Por Alexander Neaman

La primera vez que supe lo que era una “ruptura de pareja” fue a temprana edad. Al ver discutir a mis padres, una sombra de miedo se cruzó por mi vida, no podía concebir mi pequeña existencia sin ver a mis padres unidos. Ellos eran como los dioses de mi mundo. Tal vez fue en ese momento, en que se formó mi ideal de pareja: él para “toda la vida” o “hasta que la muerte nos separe”.

Es largo el camino de la comprensión, el entender lo que un “otro” trae a nuestra vida y comprender que no existe un “para siempre” sin un pacto mutuo de crecimiento, un camino de descubrimiento y de balance entre dos fuerzas, la masculina y la femenina. Hoy en día, es frecuente que tengamos que vivir muchas experiencias de las temidas rupturas y “te amo para siempre” fallidos. No todos tenemos el privilegios de aprender de manera natural la expresión del amor durante nuestra infancia, no siempre los padres son el mejor modelo, y la sociedad tampoco nos ayuda, porque a través del cine o la televisión, nos bombardea con ideas erróneas sobre el amor. Aún así, ese ideal del “para siempre” lo tenemos todos, siempre es y será nuestro anhelo, pero nadie nos enseña cómo alcanzarlo.

Supongo que fue precisamente esa sombra la que me hizo buscarlo con más ahínco hasta llegar a la comprensión de que cada ser que se cruzó por mi camino me ayudó a crecer. Entendí que el amor es un acto de la voluntad, un mutuo acuerdo y un pacto de garantía entre dos seres que se eligen. Una relación no es perfecta, es una construcción, es un trabajo día a día y sólo nosotros somos aprendices casi eternos en el intento revelar la cualidad incondicional del amor. Por lo tanto, se requiere salir de la creencia que el  otro me sirve para satisfacer mi necesidad o carencia, para discernir que es una mutua retroalimentación, cuidado y crecimiento.

Cuando pensamos en comprar un automóvil o para cualquier otra iniciativa, generalmente, tenemos muy claro lo que deseamos, incluso somos casi obsesivos en buscar lo mejor. Sin embargo, cuando nos enamoramos, ¡no reflexionamos nada! Nos dejamos llevar por fuertes impulsos e ideas románticas de amor, y pocas veces nos detenemos a ver las metas compartidas, ni menos el propósito o a la visión unificada de la vida. No sabemos si el enfoque de la relación será material, de crecimiento o de evolución. Solemos tener una imagen idealizada del amor y no vemos que es una tarea muy seria que requiere mucho trabajo. Tener claro el propósito es algo esencial para una relación exitosa y duradera. En definitiva, el matrimonio o la pareja es un pacto, dure el tiempo que dure, un compromiso entre dos seres que deciden crecer y ser mejores personas en el amor mutuo. Son dos fuerzas, que se apoyan y complementan y que se necesitan para su desarrollo.

Si aún así la ruptura se produce, lo sentimos como ocultamiento del amor, preguntándonos: ¿amor dónde te has ido? Pero deberíamos mirar nuestro interior con más amor a nosotros mismos y ver esta “cualidad” dentro de nuestros corazones. Tenemos que entender que el amor  se descubre a través del otro. En la realidad, ese ser “único e irrepetible” fue una oportunidad para aprender del amor. Al vernos reflejados en el otro, como si fuera un espejo, nos reconocemos a nosotros mismo en el amor.

Nada se compara a la belleza de dos seres que se miran desde la diferencia, encontrando como las cualidades sintonizan en un baile armónico. Estos dos polos, cuando están balanceados, son capaces de crear, de servir y de crecer mutuamente. Por eso, si me uno al otro con un propósito, toda mi vida adquiere una dimensión distinta.

Alexander Neaman
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