Por Eva Hyedra López

Querido Hombre:

Hoy me pongo frente a ti para hablarte mirándote directamente a los ojos. No, no me busques bajando la mirada ni un paso por detrás de ti. Ya no estoy ahí. Sé que te resultará difícil después de milenios manteniéndome arrodillada y un paso atrás, pero vas a tener que acostumbrarte a buscarme en mi nuevo lugar, frente a ti, hasta que consiga el que verdaderamente me pertenece y por el que estoy luchando. A tu lado y a tu altura.

Si te atreves y me miras sólo a los ojos verás determinación en ellos. Verás honestidad y sinceridad, verás tan solo a una persona frente a otra. ¿Quieres saber qué veo yo en los tuyos? Veo miedo. Veo pánico. Veo desesperación. Veo a la mitad de una especie que ya no sabe cual es su lugar en este mundo, porque lo que le dijeron que se esperaba de él ya no es necesario. Porque el sistema que Él mismo creó está empezando a resquebrajarse ya que se creó a medias, sobre el silencio, la humillación y el sometimiento de la otra mitad. Y esa fue su condena.

Generación tras generación habéis transmitido a vuestros hijos unas mentiras que os han hecho esclavos de vosotros mismos y de las que ahora no sabéis ni queréis salir por miedo. Teméis perder una supremacía que en realidad nunca os perteneció. Un poder que conseguisteis mediante la fuerza y el miedo y que tratáis de mantener mediante las mismas armas, la fuerza y el miedo. Pero ya no funcionan y eso os aterra. Habéis creado vuestra identidad sobre nuestra inferioridad, y ahora, cuando millones de mujeres en el mundo se levantan y se enfrentan a esa falsa idea, os sentís atacados. Os sentís negados. Rechazados. Pero no es a vosotros a quienes rechazamos, es a este sistema que habéis impuesto y que no funciona. Que nos está destruyendo a nosotros y al mundo que nos cobija. Rechazamos la violencia, rechazamos las guerras en las que mueren culpables e inocentes. Guerras ajenas a nuestra voluntad pero en las que somos las verdaderas heroínas, porque mientras vosotros os asesináis en los campos de batalla, somos nosotras quienes mantenemos en pie un hogar al que podáis volver después, somos nosotras las que mantenemos un cierto orden y cordura en un mundo que vosotros lleváis miles de años intentando destruir. Somos nosotras quienes mantenemos este mundo vivo para todos. Rechazamos ser las victimas colaterales de esas guerras, rechazamos que celebréis la victoria violando, raptando, robando nuestras vidas. Rechazamos un mundo en el que impera la ley del más fuerte. Rechazamos la eterna competición que sólo lleva al fracaso. Rechazamos un mundo en el que millones sufren una agonía eterna para que unos cientos se consideren triunfadores.

¿Por qué nos odiáis? Nosotras no hemos hecho otra cosa que amaros. Somos vuestras esposas, vuestras hijas, vuestras madres. Todos y cada uno de vosotros os formasteis dentro de un cuerpo de mujer. Fuisteis hechos con su sangre y con su carne. Crecisteis dentro de la calidez de un útero de mujer, un lugar donde se produce la magia de la vida. Llegasteis a este mundo a través del Portal Sagrado que es una vagina de mujer y de un dolor atroz que sólo se soporta por amor. Fuisteis concebidos gracias al milagro del ciclo menstrual, algo puro, limpio y bendito. Vosotros, el Hombre, lo ensuciasteis, lo convertisteis en tabú, lo considerasteis impuro. Y fue la leche de nuestros pechos la que os alimentó al principio de vuestra existencia. Lo primero que conocéis en esta vida es el calor de una madre, el arrullo de su cariño, es el amor de una mujer. ¿Por qué nos devolvéis odio?

Cada vez que golpeáis, insultáis o humilláis a una de nosotras, os lo hacéis a vosotros mismos. Cada vez que nos matáis, estáis matando el futuro. Al lugar del que venís. A toda la especie.

Y yo, la Mujer, ya no me creo tus palabras. Ahora sé que no soy como tú decidiste que fuera. No soy débil, no necesito tu ayuda para sobrevivir, no necesito un tutor que me guíe ni que vele por mí. No soy temerosa ni menos inteligente. No soy una niña eterna. No necesitamos que nos cuidéis. No necesitamos dueños. No necesitamos amos.

Yo soy la descendiente de un linaje de mujeres que nunca quiso aceptar el lugar que le impusiste. Soy el último eslabón de una cadena de mujeres valientes que se levantó y se enfrentó a tus imposiciones, a tu falsa superioridad, a tus religiones opresoras y a tu Dios masculino y castigador, hecho a tu imagen y semejanza, no a la nuestra. Soy la descendiente de unas mujeres que dieron su vida por mi libertad, de aquellas que quemaste para silenciarlas convirtiendo su voz en un grito que atravesó los siglos para brotar de nuevo de nuestra garganta. De aquellas a las que llamaste brujas.

Y esta Bruja que hoy se levanta ante ti y te mira a los ojos, puede que no sea tan valiente como aquellas que perdieron su vida a cambio de un lugar en la Historia, pero el anhelo es el mismo. Esta bruja te tiende la mano y te ofrece un lugar a su lado. Yo, la Mujer, te devuelvo el lugar que siempre te correspondió. A mi lado y de mi mano. Porque sólo unidos podemos salvar este mundo de un sistema mal construido que lo está destruyendo. Solo caminando juntos, nuestra especie puede tener algún futuro.

Por eso te pido, Hombre, que venzas al miedo. Que busques la verdadera valentía que escondes dentro de ti y te atrevas a sacudirte todas las mentiras que te contaron. Toma mi mano y deja que te enseñe a ser un Hombre nuevo. Deja que te enseñe lo que la Mujer necesita de ti, un compañero, un colaborador, un igual. Necesitamos vuestro respeto, necesitamos vuestro amor incondicional. Sólo así dejaremos de estar enfrente para estar al lado. Por eso, deja que el viejo odio vuelva al lugar de donde nunca debió salir y permite que te enseñe de nuevo a Amar.

Porque por muchas hogueras que enciendas, esta bruja que se levanta y se enfrenta a ti ya nunca se callará hasta que entiendas la base sobre la que se asienta nuestro futuro. Que nacemos de un acto de amor, y sólo el Amor podrá salvarnos.