Por Raimundo Silva
Life Coach

Mis padres se van a la playa a menudo, y cuando regresan a casa con grandes sonrisas da la impresión de que han estado volando en parapente, navegando en yate y comiendo centolla a destajo. Sin embargo cuando les pregunto qué hicieron, me responden: nada. Así, tal cual.

Entonces una vez más la vida me da una lección; a veces el mejor panorama es justamente ese, nada. Hacer nada sirve para conectarnos con el silencio y la contemplación; sirve para conectarnos con nuestras emociones, con nuestras sensaciones, con nuestro cuerpo y con quienes nos rodean; sirve para advertir el entorno que nos circunda, con sus colores y texturas, con sus aromas y sonidos; sirve para conectarnos con el tiempo presente y con un estado de paz poco habitual para quienes vivimos en grandes ciudades.

Parece una paradoja, pero hacer nada en realidad NO ES HACER NADA, sino HACERLO TODO, pero en otro plano. Cuando habitamos nuestra propia conciencia y nos hacemos presente, todo y nada vienen a ser lo mismo, se unen, pues es en el vacío de la nada donde nos despojamos de todo lo superfluo, lo que hace ruido y nos distrae; para dar cabida a lo esencial, a aquello que nos llena el alma con algo tan simple como hacer nada, pero disfrutándolo todo.

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