Por Alejandro RE

Estar seguros es importante, ya que nos previene de ciertas situaciones dañinas; sin embargo, como todo en la vida, en exceso puede ser contraproducente, pues esa seguridad puede convertirse en un espejismo que nos impida avanzar.

La zona de confort es espacio o estado mental laboral, personal, emocional, etc., el cual dominamos y conocemos, tanto en sentido físico como intelectual, por lo que nos sentimos cómodos y seguros.

Muchas veces, por incertidumbre o miedo a las condiciones futuras es que muchas personas deciden quedarse en este espacio. En varias ocasiones se dejan pasar muchas oportunidades o se evitan buscar otras nuevas debido a que se cree muchas veces no poder con lo que pueda venir.

Quedarnos en nuestra zona de confort es un modo de ponernos límites, de quedarse estancado, y, aunque de algún modo estamos en un sitio seguro, éste puede funcionar como una especie de arenas movedizas que finalmente pueden causarnos más daño que beneficio.

Pero, ¿cómo podemos salir de la zona de confort? Quizá la respuesta más obvia es atrevernos a hacer algo diferente, a dar ese paso de fe al vacío para saber que hay más allá de los límites que nos hemos autoimpuesto. Puede que fallemos en el camino, sí, pero es prácticamente por la experiencia de prueba y error que el humano logra crecer.

Resulta evidente que, para seguir avanzando (y triunfar), hay que estar preparado, por lo que siempre será conveniente valorar la situación a la que nos enfrentamos y las capacidades con las que contamos en este momento, considerar si podemos con la situación y buscar los medios para estar listos en caso de sentir que aún nos pueda faltar algo para afrontarla.

Las limitaciones sólo están en nuestra cabeza, pues es por medio de esfuerzo diario y de trabajo duro que podemos avanzar hacia objetivos que nos acerquen más a la realización y felicidad.

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