Por Raimundo Silva

Nunca me ha gustado la palabra culpa porque tiene una connotación inquisidora y castigadora que deja poco aire para el perdón y la reparación. Pero ella está tan arraigada en nuestra cosmovisión y estructura sociocultural, que es piedra angular del lenguaje en el área de la justicia y la religión. Nada menos… “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…”
¿les suena eso?

La culpa nos graba la etiqueta de pecadores y nos condena a los fuegos eternos, entonces se almacena en nuestros corazones como una energía tóxica y poderosa que sólo puede ser expiada con sangre y dolor, es decir, es preludio de una vida completa en torno al sufrimiento innecesario. Nada más contrario del mensaje de paz y perdón que nos entregó el mismísimo Jesús.

La culpa nos divide entre buenos y malos, ganadores y perdedores, santos y pecadores, pero no contempla otras variables que forman parte del todo: el miedo, la ignorancia, la inconsciencia, la historia personal y el contexto son todos atenuantes que en alguna medida pueden explicar – NO justificar – las malas decisiones que hemos tomado en algún momento dado.

Me gusta más la palabra responsabilidad, porque se ajusta mucho mejor a nuestra naturaleza humana imperfecta, y sobre todo porque deja margen para hacernos cargo de las consecuencias de los actos que responsablemente cometemos. Y sin necesidad de culpar a nadie.