Por Raimundo Silva

Pudiendo tomar el metro o conducir mi auto, muy a menudo me hago el regalo de caminar por las calles de Providencia (Santiago). No para perder el tiempo, sino para ganarlo.

Pasar a la escala del peatón – donde los tiempos son tan diferentes – me permite apreciar y disfrutar de los detalles que me va regalando el entorno: los cambios de estación con sus aromas, las plazas con sus perros y esa sensación de libertad y pureza que sólo te la entrega el caminar. También aprovecho de pensar y conversar conmigo mismo, cosa que hago menos en el auto porque de manera automática tiendo a encender la radio para distraerme (o evadirme).

¿Qué tal si llevamos esta experiencia del peatón a una escala mayor?

Podríamos transformamos nuestras vivencias del día a día en un gran caminar, con los ritmos y las pausas propias de quien no se apura para llegar a ningún lugar… pues porque no hace falta. Estoy seguro de que sería una experiencia que nos ayudaría mucho a conectarnos más con el tiempo presente, y sobre todo a disfrutar de esos pequeños grandes regalos que nos hace la vida diariamente, y que en apuro absurdo de nuestros tiempos, pasamos por alto.

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