a ceder, a cambiar entendiendo que aquello que los une es más abarcante y fuerte que los roces de carácter.

Para llegar a esto, se necesitan dos en el mismo baile, en que ambos están dispuestos a moldearse, a trabajarse, a cuestionarse en orden a irse afinando cada vez más con el propósito de vida que brota del centro de su ser. Así es como las crisis y los momentos difíciles no son tan importantes, o no son lo más importante. Lo realmente importante es no perder el eje y la inspiración que le dá a la pareja su razón profunda para estar juntos.

Ir hacia esto requiere de una PRÁCTICA CONTÍNUA, de una revisión personal constante y de momentos de silencio, externo y del barullo mental, para reencontrarse con el centro puro de nuestra conciencia desde donde emana nuestro sentido de vivir.

Dos seres humanos que no encadenan al otro, que le permiten vivir sus ciclos, que están allí para darse mutuo y desinteresado impulso en la expresión de su ser constituyen un núcleo de aporte tan importante para los demás que se convierten en un foco natural de acogida, creatividad y bien para el mundo. 

Cuando los propósitos, el sentido del vivir, el aporte personal al mundo se acompaña con otro ser humano, tenemos a la pareja unida desde el cuerpo al alma, desde el goce más básico y cotidiano al sentido de existir.