Muchas de las experiencias de rabia, pena, frustración o miedo que vivimos con relativa frecuencia – y que a menudo no podemos explicar – tienen su origen no en el evento que las gatilla, sino en lo que algunos llaman el “niño herido”. Eckhart Tolle lo llama el “El Cuerpo del Dolor”, y se compone básicamente de un sinnúmero de heridas acumuladas, propias y heredadas, que en complicidad con el ego buscan nuevas situaciones o personas que vibran en la misma frecuencia baja para acoplarse y fortalecerse mutuamente. Es una estrategia de utilizamos para capturar la atención y simpatía de los demás, y consolidar nuestra posición como víctimas de algo.

El cuerpo del dolor se manifiesta a nivel inconsciente, le encantan los conflictos y se nutre de ellos, por eso condiciona la interpretación de nuestra propia historia personal, atrincherándonos en ideas poco saludables de nosotros mismos; y también condiciona nuestro comportamiento en relación con las circunstancias externas y con los demás en muchos contextos diferentes; en el trabajo, en las amistades, la familia, en las relaciones de pareja, etc.

El cuerpo del dolor funciona a nivel individual, pero también a nivel familiar y colectivo. Así podemos encontrar múltiples ejemplos de agrupaciones sociales como los hinchas de un equipo de fútbol, los activistas fanáticos, las tribus urbanas; y también en casos de etnias o naciones completas que se aferran a una idea victimizante que fortalece su identidad y los mantiene cohesionados; Israel es un buen ejemplo de eso, también lo podemos ver en la relación que mantiene Bolivia con Chile, o el pueblo Mapuche con el Estado, o la comunidad afroamericana en USA, etc.

 

¿QUÉ HACER CON ESO?
Primero que nada saber que existe, y luego reconocerlo como una posibilidad latente en uno mismo, para recién desde ahí empezar a hacer un trabajo serio de auto indagación. Esto podría ayudarnos a encontrar el verdadero origen de nuestras heridas o conflictos, que probablemente tienen muy poco que ver con quien creemos que las provoca, y mucho que ver con nuestros vínculos primarios dañados.

Para sanar, hay que estar dispuestos a observar más allá de lo aparentemente obvio, y a perdonar más allá de lo aparentemente imperdonable.

Raimundo Silva
Life Coach

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