Por Felipe Landaeta
Psicólogo

Hace un tiempo que en espacios de vida social y del compartir me encuentro con personas que me han contado con orgullo que están viviendo un tiempo de ser ellos o ellas mismas, de estar siendo más auténticos, de estar viviendo por fin de forma coherente consigo mismos y sus proyectos. En general frente a este descubrimiento y lo que me comparten siento alegría por ser un triunfo personal para estas personas.

Luego al comenzar a profundizar en estas historias y la forma en que esta nueva autenticidad se expresa me he empezado a encontrar con algo que me llama la atención. Junto al “ser más auténtico” empieza a aparecer el “decir lo que pienso” y “lo que siento”, seguido de “de forma honesta”. Aquí algo en mi interior empieza a apretarse y no lograba entender qué era.

Hasta hace unos días en que entendí lo que “me metía ruido”. En estas historias me empezaba a cuestionar cómo llegaba el mensaje a la otra persona, y me preguntaba acerca de cuáles eran esas verdades honestas compartidas con el otro. Luego empecé a profundizar en esto en mis conversaciones y me sorprendí escuchando desde juicios descalificadores como “siento que eres un estúpido”, “pienso que eres falso”, “encuentro que eres infantil”, hasta contar cosas íntimas a la pareja que evidentemente generan un daño en la relación y en la confianza interpersonal. En general, las frases empezaban o terminaban con el argumento de autojustificación de “no puedo mentir”.

En este sentido, he visto en reiteradas ocasiones la agresión directa o indirecta hacia otros bajo el argumento del “soy honesto” y “no puedo mentir”. Me provoca curiosidad cuando tras tal argumento bonachón hay tal despreocupación del cuidado interpersonal. En este tiempo me he dado cuenta que en realidad desconfío de los bonachones y con aires de inocencia. No porque sean buenos, sino porque todo quien amplifica algo demasiado tiene un lado B reprimido, negado, o que intenta compensar. Desde esta lógica entiendo que un o una “bonachona” tiene una sombra opuesta a eso. No sé qué nombre ponerle a ese opuesto, aunque no va al caso.

Desde esta mirada me hace mucho sentido algo que le leí a Naranjo una vez: “la línea entre la inconsciencia y la mala fe es misteriosa”. Y es que desde el personaje bonachón apoyado en las creencias de “la autenticidad”, “la honestidad”, y “no puedo mentir”, nos podemos encontrar con una persona (o con uno mismo) portando una metralleta de juicios y percepciones que dispara hacia los demás.

En mi visión este tipo de dinámica sucede cuando una persona ha vivido mucho para dar gusto a los demás y a su entorno. Han sido condescendientes, buscando apoyo externo a través de la negación de sus propios impulsos y opiniones, han conseguido manipular a través del callar, y en general han cargado con secretos familiares muy fuertes. Llegado un punto han decidido rebelarse contra su propia represión y comienzan a ser fieles a si mismos. Han dado este paso valiente de empezar a seguir su verdad interior, sin embargo falta recorrer el camino de pulir qué es mío y qué del otro, y sobretodo aprender a ponerse límites saludables y a entender que hay contextos para las conversaciones.

Porque no es lo mismo ser honesto que un “honesticidio”. No es igual ser auténtico que un “autenticidio”. Ser auténtico tiene más que ver con aprender a experienciar todo lo que me pasa de forma honesta, primero conmigo mismo, y desde ahí aprender a contenerme de forma saludable, estableciendo límites amorosos para cuidarme y darme lo que yo necesito para satisfacer mis propias necesidades. Esto es aprender a ser papá y mamá de mi mismo, aprender a darme lo que no recibí, aprender a funcionar de forma saludable.  En general el comenzar a funcionar desde la propia autenticidad es un primer paso de hacerme cargo de mi mismo y mis necesidades. Sin embargo esto no significa decirle a los demás todo lo que siento o pienso, porque puedo dañar a otros y a mi mismo en ese acto de impulsividad disfrazado de plena autenticidad.

En realidad puedo auténticamente decidir callar, o decidir generar un espacio de confianza para compartir. También puedo honestamente sentirme ofendido y mostrarlo de la forma que yo quiera, eligiendo si quiero alejarme del otro o construir mayor confianza. Esto es parte de la autenticidad también, pero requiere de un aprendizaje que puede llevar años donde primero reconozco lo que me pasa, lo gestiono, y luego decido qué quiero hacer con eso, para finalmente llevar a cabo acciones coherentes con esa autenticidad.

felipe.landaeta@uai.cl
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