Por Carola Solari

Durante 50 años, el siquiatra checo Stanislav Grof, uno de los fundadores de la Sicología Transpersonal, ha explorado los estados no ordinarios de conciencia usando de manera terapéutica el LSD y la respiración holotrópica. En esas sesiones las personas reviven hechos de su infancia, asisten a su propio parto, experimentan ser animales, volar por el cosmos y encontrarse con seres divinos. “La espiritualidad es un aspecto muy importante de la conciencia humana”, afirmó en esta entrevista, en su paso por Chile.

Grof asegura que su primera experiencia con LSD fue tan reveladora, que cambió su vida. “Pude identificarme con el universo completo; mi conciencia no tenía límites. Fue increíble. Al despertar entendí que yo era distinto a mi cuerpo”.

A sus 84 años, Stanislav Grof es uno de los mayores estudiosos en el mundo de los estados no ordinarios de conciencia y en esa exploración ha usado LSD y desarrolló una técnica, llamada respiración holotrópica, que permite llegar a estados psicodélicos respirando muy rápido. sus hallazgos sobre la conciencia humana son sorprendentes y sobre ellos vino a hablar a chile, en el marco de una gira latinoamericana, mayo pasado.

En 1956, siendo estudiante en Checoslovaquia, Grof se ofreció como voluntario de una investigación clínica sobre el LSD-25 y quedó tan sorprendido con la experiencia que decidió dedicar su vida profesional a estudiar lo que sucede en esos estados. Como siquiatra guió más de 4 mil sesiones clínicas con LSD-25; primero en el Instituto de Investigación Siquiátrica de Praga y luego en el Centro de Investigación Siquiátrica de Maryland en Estados Unidos, donde participó en el último programa americano de investigación sobre sicodélicos, en 1975. El planteamiento que impulsaba entonces esas investigaciones era que si el LSD-25 era capaz de producir estados de psicosis controladas, se podría encontrar la causa química y llegar a una cura para estos episodios que afectan a los pacientes con esquizofrenia. Pero las observaciones que hizo trascendieron la búsqueda de la cura de esa enfermedad y, en cambio, lo llevaron a sospechar que las dimensiones de la conciencia humana sobrepasaban los límites del cuerpo y que, en cambio, participaba en un amplio campo de conciencia universal. Esto, porque durante las sesiones psicodélicas sus pacientes regresaban al vientre materno, revivían con detalle el momento de su nacimiento, tomaban formas de animales, se reencontraban con personas fallecidas, decían haber volado por el cosmos, tenido encuentros con dioses, demonios y seres mitológicos. Todo, acompañado de intensas emociones.

“Mi encuentro inicial con los estados no ordinarios de conciencia supuso un verdadero desafío, tanto intelectual como emocionalmente (…). Tras sobreponerme a la sorpresa conceptual inicial y a mis dudas sobre mi propia salud mental, caí en la cuenta de que el problema no estribaba en mi capacidad de observación o en mi juicio crítico, sino en las limitaciones de las teorías en sicología y siquiatría y en la estrechez del paradigma de la ciencia occidental”, escribe Grof en el libro La Psicología del Futuro, donde describe sus innovadores planteamientos sobre la conciencia.

Luego de que se prohibiera el uso clínico del LSD, en 1975, Grof desarrolló la respiración holotrópica, una técnica de respiración rápida, que acompañada de música evocativa y movimientos corporales permite acceder a estados no ordinarios de conciencia similares a los que produce el LSD; estados holotrópicos, los llama. Esta técnica hoy es considerada una herramienta terapéutica de autoexploración personal. Grof calcula que ha guiado unas 38 mil sesiones de respiración y ha formado en esta técnica a numerosos guías, en el Grof Transpersonal Training de Estados Unidos, país donde hoy reside.

Uno de ellos es el sicólogo chileno Javier Charme, que imparte talleres de respiración holotrópica en Santiago siguiendo al pie de la letra el modelo ideado por el siquiatra checo. Charme, que gestionó la reciente visita de Grof a Chile, me invita a participar de uno de esos talleres. “Para que veas de qué se trata y lo entrevistes con conocimiento de causa ”, me persuade. Acepto.

 

CUATRO HORAS RESPIRANDO

Un día antes del taller de respiración, Javier Charme realiza una charla introductoria para los participantes. Hay que llenar una ficha médica y detallar si se tiene alguna enfermedad importante –cardíaca, respiratoria– y algún tipo de historial siquiátrico; no tengo nada que decir, así que paso a la siguiente pregunta. Hay que especificar información del propio nacimiento: anoto que nací por parto normal con ayuda de un fórceps. Luego, pide que todos se presenten y digan por qué están acá. Hay cuarenta personas, la mayoría jóvenes, muchos son sicológos o terapeutas; muchos han tomado ayahuasca, hongos o peyote; varios también han hecho respiración holotrópica antes. Pero hay un puñado de novatos, entre los que me cuento. Luego, Javier se explaya en las investigaciones de Grof y da algunas recomendaciones para el día siguiente: desayunar liviano, llevar ropa cómoda y coordinar desde ya quién será su compañero, porque la experiencia se realiza en pareja: uno respira y el otro cuida. Miro a la mujer que está a mi lado y acordamos hacerlo juntas; es una universitaria que hace un mes tomó ayahuasca, pero es la primera vez que probará la técnica de Grof. Javier advierte que la experiencia tomará todo el día, porque las sesiones de respiración son largas: cuatro horas respirará el grupo de la mañana y cuatro el de la tarde. “¡Cuatro horas respirando! ¿No será mucho?”, pregunto. “Se van a pasar volando”, asegura.

El taller de respiración tiene lugar un sábado en una casona en Pirque. Hay un amplio salón con colchonetas. Cada pareja se instala en una y arma una especie de cama con las frazadas. Javier y un ayudante son los guías de esta experiencia y explican que los que respirarán deben vendarse los ojos y los alienta a respirar muy rápido, con toda la capacidad posible, para aprovechar la experiencia. También, dice que es posible que surjan muchas emociones y visiones, pero que “no se asusten, que se dejen llevar y que si se encuentran con algo desagradable, sigan respirando, porque así pasará”. Asimismo, instruyen a los que tomarán el rol de cuidadores a estar atentos a lo que pueda solicitar el compañero: agua, pañuelos, que les den la mano.

Mi compañera respira primero y yo asumo el rol de cuidadora, sentada a su lado. Se acuesta sobre la colchoneta. Se tapa con la manta. Se cubre los ojos. Comienza la música; un playlist muy estudiado con una secuencia de canciones que Grof ha descrito en cinco tiempos: de apertura, de trance, de ruptura, del corazón y de meditación. Mi compañera comienza a respirar por la boca y sus inhalaciones y exhalaciones son profundas, como si estuviera haciendo un ejercicio intenso. Se le seca la boca, me pide agua; se la doy. La música comienza a ir más rápido. Observo lo que pasa en el salón. Al fondo, una mujer llora a mares. Dos colchonetas más allá, otra se sienta –siempre con los ojos vendados– y hace gestos a su cuidadora: le acerca una bolsa, la mujer hace arcadas y vomita. Javier y su ayudante se mueven por el salón atendiendo los casos más críticos. La experiencia parece ser muy intensa para algunos, no así para otros como mi compañera, que sigue respirando y cada cierto tiempo me hace gestos pidiéndome agua y pañuelos.

“Respiro lo más fuerte de lo que soy capaz. Y entonces ocurre. Mi cabeza se llena de aire. Siento mucha energía. Me veo subiendo un cerro. Es lindo. Veo las hojas de las plantas como si tuviera un zoom, con detalles”, describe la periodista que hizo una sesión de respiración holotrópica, la técnica ideada por Grof.

La música comienza a hacerse más reposada y, de a poco, todos se van calmando. Mi compañera duerme. Han pasado las cuatro horas y le toco el hombro para avisarle que todo ha terminado. Ella se quita la venda. Salimos al patio y me cuenta que está un poco decepcionada, porque tuvo pocas imágenes, aunque sí muchas sensaciones; me asegura que la ayahuasca es mucho más potente. Todos los que respiraron esa mañana tienen que ir a un lugar del patio donde hay una mesa, hojas de block y lápices para que dibujen un mandala que ilustre lo vivido.

Me quedo con otros cuidadores comiendo frutos secos y comentando lo sucedido. Estoy intranquila. Comienzo a dudar que haya sido buena idea venir a experimentar la técnica de Grof, creo me basta con lo que ya he observado. Me asusta terminar con ataque de llanto o gritando. Estoy a punto de echarme para atrás. “Por ningún motivo, inténtalo, tómalo como parte de tu investigación: va a ser interesante”, me dice Javier Charme. “Además, ya estás aquí”.

Y aquí estoy. Es mi turno y el de todos los que respiramos por la tarde. Me acuesto en el suelo, sobre la colchoneta. Mi compañera se sienta a mi lado. Me tapo con la frazada y me cubro los ojos. Comienza la música. Intento respirar lo más rápido que puedo, por la boca. Es difícil. Me descoordino. Sigo intentando. Pero caigo en una especie de sueño, de letargo raro. Mi compañera toca mi hombro para que no me duerma. Siento que a mi lado, muy cerca, me marca el ritmo de la respiración; lo sigo. “Esto no está resultando”, pienso. Así que doblo las rodillas, apoyo los pies en el suelo, empuño las manos y comienzo a inclinar mi tronco hacia adelante como si hiciera abdominales respirando fuerte, lo más fuerte de lo que soy capaz. Y entonces ocurre. Siento que mi cabeza se llena de aire. Siento mucha energía. Tengo calor. Me saco la frazada. Tengo la sensación de ser muy fuerte. Me veo subiendo un cerro. Es lindo. Veo los cerros del Camino del Inca que alguna vez recorrí. El cielo es muy brillante. Veo las hojas de las plantas, los insectos, las flores como si mis ojos tuvieran un zoom; con muchos detalles. Veo el parto de mis hijas: las veo saliendo de mi cuerpo. Me emociono. Le pido pañuelos a mi compañera. De nuevo caigo en el estado de letargo; es como flotar en un sueño consciente. Me acuerdo de respirar. Y ahí está de nuevo: yo pariendo a mis hijas. Siento que mi cuerpo, como el de todas las mujeres, es tan fuerte, tan lleno de vida. Veo a mi madre, mi abuela, mis hermanas, a mis hijas como son hoy, adolescentes; veo a todas las mujeres de mi familia. Sigo respirando. Estoy otra vez en una cumbre, pero es distinta. Estoy sola, sosteniendo un báculo en un acantilado, mirando el horizonte; abajo hay una playa y el océano es inmenso. Es un paisaje atractica, pero salvaje. Vuelvo a entrar en el letargo, pero esta vez me duermo profundamente hasta que mi compañera me avisa que la experiencia terminó. Despierto mareadísima, me duelen mucho las costillas y recién me entero que la respiración de la tarde ha sido muy catártica: hubo muchos llantos y gritos. Yo no oí nada.

 

UNA PSICOSIS EXPERIMENTAL

Stanislav Grof no luce como un místico o un gurú. Es un señor alto, vestido con camisa y suéter gris, con una apariencia muy acorde a la de un siquiatra, que está sentado en la cafetería del hotel Plaza El Bosque, donde estuvo hospedado. Su visita a Chile fue parte de una gira latinoamericana en la que también visitó Argentina y Perú. En Santiago dio dos charlas a tablero vuelto en la Universidad del Pacífico, participó –junto a Humberto Maturana– en un congreso sobre Psicología Transpersonal e hizo un taller de respiración holotrópica, al que asistieron muchos de los que estuvieron en el taller de Pirque.

Me gustaría te remitas a las primeras sesiones con LSD-25 en el Instituto de Investigación Psiquiátrica de Praga. ¿Qué pasó ahí que te interesó tanto como para dedicar toda tu carrera a estudiar los estados no ordinarios de conciencia?

El comienzo fue por mi propia experiencia y eso marca una gran diferencia. En mis años de estudiante empecé a acompañar a personas en estado psicodélico. Fue la gran eficacia del LSD lo que me llamó la atención. Hasta ese entonces la mescalina –un alcaloide que se encuentra en el peyote– era la sustancia psicoactiva más conocida y para obtener sus efectos había que tomar cien miligramos. Pero cuando apareció el LSD-25 solo necesitabas cien microgramos, entonces, si tan poca cantidad era suficiente para alterar la conciencia, tal vez, lo que llamamos una enfermedad mental era realmente producto de alteraciones químicas del cuerpo. Desde ese punto de vista, el LSD-25 podría ser usado para producir una psicosis experimental, permitiéndonos administrarla a personas normales y estudiar los cambios bioquímicos en sus cuerpos y la actividad eléctrica en sus cerebros; antes, durante y después de la experiencia.

Tú lo experimentaste, entonces, ¿qué pasó contigo?
Experimenté una apertura espiritual muy poderosa. La primera experiencia fue en 1956 cuando me ofrecí como voluntario para una sesión de investigación de LSD combinada con la exposición a luz estroboscópica (una luz intermitente) muy intensa. Mi conciencia dejó mi cuerpo y de a poco dejé la clínica, Praga y nuestro planeta hasta llegar a un punto en que pude identificarme con el universo completo: mi conciencia no tenía límites. Fue una experiencia tan increíble que no solo me abrí a la espiritualidad, sino que también generó en mí una pasión para el resto de mi vida: el estudio de los estados no ordinarios de conciencia. El despertar para mí fue muy claro: supe que yo era distinto de mi cuerpo.

¿Qué otras sustancias psicodélicas has probado en tu investigación sobre la conciencia?
He experimentado con todas las sustancias que he administrado a otras personas, como LSD, psilocibina, DMT, éxtasis, entre otras. También he participado en ceremonias nativas en diferentes partes del mundo con ayahuasca, peyote, hongos. Ha sido una tremenda aventura en la conciencia y me es difícil identificar una sesión que haya tenido más impacto que otra.

¿Qué te convenció de que las imágenes que aparecen en esos estados no son una simple fantasía?
Cuando llegué de este primer viaje cósmico, me tomó bastante tiempo poder alinear mi conciencia con mi cuerpo y así lograr que se hagan uno. En ese punto, se me hizo claro que la conciencia no puede ser producto del cerebro, como me lo habían enseñado en la universidad. Entendí que la espiritualidad es una dimensión legítima de la psique humana y del esquema universal de las cosas. He hecho miles de observaciones clínicas y en ellas algunas personas se remiten a su infancia y otras, viajan siglos atrás. Resulta que esta experiencia frecuentemente contiene información sobre otras personas, animales, plantas, ancestros, eventos históricos, incluso seres mitológicos. En muchos casos, esta información es muy específica y trasciende el background educacional y cultural del paciente.

Cuando se prohibió el uso clínico del LSD desarrollaste la respiración holotrópica. ¿Cómo te diste cuenta que a través de la respiración se podía llegar a estados no ordinarios de conciencia?
Trabajé con psicodélicos desde 1956, primero en Praga y luego en el Maryland Psychiatric Research Center en Estados Unidos. En 1973 se hizo cada vez más y más difícil encontrar financiamiento y permiso para proyectos psicodélicos, entonces me tomé un año libre para escribir dos libros. Michael Murphy, cofundador del Esalen Institute in Big Sur, California, me invitó a quedarme allí mientras escribía, a cambio de hacer unos workshops. La gente que participaba de ellos se frustraba mucho porque no podía tomar LSD y vivenciar esas experiencias increíbles que yo les contaba; no tenía permiso para administrar sustancias psicodélicas en California. Entonces, recordé las observaciones que hice en Praga: en algunas ocasiones, mis pacientes en sesiones de LSD comenzaban a respirar más rápido de forma espontánea mientras el efecto de la droga decaía. Ellos me decían que respirar rápido los llevaba de vuelta a la experiencia, haciéndola más profunda e intensa. Entonces pensé: ¿por qué no probar hacer algo con la respiración? Desde ese momento, mi esposa Christina y yo desarrollamos la respiración holotrópica como un poderoso método terapéutico y de autoexploración, lo que tiene mucho sentido porque las técnicas de respiración han sido usadas por miles de años en otras culturas con fines religiosos y curativos.

¿Es aleatoria la experiencia que cada persona vive en esas sesiones?
Sí, ninguna experiencia es igual a otra. Si damos a cien personas la misma cantidad de sustancia psicodélica, bajo las mismas condiciones, ninguno de ellos va a experimentar lo mismo. Y esto también aplica a la respiración holotrópica. Hay gente que experimenta, incluso, el trauma del parto y otras a las que les cuesta entrar en un estado no ordinario de conciencia, inclusive con el uso de psicodélicos.

 

EL TRAUMA DEL PARTO

Has puesto mucho énfasis sobre el trauma del parto, que es recurrente en las experiencias que has observado. ¿Por qué?Podemos revivir la memoria emocional de nuestra infancia, nacimiento y vida prenatal. Tengo muchos ejemplos en los que mis pacientes han vivenciado detalles sobre su nacimiento que ellos no hubiesen podido saber y que pudimos verificar teniendo acceso a los registros del nacimiento y hablando con sus madres. La pregunta es: ¿lo que experimentamos es exactamente igual a lo que el feto experimentó o está teñido con las vivencias de los años mientras crecemos? Somos adultos regresando a la situación original y experimentamos simultáneamente los dos roles: tenemos la experiencia del feto y la interpretamos como adultos, usando información que el feto no tenía.

¿Cuál sería el efecto terapéutico de revivir el propio parto?
Todos acarreamos el trauma del parto, pero es más relevante para algunas personas que para otras. No es solo el parto, sino cómo fueron los períodos prenatal y posnatal. Si tuviste una buena maternidad y muchísimas experiencias positivas desde temprano, el trauma del nacimiento estará tan enterrado en tu inconsciente que no tendrá mucha influencia en tu vida. Pero si vas desde una pésima estadía en el útero hacia un nacimiento difícil y luego una mala vida posnatal, es más probable que se manifieste en pesadillas y varias formas de psicopatologías. Entonces, la vida posnatal puede protegerte de ese recuerdo del nacimiento o mantenerlo vivo. Hemos encontrado, por ejemplo, que la tos convulsiva, la difteria, los ahogos son reminiscencias del nacimiento y se mantienen vivas en la memoria.

“Soy un siquiatra clínico y es muy interesante ver cómo la gente evoluciona luego de las sesiones de respiración. Llegan a lo más profundo de sus problemas emocionales y, cuando esto ocurre, se liberan, superan depresiones, fobias, problemas psicosomáticos, como migrañas y asmas”.

¿Qué tipo de transformaciones han tenido tus pacientes luego de vivenciar esos recuerdos?
Soy un siquiatra clínico y es muy interesante ver cómo la gente evoluciona luego de estas sesiones. Llegan a lo más profundo de sus problemas emocionales y, cuando esto ocurre, se liberan. Comienzan a replantearse su camino, a hacerse preguntas esenciales como ¿quién soy realmente?. Mucha gente ha superado depresiones, fobias, sentimientos irracionales y mejoran radicalmente su autoconfianza y autoestima. También he sido testigo de la desaparición de severos dolores psicosomáticos, como migrañas y asmas. Muchos pacientes, además, progresan con pocas sesiones de respiración holotrópica contra años de terapia verbal.

En tus libros detallas casos de pacientes que tienen experiencias muy vívidas con la naturaleza, incluso biológicas, podría decirse, sin ser conocedores de esos temas. 
Hay una bella historia de una paciente que experimentó ser una oruga que se convirtió en una mariposa y ella relataba, con enorme detalle, que no es la oruga la que se convierte en mariposa, sino que el cuerpo de la oruga se licúa y la mariposa se crea a partir de ese líquido. Ella no era bióloga, pero lo supo. Lo investigué y la metamorfosis es así.

También es frecuente que en las sesiones las personas tengan experiencias místicas, vean seres de luz o familiares muertos.
Lo que ha hecho la sicología transpersonal es que añadió una dimensión muy importante: el reconocimiento de la espiritualidad como un aspecto legítimo y relevante de la psiquis humana. Esta es una diferencia radical con la sicología académica, que descarta la espiritualidad y la asume como superstición, pensamiento mágico primitivo, inmadurez emocional o, incluso, patología. La sicología transpersonal, en vez, estudia el espectro completo de la experiencia humana, y eso incluye los estados no ordinarios de conciencia, los que implican experiencias místicas.

¿Cómo han cambiado tus creencias en la medida que te has encontrado con toda esta información? 
En mi infancia no estuve expuesto a ninguna religión o doctrina. Así llegué a la escuela de Medicina en Checoslovaquia, en una época controlada por la Unión Soviética con un régimen marxista. La educación que recibí fue la doctrina del materialismo más puro que pueda existir. Nos enseñaron que en el universo la materia es lo primordial y que la vida, la conciencia y la inteligencia son sus subproductos. Obviamente ya no concuerdo con ello y soy un ejemplo de una persona que se convirtió a la espiritualidad y al misticismo desde la investigación científica, con todo lo que aprendí en la experiencia clínica. Y eso es algo muy raro.

 

El explorador de la conciencia