Por Pilar Sordo

Su investigación acerca de la felicidad, realizada durante cuatro años en los países hispanos, arrojó interesantes resultados sobre nuestra percepción y conducta. Este tema –como todos los que investiga y aborda la psicóloga chilena Pilar Sordo- resulta apasionante y nos invita a transitar por un seductor camino de revelaciones personales.

Pilar estuvo en Quito y compartió en la Casa de la Música una charla sobre La felicidad en el siglo XXI. Con una performance increíble, frente a un auditorio de 700 personas, sus análisis desde un lenguaje cotidiano impregnado de humor, encendieron aquella chispita que a más de uno llevó a tomar la decisión de ser feliz. Sí, porque la felicidad, según ella, no es otra cosa que una decisión.

Leía por ahí que no existe la felicidad sino el ser feliz. ¿Dejó de ser una meta la felicidad? 
Ahora que te escucho, de alguna manera estoy de acuerdo con eso, fundamentalmente porque en la investigación que realicé en todo el mundo hispano, lo que aparece como conclusión es que ser feliz es una decisión. Entonces, si ser feliz es una decisión que tengo que tomar diariamente, y hasta varias veces al día, se puede decir que la felicidad no existe sino el ser felices hoy. Y no tiene que ver con la alegría. Nosotros cometemos tres errores en relación a la definición de felicidad. El primero es decir que la felicidad es algo anhelado, la meta de una carrera. El segundo error es suponer que la felicidad son momentos, y quienes suponen eso son personas que asocian la felicidad con la alegría, por lo tanto sólo seríamos felices cuando estamos contentos; como ejemplo, en las unidades de quimioterapia de los hospitales donde la gente está intentando vencer un cáncer, nunca he encontrado a gente contenta, pero sí muy feliz, que tomó la decisión y que además aprendió a valorar el presente, que es tremendamente agradecida, que prioriza de otra manera, después de su diagnóstico. Y el tercer error es asociar la felicidad con tener cosas.

¿Por qué los seres humanos tendemos a depositar la felicidad en los ajenos, en otras personas o en cosas materiales?
Porque es más cómodo. Si yo no me siento feliz es más fácil echarle la culpa a la educación que me dieron, a la madre poco cariñosa que tuve, a que soy pobre, o a cualquier parte de mi historia. Y aún en esas condiciones tengo que tomar esa decisión. Yo siempre digo que el ser humano sin problemas no ha nacido ni va a nacer; por lo tanto, lo que diferencia a alguien feliz de alguien no feliz, no es la ausencia de problemas. Esa diferencia se marca solamente entre las personas que se levantan con una sonrisa en los labios y con penas en el corazón o aquellas que se levantan masticando la rabia de no tener las condiciones perfectas para llegar a ser felices.
Pareciera que estamos programados para autoboicotearnos…

Sí claro, y es que nos da susto decir que somos felices.
¿No hay ahí un mensaje de “no me lo merezco”?
Creo que tiene mucho que ver con la colonización española, que nos dejó esta “cosa culposa” de estar bien, y que por ser feliz había que pagar. De hecho en Chile hay una frase que dice: “si uno ríe un martes llora un viernes”.

Tú pones mucho énfasis en la gratitud.
Mucho. Me temo, sin embargo, que esa gratitud se traduzca en que yo me levanto todos los días, agradezco lo que tengo y me quedo feliz.

¿No habrá que rebelarse?
No, es que la gratitud no es estática, la gratitud no implica resignación sino tener la capacidad de hoy agradecer que me duché con agua caliente -porque la mitad de este planeta no lo puede hacer-, que tuve toallas secas, que probablemente me puedo meter en una cama con sábanas limpias, que puedo tener una pijama recién lavada, que disfruto de la brisa mientras camino, agradecer el beso de mis hijos, que le puedo decir “te amo” o “te quiero” a la gente que yo quiero, yo agradezco eso, y puedo decidir qué quiero mejorar y hasta dónde quiero seguir creciendo como persona.

¿Los apegos son enemigos de la felicidad?
Sí, porque marcan sensaciones de pertenencia y cuando la vida te libera de esas pertenencias, llámese afectos o cosas, se genera mucho sufrimiento; hay una concepción de “lo mío” y al final uno entiende –y también la investigación lo mostró-, que nada es mío, todo transita por mí: mis padres, transita mi marido, transitan las cosas… entonces la sensación de pertenencia se pone en crisis.

Tú tratas mucho los temas de pareja, ¿hay comportamientos distintos en esa decisión de ser feliz en hombres y en mujeres?
Sí, yo creo que al hombre le cuesta menos tomar la decisión, nosotras necesitamos más condiciones para que se dé ese estado. Nuestra felicidad está muy puesta en los afectos y en que la gente que yo amo esté bien. Cuando entiendo que tengo que decidir ser feliz, independiente de esa condición, es cuando me hago protagonista.

¿Cómo podemos hacer que nuestros hijos incorporen –de la manera más natural y genuina- esta decisión?
Primero tienen que vernos a nosotros tomar la decisión. Cuando ellos lo ven en uno es mucho más fácil que copien el modelo, y sobretodo es importante el trabajo que haga la familia, de desenganchar el concepto al tema de los bienes por ejemplo, que no te vean matarte trabajando sino que también te vean dando espacio a los vínculos afectivos, a las reuniones familiares y a los vínculos en general.

¿Cuánto pesa el humor?
Mucho. Es el energizante natural de la decisión. Claramente ayuda a que cualquier experiencia en la vida sea más fácil si se vive desde esa mirada, cuidando que no se confunda con estar contento simplemente.

¿La fe es importante?
La fe ayuda. En la investigación se prueba que las personas que tienen fe – da lo mismo que sea Dios, energía, montaña, lo que quieran -, configuran un sentido, y esa decisión se hace más fácil de tomar; uno la toma en base a algo que da confianza, agarrada de algo que te dice que esto que está pasando y que es horroroso, tiene un sentido, y ese sentido te da cierta paz.

¿El haber pasado pruebas duras hace más fácil el camino para tomar la  decisión?
Sí, el dolor y la felicidad son como espejos uno del otro. Yo no puedo tomar la decisión de ser feliz, si no tomo consciencia de los dolores que tengo. Los dolores le dan fuerza a esa decisión, y esa decisión le da energía a los dolores. A la larga se retroalimentan unos con otros. Los grandes cambios en la vida se producen después de situaciones de aprendizaje dolorosas o de puntos de quiebre, donde cambian las prioridades y hay alteraciones en ese sentido.

En cuanto a lo generacional, ¿los jóvenes de hoy son más felices o menos felices?
Están teniendo un aprendizaje que no les facilita sentir que la felicidad es una decisión. Ellos están asociando la felicidad al éxito y el éxito tiene que ver con el logro y eso lo relacionan con la tenencia. Hay, sin embargo, un grupo de jóvenes en Hispanoamérica que a mí me encanta y va creciendo, que está rechazando ese circuito economicista de la felicidad y empezando a buscar desafíos más internos que los lleva a configurar sueños o metas, y que eso de alguna manera se deposita en un aporte social posterior, una especie de servicio social.

¿Qué particularidades tiene el siglo XXI para que tengamos que ubicar a la felicidad en esta temporalidad?
Como anécdota yo lo decía recién, tengo una abuela que hoy tiene 99 años y cuando hice la investigación tenía 96. Ella miraba los resultados y me decía: “Yo nunca me pregunté si era feliz, yo fui feliz siempre, había que vivir lo mejor posible con nada, no había ni hervidor de agua y éramos muy felices, luchando, viviendo, educando hijos y trabajando”. Yo creo que hoy tenemos que preguntarnos ya que estamos contaminados con estímulos que nos dicen que nos producen felicidad; nos dicen que nos produce felicidad  tener un carro, tener una crema antiarrugas, nos dicen que nos produce felicidad tener un televisor nuevo, que ahora además tiene que ser curvo porque el recto ya no sirve. Entonces hablar hoy del concepto de felicidad, donde además está la tecnología como un elemento clave de alteración comunicacional y afectiva, se hace más importante que antes.

¿Por qué es un deber ser felices?
Porque a eso vinimos, a aprender ese desafío.

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