Por Patricia May

¿Porqué o para qué entrar en una relación de compromiso permanente con otra persona en épocas de tantos vaivenes y cambios? ¿Qué gano ligándome a otro, si la vida me ofrece tantas oportunidades de experimentación de acuerdo a los impulsos y deseos del momento, para qué cerrarme puertas si solo (a) puedo ser más libre y vivir sin ataduras? ¿No será mejor entrar en relaciones circunstanciales, sin compromiso de por medio, de modo que cuando se vaya el encantamiento volemos como mariposas en busca de otras flores?


Estas preguntas surgen con fuerza en una época en que la persona como individualidad cobra espacio y fuerza, en que los caminos se toman por libre opción y no tanto por una cuestión consensual. La exaltación de la individualidad si bien trae el riesgo del extremo egoísmo, también nos lleva a reflexionar y tomar opciones auténticas de acuerdo a nuestra conciencia y, desde allí obtener los aprendizajes desde nuestra verdad.

La opción por las relaciones fugaces y encantadas, si bien nos dan la impresión de una vida más flexible y libre, por otra parte, generan relaciones superficiales en que arranco cuando surge el obstáculo en vez de usarlo como un medio de enfrentarme, mirarme. Así sustituyo el hacerme cargo de la situación y vivir las crisis necesarias para transformarla, por evadir y escapar. Este tipo de opción en una persona adulta, en vez de generar amplitud y libertad, conduce a la restricción del propio ego y a la esclavitud de los propios deseos y obsesiones, puesto que sólo miro desde mí.


Comprometerse a vivir la vida con otro constituye un inmenso desafío y una oportunidad de expandir la propia limitación a través de las aperturas que el otro me aporta. Hacer la vida con otro es estar dispuesto a mirar el mundo desde su ventana, ampliando la perspectiva propia. Es estar dispuesto a acompañar, muchas veces sólo desde la observación sus cuestionamientos, dificultades, debilidades; es tener la oportunidad de asistir desde lo más íntimo al proceso de otra vida humana.

Hubo tiempos en que los fundadores de grandes filosofías espirituales entregaron el concepto de la pareja como una unión sagrada. Quizás podríamos rescatar algunos de ellos, como el sentido de unirse en pos de la realización espiritual de ambos, lo cual implica apoyar y estimular los procesos de autoconocimiento, servicio, autorrealización, entrega de cada uno en el medio, en un marco de respeto a los acuerdos básicos de fidelidad y exclusividad propia de la relación de pareja. Porque no nos unimos a otro para ahogar lo que somos, sino para encontrar un cómplice en la actualización de lo que Soy y el otro Es. Para apoyarnos y desde allí apoyar mutuamente el aporte que cada uno hace al mundo.

Vivirse esto en lo cotidiano no es fácil. No siempre tenemos las cosas tan claras, muchas veces manipulamos o somos manipulados, o no somos capaces de liberarnos de la rabia que el otro nos produce, o simplemente no queremos mirarnos y hacer cambios.

Para ello es preciso estar ante personas conscientes de sí mismas, de la vida como una oportunidad de evolución y aprendizaje Se requiere otro que esté dispuesto a vivirse la pareja como un desafío que lo interpela y lo hace mirarse y cambiar y no como otro le sustituye sus carencias.

Probablemente falte mucho para llegar a establecer este tipo de relaciones. Aún así, es importante tener la mirada clara para saber hacia dónde tender nuestros esfuerzos, aún cuando los logros en relación a estos sean mínimos.

Por algo se empieza. Y lo que logremos hoy será un regalo para las generaciones venideras. Esto es vital porque la potencia de transformación y aporte de una pareja coordinada en relación a ciertos objetivos es enorme. Es una fuente de transformación del mundo en cualquier área que esta se enfoque un foco irradiante de bien personal y social.