Por Patricia May

Mientras más diverso, rico y complejo es un sistema, más inestable se vuelve. Y es justamente esta inestabilidad lo que lo hace ir evolucionando, transformándose, en procesos que van de la crisis al equilibrio para retornar a la crisis y desde allí generar estados más comprehensivos. Los seres humanos vivimos al borde del caos, caminando en una cuerda floja tanto psíquica como biológicamente y es justamente esto lo que nos da una potencialidad enorme de ir gestando creatividades inesperadas y de dispararnos evolutivamente hacia manifestaciones crecientes de nuestro Ser en el mundo.

El cambio es, por tanto, algo que debemos aceptar como parte del juego, no podemos esperar que nosotros ni los otros sean estables y por tanto tampoco nuestras relaciones. Inevitablemente viviremos la vida haciendo procesos, cambiando. Lo que ayer era mi verdad y aquello hacia lo cual dirigía mi vida, hoy, que he descubierto visiones más integrales y profundas, ya no lo es.

No es sano tener la expectativa que la persona con que establecimos el compromiso de recorrer juntos la vida siga siendo la misma con el correr de los años: inevitablemente ambos mutaremos; si no lo hacemos es porque no estamos respondiendo al pulso interno, a la impronta del alma que nos impulsa a hacer procesos, aprendizajes, entregas, creaciones. Ni tampoco a los desafíos que nos presentan las circunstancias de la vida que nos llevan a cuestionarnos, a ampliarnos, a cambiar nuestras posturas. En el camino irán apareciendo nuevas inquietudes, crecimientos hacia zonas que no conocíamos, interés por estudios, trabajos, prácticas, relaciones.

En realidad es imposible, dar la connotación de inmovilidad a cualquier relación de nuestros tiempos a no ser que ella se funde en la represión y la obligación como posiblemente lo hacen muchos. Obligarse, forzar, reprimirse, postergarse o postergar con tal de mantener la imagen ante sí mismos y los demás de “pareja perfecta”. Esto no puede sino responder al miedo de la imagen ante los otros, o de la crisis personal o familiar que supondría mirar de frente la situación.

La posibilidad de que una pareja haga el vuelo de la vida con todos sus cambios, crisis, devenires, pasa por estar dispuestos a aceptar que todo irá mutando, mientras la conciencia se afinca en el sentido profundo del pacto que hicimos en algún momento de caminar juntos en la realización mutua de nuestro Ser para el bien personal, de la pareja, hijos, familia y el mundo en general.

En la inestabilidad es importante ser flexible. Ser equipo. Estar dispuesto a cambiar roles, vivir sin muchos esquemas de género, ir posicionándose de distintas maneras de acuerdo a las inquietudes y situaciones laborales, familiares y personales que va presentando la vida. En un mundo cambiante ya no es posible tener roles o posiciones fijas ni en las empresas, instituciones, grupos ni en la vida de pareja y/o familia.

Así, podemos entender la relación de pareja como una danza en que nos alejamos y acercamos, en que nos coordinamos y nos tensamos, encontramos y desencontramos. Sin perder de vista que sólo en la medida que estemos dispuestos a revisarnos, a cambiar de acuerdo a nuestras necesidades internas y circunstanciales, y a apoyar el cambio y las crisis de la otra persona, es que podremos encontrar sentido a seguir juntos en una época que llama a soltar todos los compromisos en pos de la satisfacción inmediata de los impulsos egocéntricos.

La pareja “estable” es, en suma, profundamente dinámica, la muevan las fuerzas de la vida, como a la naturaleza , la muevan los impulsos venidos de mundos no conscientes que nos llaman a Ver, a Destapar, a ir más allá a trascender nuestro estado actual, es decir, a Vivir.