Raimundo Silva
Life Coach

Hace un tiempo invitaron a mi hijo de 10 años a un campeonato de fútbol en Santiago. Partimos entusiasmados con la idea de pasar una tarde agradable y conocer gente nueva, pero la ilusión se esfumó rápidamente cuando percibí el clima del torneo; ganar a toda costa.

Puedo entender eso en ligas mayores, pero éste era un campeonato para niños donde no se jugaban nada más que una copita de plástico y el honor.  En realidad esto del honor era una gran paradoja, porque lo que vi distaba lastimosamente de ese anhelo; niños agresivos que se burlaban sin discreción de un rival con exceso de peso, entrenadores estresados como si se jugaran un cupo en el Mundial; y lo que más me impactó: un padre que presionaba a su hijo para que lo atajara todo en el arco, hostigándolo permanentemente con instrucciones técnicas en tono peyorativo. Con cada gol el chico lo miraba angustiado mientras el padre hacía gestos exagerados de evidente desaprobación. Me dio mucha pena porque era obvio que lo estaba pasando mal.

Me quedé pensando en lo mucho que los padres (y profesores) podemos influir en la forma con que los niños aprenden a vivenciar y disfrutar sus diferentes experiencias de aprendizaje. Si en vez de sobre exigirlos, los acompañamos en sus procesos de manera amigable, estimulándolos, destacando sus aciertos por sobre los errores, respetando sus tiempos y sus gustos personales; es mucho más probable que los niños se enamoren de lo que hacen, y al poco tiempo quieran seguir haciéndolo de forma natural.

Además la actividad compartida se transforma en un punto de encuentro gratificante para ambos, afiatando un vínculo de amor que los niños sin duda atesorarán por el resto de sus vidas.

 

Contacto: +569 9638 1496