Por Coral Herrera Gómez

La peluquería es el lugar donde más aprendo sobre el patriarcado. En la de mi barrio, las mujeres no hablamos de lo que nos importa: solo se dan consejos de belleza, trucos domésticos o culinarios, sobre noviazgos, casamientos y divorcios.

Yo querría ir a una peluquería feminista, o a una peluquería ecologista, o a una de intelectuales, pero no sé si las han inventado aún en mi ciudad. De modo que no me queda más remedio que resignarme y escuchar el patriarcado mientras lo sufro en mis carnes como una tortura. Y pago yo, encima.

Siempre me digo que nunca más, y siempre vuelvo porque no se me da bien autotorturarme con la cera y he de reconocer que es un espacio maravilloso como fuente de inspiración. Suelo salir de allí con menos canas, menos pelos, menos esperanza en la Humanidad y con ideas nuevas para mis artículos.

De todas las cosas espantosas que escucho, la peor es: “yo quiero un marido con plata“. Y es que piden poco mis compañeras de barrio: un marido con dinero que además sea joven y guapo, tierno y sensible a la vez que viril y fuerte, inteligente, divertido, fiel, sincero, comprometido, estable…

Mi peluquera dice siempre: “Los príncipes azules sí existen, pero se aman entre ellos”. Y todas reímos. Sin embargo, la realidad es que muchas se frustran porque no encuentran a su media naranja. Por eso hablamos tanto en la pelu de los problemas que nos causa el mito del príncipe azul que te tiene como una reina.

De niñas no nos cuentan cuentos en los que las mujeres toman las riendas de su vida, estudian y se buscan un trabajo. En los cuentos que nos cuentan, el mensaje es que para que las cosas cambien tienes que esperar a que te rescaten. Y nos ponen de ejemplo a La Bella Durmiente, que tuvo que estar cien años en stand by hasta que llegó su amado príncipe azul a conectarla otra vez. O Blancanieves y Cenicienta, que estaban hartas de limpiar para toda la familia.

Sus historias nos enseñan que los príncipes azules te llevan a un palacio con criados y criadas, y te dan su tarjetero para que compres todo lo que necesitas para ser feliz. La única condición para obtener la ansiada ‘visa oro’ es que seas bella y discreta, como las princesas Disney o las esposas de los futbolistas multimillonarios. Todas ellas mujeres bellas que han logrado fama y poder a través del amor.

Este deseo de encontrar “un marido con plata” no conoce de edad ni de clase social: lo he escuchado también en grupos de mujeres que se consideran feministas. Y me parece en extremo peligrosa, aunque todas riamos porque suena muy normal que las mujeres necesitemos un proveedor de recursos que aminore nuestra vulnerabilidad económica (las mujeres apenas somos propietarias de la tierra y de los bienes, cobramos menos, sufrimos más el desempleo, etcétera).

De ahí que rivalicemos entre nosotras y dependamos de ellos, económica y emocionalmente.

Esta dependencia crónica nos colocó hace siglos en una situación de subordinación que nos hace a todos profundamente infelices: a ellos, porque se sienten utilizados; a nosotras, porque la necesidad de tener pareja limita nuestra libertad.

Si unos necesitan una criada doméstica y otras necesitan un proveedor de recursos es porque seguimos inmersos en un sistema económico desigual en el que unos tienen los recursos y las otras, no. Por eso construimos relaciones de dependencia mutua y por eso en las parejas se desatan terribles luchas de poder.

A ellos les han contado que pueden comprar o alquilar mujeres, y a nosotras nos han contado que si un hombre nos ama de verdad nos tendrá como a una reinay nos concederá todos los caprichos a cambio de vivir encerradas en el palacio. Así no es posible quererse bien, pienso yo mientras me arrancan los pelos con cera hirviendo.

Siempre me dan ganas de decir en voz alta: “Chicas, la realidad es que nos juntamos a hombres corrientes y molientes que sufren la precariedad igual que nosotras. No nacimos princesas, y son muy pocos los príncipes herederos. Y además, la mayor parte de los multimillonarios de este planeta son viejos y panzones”. Pero cuando se pierden en ensoñaciones romántico-capitalistas no me atrevo a aguarles la fiesta.

Los hombres nos maldicen en sus operas, boleros y soleás, pero desde pequeñitas se nos educa para que deseemos un marido con plata. El estereotipo de las mujeres como seres interesados que nos aprovechamos de los hombres y les rompemos el corazón ha dado muchos frutos en la poesía y el cine, pero nos perjudica porque refuerza el estereotipo de la mujer mala, de la puta. Paralelamente, nos bombardean con la utopía del amor para que deseemos ser buenas esposas, entregadas a la causa. Pero invisibilizan el coste que tiene ser mantenida por un príncipe azul mientras se engorda y se envejece a su lado.

Para que las mujeres disfruten de la vida con sus compañeros en lugar de frustrarse anhelando “maridos con plata”, creo que es esencial acabar con la desigualdad de género en todos los ámbitos. El camino, creo, es ir trazando estrategias conjuntas para crear economías solidarias en las que poder construir relaciones amorosas basadas en el bien común.

Tenemos que reflexionar colectivamente por qué seguimos soñando con príncipes, por qué queremos ser las reinas, y por qué creemos que nos salvaremos a través del amor. Nuestro sistema amoroso perjudica seriamente la igualdad, y nuestro sistema económico perjudica seriamente el amor: tenemos que replantearnos cómo queremos querernos y cómo vamos a organizarnos para evitar las dependencias mutuas. A ver si entre todos y todas se nos ocurren formas más bonitas de estar juntos.

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